“Madre, dice que es el padre general”. La respuesta fue inmediata: “Anda, eso es que te están gastando una broma”. Trece años después, las agustinas contemplativas del convento de Nuestra Señora de la Consolación (Alcalá de Henares) recuerdan –aún sin creerse del todo– aquella mañana de Lunes Santo en la que quien hoy es León XIV apareció por sorpresa en su convento sin previo aviso.
Era 25 de marzo de 2013, “festividad de la Anunciación”, señala Sor Rosa María, superiora de la comunidad. Al otro lado del torno estaba Robert Prevost, entonces prior general de la Orden de San Agustín. Se había avisado presentado a las puertas del convento sin que nadie avisara de su llegada.
“Estábamos todas trabajando y con el uniforme de faena”, recuerda sor Rosa María. La hermana tornera acudió alarmada a comunicar que alguien aseguraba ser el superior general de los agustinos. “Le dije que volviera a preguntarle porque pensaba que era una broma. Fui con ella, y cuando lo escuché hablar reconocí enseguida su voz”.
Por lo visto, al actual Papa le gustaba hacer estas visitas sorpresa cuando era prior general. “Era muy atento, sabía escuchar, orientar y acompañar. Se interesaba de verdad por las personas”, recuerda la religiosa.
Un coche, la carretera y visitas inesperadas
De hecho, una de las grandes diferencias que se suelen señalar entre León XIV y el papa Francisco es esa aparente falta de espontaneidad. O, tal vez, la imagen más institucionalmente correcta que proyecta el nuevo Pontífice. Sin embargo, quienes le conocieron a Prevost señalan que se movía solo siempre que podía. De hecho, aquella mañana llegó conduciendo su propio coche.
“Le preguntamos quién había venido con él y nos respondió que había venido solo y que lo tenía aparcado en la puerta”, relata sor Rosa María, quien recuerda, además, que según les contó años después el padre Jason –quien fuera el primer secretario que tuvo Prevost en Perú– al actual Papa le encanta conducir. De hecho, cuando el padre Jason fue nombrado como su secretario, le confesó que no sabía conducir. “¿Cómo no vas a saber conducir?”, le dijo Prevost. “No te preocupes, yo te enseño”, añadió. Y es que el actual Papa había trabajado como profesor de autoescuela antes de ingresar en la Orden de San Agustín. Tanto disfrutaba conduciendo que, según el padre Jason, una de sus primeras lamentaciones tras ser elegido Papa fue precisamente esa: “Ay, ya no puedo conducir a partir de ahora”.
Sin embargo, este lamento del Pontífice se vio subsanado el pasado martes, cuando, durante su estancia semanal de descanso en Castel Gandolfo, León XIV pudo ponerse a los mandos del nuevo Ferrari Luce. Y es que el Papa recibió en audiencia al presidente de la firma italiana, John Elkann, quien le presentó el primer coche totalmente eléctrico de Ferrari, dando lugar a una imagen insólita.
Por su parte, las religiosas están convencidas de que ese gusto por ponerse al volante explica muchas de las visitas sorpresa que realizó durante años. “Disfrutaba haciéndolas así, sin secretario, sin nadie. Le gustaba llegar y encontrarse con las comunidades tal y como eran”, asegura Sor Rosa María. Prevost no se quedó a comer con ellas aquel día precisamente porque ya tenía la agenda ocupada: una reunión y, después, la siguiente parada en sus “visitas sorpresa”, ese mismo día: las agustinas de Segovia.
Un nuevo encuentro con el Papa
Con la visita de León XIV a España las agustinas de Alcalá de Henares volverán a encontrarse con Prevost. “Hace unos 15 días nos llamó el delegado para la vida consagrada, don José Ignacio Figueroa, diciéndonos que las comunidades de vida contemplativa de la diócesis también podíamos ir para el encuentro en La Almudena”, relata Sor Rosa María.
Y es que son conscientes de que aquella visita de 2013 no puede repetirse. “Ahora nos preguntan muchas veces: ‘¿Y si volviera a presentarse por sorpresa?’”, cuenta entre risas la superiora. “Ahora ya sabemos que eso no puede ocurrir”, porque aquel hombre que llamó discretamente al torno en un Lunes Santo ya no es el prior general de los agustinos. Es el Papa. El mismo hombre que, justo antes de irse de aquel convento, tenía claro que no quería ser reelegido como prior. “Le dijimos ‘Padre, tal vez vuelve a salir elegido’, y nos dijo: ‘¡Uy no! Yo ya necesito descansar’”.

