Los grandes incendios forestales que han marcado este verano en España no son únicamente consecuencia de las altas temperaturas. Detrás de su creciente virulencia confluyen varios factores: un clima cada vez más extremo, montes con una gran acumulación de vegetación y un territorio cuya gestión, según los expertos, lleva años perdiendo peso. Para Gorka Vélez Carrera, ingeniero forestal, director técnico de Basotec y que ha sido analista del Cuerpo de Bomberos de la Comunidad de Madrid desde 2007, reducir el problema al cambio climático sería tan erróneo como negarlo. La clave, sostiene, está en entender que el riesgo se multiplica cuando coinciden varios elementos.
Vélez explica que el cambio climático “no provoca por sí solo los incendios”, ya que para que el fuego se inicie “tiene que existir una ignición”. Sin embargo, sí está alterando profundamente el escenario en el que esos incendios evolucionan. “Tenemos temperaturas más altas, periodos secos más prolongados, menor humedad de la vegetación y un mayor número de días en los que el fuego puede propagarse con una intensidad extraordinaria”, resume.
A su juicio, el cambio climático actúa como “un multiplicador del riesgo”. Una chispa que hace unas décadas habría dado lugar a un incendio relativamente controlable puede transformarse hoy en un gran incendio forestal porque la vegetación se encuentra “mucho más disponible para arder”. Como ejemplo recuerda que “el año pasado en el norte de España ardieron hayedos y robledales que nunca habían ardido”.

No obstante, insiste en que centrar todo el debate únicamente en el clima supone dejar fuera una parte esencial del problema. “El incendio extremo aparece cuando unas condiciones meteorológicas muy adversas coinciden con un territorio continuo, cargado de combustible y poco gestionado“, señala. Por eso considera que negar el cambio climático es “muy peligroso”, porque “impide diagnosticar correctamente una parte esencial del problema y retrasa las medidas de adaptación”, aunque advierte de que también sería un error utilizarlo como explicación exclusiva para evitar actuar sobre el territorio.
Incendios cada vez más difíciles de detener
El experto rechaza la idea de que el fuego sea un fenómeno completamente nuevo. Los incendios, recuerda, “siempre han formado parte del paisaje mediterráneo”. Lo que ha cambiado son sus dimensiones y su comportamiento.
Según explica, hoy se observan incendios capaces de desarrollar “velocidades de propagación, intensidades y comportamientos que superan la capacidad de extinción de cualquier dispositivo”. Son fuegos que “generan focos secundarios a gran distancia”, “atraviesan infraestructuras y áreas previamente consideradas seguras”, mantienen una elevada actividad durante la noche y pueden afectar al mismo tiempo a varios municipios.
Aunque evita caer en el catastrofismo, sí reconoce que la tendencia es preocupante. No cree que “cada año vaya a ser inevitablemente peor que el anterior”, ya que la meteorología seguirá marcando diferencias entre campañas, pero sí advierte de que las temporadas con condiciones favorables para grandes incendios son cada vez más largas y frecuentes. “Debemos evitar una visión fatalista”, afirma. “Hay que ser proactivos”. En su opinión, “el futuro no está escrito únicamente por el clima”, sino también por “las decisiones que adoptemos ahora sobre el territorio”.

Un monte abandonado
Para Vélez, uno de los principales problemas es la pérdida progresiva de gestión de los espacios forestales. Durante décadas, explica, han desaparecido muchas actividades agrícolas, ganaderas y forestales que mantenían el paisaje más diverso y fragmentado.
Eso ha provocado que numerosas zonas agrícolas se hayan convertido en masas continuas de matorral o bosque joven, favoreciendo la acumulación de combustible vegetal. Aun así, rechaza expresiones como “limpiar el monte”. “El monte no está sucio”, recalca. La vegetación, recuerda, cumple funciones ecológicas fundamentales y la solución pasa por una “gestión forestal planificada”, no por eliminar indiscriminadamente la biomasa.
Entre las actuaciones que considera más eficaces destaca recuperar los llamados paisajes en mosaico, donde convivan bosques, cultivos, dehesas, pastizales y zonas abiertas. Esa diversidad, explica, dificulta la propagación continua del fuego y ofrece más oportunidades para frenarlo. También defiende reforzar la selvicultura preventiva mediante “claras, podas, reducción selectiva del matorral” y el aprovechamiento de la biomasa, siempre en zonas estratégicas y con planificación a largo plazo.
Sin embargo, para el ingeniero la verdadera asignatura pendiente va más allá de las actuaciones puntuales. Considera imprescindible recuperar una economía ligada al monte. “Resulta muy difícil mantener millones de hectáreas únicamente mediante prevención de riesgos”, afirma. Por eso defiende que la madera, la biomasa, la ganadería extensiva, la resina o el corcho vuelvan a generar empleo y riqueza. “No hay que gestionar los montes para que no haya incendios. Es al revés: gestionando de forma sostenible los montes, además de crear riqueza y fijar población, se reducirá la virulencia de los mismos“.

Cuando el incendio deja de ser solo forestal
Otro de los grandes desafíos actuales es el crecimiento de la interfaz urbano-forestal, es decir, las viviendas y urbanizaciones construidas en contacto directo con zonas de monte. Para Vélez, este fenómeno condiciona completamente la respuesta de los equipos de emergencia.
Cuando las llamas amenazan núcleos habitados, explica, se produce un auténtico “secuestro” de medios. Brigadas, helicópteros y autobombas deben abandonar parte de las tareas de extinción para proteger a la población, facilitar evacuaciones y defender viviendas. En ese momento, “la emergencia deja de ser principalmente forestal y se convierte en una multiemergencia de protección civil”.
Por ello insiste en que las urbanizaciones no pueden confiar exclusivamente en la intervención de los bomberos. Deben contar con “planes de autoprotección”, accesos adecuados, vegetación gestionada y edificaciones menos vulnerables. La autoprotección, subraya, “no consiste en sustituir a los servicios de emergencia, sino en evitar que estos tengan que abandonar la lucha contra el incendio para salvar, en el último momento, un núcleo que podría haber estado mejor preparado”.
Además de esa preparación, Vélez reclama una mayor educación ciudadana sobre el riesgo de incendios. Considera que la cultura de la autoprotección debe enseñarse desde los colegios hasta las universidades y extenderse a quienes viven o disfrutan del medio natural. Porque, concluye, conocer el territorio, evitar conductas de riesgo y saber cómo actuar “puede reducir tanto el número de igniciones como la exposición de las personas y la presión sobre los servicios de emergencia”.

