Cuatro mujeres, una casa y la decisión de no soltarse

“Yo no me quedo sola si no estoy con él”, reflexiona Petra en el documental Las Noies del Carmel. “Si está conmigo, será solo por amor. ¿Qué más se puede pedir?”

La casa está en lo alto del Carmel, donde la ciudad se empina y la vista obliga a detenerse. Por fuera no tiene nada de especial. Por dentro, sí. Allí viven Petra, Marta, Juana y Pepa desde hace más de cuarenta años. Cuatro mujeres que han compartido la vida cuando compartir la vida no era una tendencia, ni una solución habitacional, ni una respuesta a la soledad, sino una convicción.

En el barrio las llaman les noies del Carmel. No porque sean jóvenes -hoy tienen entre 69 y 76 años- sino porque el nombre conserva algo de aquella energía inicial, de cuando llegaron siendo casi niñas, hijas de familias migrantes de Extremadura, Andalucía o Castilla y León, en busca de trabajo y futuro. Entonces no sabían qué forma exacta tomaría su vida, pero sí tenían claro algo: no querían vivirla solas.

La casa fue primero un experimento. Finales de los años setenta. Un grupo de jóvenes cristianos progresistas que se reunían en parroquias donde se hablaba de justicia social, de Teología de la Liberación, de barrios dignos. Rezar y hacer política no eran verbos opuestos. “El Evangelio dice que los primeros cristianos lo compartían todo”, recuerda Petra. “Y eso también lo dice el marxismo”. La idea era sencilla y radical, vivir como se piensa.

Al principio fueron más. Hasta once personas. Una comuna, como se decía entonces. Convivir significaba discutir, reorganizarse, aprender a ceder. No todas siguieron. La vida fue afinando el grupo hasta dejarlo en cuatro. No fue una épica de resistencia, sino una depuración silenciosa. Las que se quedaron lo hicieron porque querían. Y porque pudieron.

Lo que construyeron no fue solo una casa compartida, sino un sistema de confianza. Una economía común. Una sola cuenta bancaria. Daba igual quién ganara más o menos, el dinero entraba y salía para cubrir lo necesario, incluso cuando alguna estuvo en paro. No era caridad, era justicia cotidiana. “Para vivir dignamente, todas necesitamos lo mismo”, dicen. Comer, un techo, tiempo, una vida que no dependa del sueldo.

La convivencia no ha sido idílica. Han discutido por la limpieza, por los ritmos, por esas pequeñas cosas que desgastan cualquier relación. “La convivencia se rompe por lo pequeño”, reconoce Petra. Un vaso sin fregar, una toalla mal colocada, una bolsa de basura olvidada. Pero también aprendieron que el conflicto no es una amenaza si hay algo más fuerte debajo. “Las diferencias se superan con amor”, dice.

Cada una ha tenido su trabajo, su carácter, su manera de estar en el mundo: maestra, profesora, bibliotecaria, trabajadora social. Ninguna tuvo hijos. No fue una decisión colectiva ni una renuncia impuesta por la vida en común. Simplemente ocurrió así. Con el tiempo entendieron que eso también facilitó la continuidad del proyecto. Los hijos -lo dicen sin dogma- suelen ser un punto de inflexión.

Las relaciones de pareja nunca rompieron el pacto. Algunas están o han estado casadas. Sus compañeros viven en otras casas. No por falta de compromiso, sino porque la independencia también forma parte del amor. “Yo no me quedo sola si no estoy con él”, reflexiona Petra en el documental Las Noies del Carmel. “Si está conmigo, será solo por amor. ¿Qué más se puede pedir?”

La casa siempre tuvo una habitación preparada para quien la necesitara: amigos de paso, personas refugiadas, hijos de conocidos que estudiaban en Barcelona. Una casa abierta.

Con los años llegó el problema que nunca lograron resolver del todo: el legal. No existe una figura que reconozca a una familia de cuatro amigas. No pueden casarse entre ellas, no pueden ser pareja de hecho. Para proteger la casa, la pusieron a nombre de una sociedad limitada. Una solución técnica para un vacío político. Cada fallecimiento implica un nuevo pago a Hacienda por una vivienda ya pagada. La última que quede, temen, quizá tenga que vender. No piden privilegios. Piden ser tratadas como lo que son: una familia.

Hoy el tiempo pesa de otra manera. Juana convive desde hace veinte años con el Parkinson, que ahora empieza a marcar el ritmo de los días. La vejez ya no es una idea abstracta ni una promesa alegre. Es concreta. Presente. Se habla. Se decide día a día. “La vida nos ha enseñado que solo existe el ahora”, dice Petra. No hay grandes planes. Hay semanas, comidas compartidas, una escapada mensual juntas. El resto es la vida fuera. Porque también hay vida fuera.

Nunca se definieron como feministas. No nació así su proyecto. Pero tampoco creen que sea casualidad que hayan sido mujeres quienes sostuvieron esta convivencia durante medio siglo. “Las relaciones humanas requieren muchas horas”, reflexiona Juana. “No sé si los hombres las valoran igual”. Petra es más directa: “Los hombres necesitan que alguien les cuide”. Si hay cuatro hombres viviendo así desde hace cuarenta años, dice, que vengan y lo cuenten.

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