La sala de rehabilitación de la residencia está llena de luz a media mañana. Algunas mujeres entran apoyadas en andadores; otras conversan en voz baja mientras esperan a que empiece la sesión. En una mesa, varias de ellas aceptan hablar del pasado. Tienen entre 68 y 93 años y han vivido casi todo el siglo XX. Cuando se les pregunta por el 8 de marzo, por el feminismo o por los cambios en la vida de las mujeres, la conversación se abre hacia recuerdos que mezclan amor, resignación, orgullo y también una cierta incredulidad ante el mundo de hoy.
Nieves, que viste de azul y tiene 68 años (es la más joven de la mesa), dice que su experiencia fue distinta a la de muchas mujeres de su generación. “He tenido una madre estupenda, que supo educarnos para que tomáramos siempre nuestras propias decisiones. Las decisiones que quizá ella no pudo o no supo tomar, pero eso nunca lo supimos”, cuenta con convicción. A diferencia de otras mujeres de su entorno, pudo ir a la universidad y no necesitó la autorización de su marido para tomar decisiones. “Yo he vivido la igualdad”, afirma, aunque enseguida matiza que no todas las mujeres de su época tuvieron esa suerte.

Recuerda, por ejemplo, a una vecina de la edad de su madre. “El marido la pegaba y no se podía hacer nada. Le daba unas palizas terribles; se oían los gritos en toda la escalera. Pero tu obligación era aguantar”. Nieves insiste en que aquello no siempre se veía con claridad desde dentro de la sociedad de entonces. Absolutamente todos los vecinos sabían y conocían lo que ocurría dentro de aquellas paredes, pero nadie podía hacer nadie. ¿A quién le pedirían ayuda? “La gente se cree que todo el mundo sabía que estaba mal, pero no era así. Mucha gente pensaba que era normal”.
Ella misma tomó decisiones que en su momento no resultaron fáciles. A los diecisiete años empezó a salir con un hombre al que sus padres consideraban “muy buen chico”. Era profesor y tenía buena reputación. Pero la relación no la hacía feliz. “Yo tenía muy claro que no quería casarme con un buen chico porque sí”, explica. “Quería casarme con alguien que me quisiera y al que yo quisiera. La presión no pudo conmigo”.
La historia terminó bien. Consiguió salir de esa relación y comenzar otra al tiempo con otro hombre, que fue ella quien tuvo que conquistar: acabó enamorándose de ella y la relación continuó. “Un día me dijo ‘te quiero’ y entonces sí fuimos novios”, recuerda. Su matrimonio, cuenta, no estuvo libre de dificultades. La enfermedad de su hermana la sumió en una depresión profunda durante años. “Mi marido me ayudó mucho, aunque no siempre entendiera todo”, dice. Hoy mira a los jóvenes con cierta esperanza. “Me encanta hablar con ellos. Tienen muy claro que hombres y mujeres son iguales”.
A su lado está Pepita, de 82 años, con un jersey amarillo y un marcado acento andaluz. Cuando se le pregunta si se considera feminista, duda unos segundos antes de responder. “No soy feminista. Bueno… dime qué es el feminismo, porque creo que sí”, corrige enseguida. Su historia comienza en una familia marcada por la precariedad. Nada más comenzar a hablar se echa a llorar: conserva recuerdos demasiado dolorosos de aquellos años. “Mi padre era alcohólico y mi madre se quedó en la calle con cinco hijos”, explica. Su padre murió joven, con cuarenta y cuatro años, después de años de trabajos precarios.

Aquella infancia le dejó claro algo que repetiría durante toda la conversación. “Yo no estaba en este mundo para depender de un hombre ni para estar todo el día fregando”. En su juventud, dice, muchas mujeres no tenían acceso a oportunidades. “No teníamos acceso a nada. No podíamos tomar decisiones. No podíamos estudiar, ni trabajar, ni salir ni entrar. Todo lo que queríamos lo teníamos que tener en la cabeza”.
Pepita se casó a los veinte años por amor. Su marido “se enamoró de ella” después de ver una fotografía mientras trabajaba con su hermano en Alemania. Sin verla, sin conocerla, sin escucharla: simplemente por la imagen que vio en una fotografía. Pero incluso en esa historia romántica aparece un detalle que hoy le resulta revelador. Antes de escribirle, el hombre pidió permiso a su madre. “Y yo le dije que no necesitaba permiso de nadie”, recuerda.
Con los años, Pepita se implicó en el activismo local. Junto a una monja seglar fundó una asociación de mujeres. El objetivo era ayudar a otras a escapar de una vida que consideraba demasiado limitada. “En Andalucía las mujeres estaban muy atrasadas. Y la verdad es que, en mi opinión, siguen estándolo”, afirma. “Siempre al lado del marido, siempre en casa, ocupándose de todo. En muchos aspectos siguen un poco atrasados”.
Cuenta el caso de una hermana suya cuyo marido ejercía un control constante. Frente a su casa había un bar y él le exigía que saliera al balcón a una hora determinada para asegurarse de que estaba en casa. “Quería vigilarla, controlar que no saliera de casa, incluso cuando él se pasaba el día en el bar”, dice Pepita con indignación. También recuerda las reglas invisibles que estructuraban la vida doméstica. “En la mesa, el primer plato siempre era para el hombre. Y además tenía que ser el más abundante. Eso nunca se discutía: las cosas eran así, y punto”.

Carmen escucha con una seriedad muy tranquila. Tiene acento sevillano y viste de marrón; no escucha demasiado de un oído, y se abstrae de la conversación general perdida en sus propios recuerdos. Se casó en 1961, cuando tenía veintiséis años. “Nos conocíamos desde niños”, cuenta. Habían sido novios durante diez años antes de casarse, y ella simplemente nunca se preguntó si su vida podría ser de otra manera.
Antes del matrimonio trabajaba como sastre (ella dice “sastra”) en una sastrería. Había empezado muy joven, nada más salir del colegio, y permaneció allí trece años. Pero al casarse tuvo que dejar el trabajo. “Desde que me casé dejé de trabajar, aunque la verdad es que si lo pienso, me hubiera gustado seguir trabajando. Disfrutaba muchísimo. Pero no había elección: las mujeres no trabajaban”, explica con naturalidad.
Si hubiera podido elegir, dice ahora, habría seguido haciéndolo. “Si hubiera podido continuar, habría elegido trabajar. Aunque no necesitáramos el dinero…”. El matrimonio la llevó a Madrid desde su pueblo, Utrera. Durante mucho tiempo se sintió aislada. “Aquí estaba sola con mi marido. No tenía amigas, ni familia; mi vida era él, cuidarlo y estar pendiente de sus necesidades”, recuerda. Más tarde se trasladaron también sus hermanas y la situación cambió. Su marido, cuenta, solía llamarla “niña”.
Sofía, de 93 años, observa la conversación con una serenidad que parece venir de lejos. Lleva una chaqueta morada y habla con una mezcla de humor y nostalgia. “Siempre mi marido primero. Era el mejor, el mejor, el más listo, el más bueno”, resume al recordar su vida conyugal. Es incapaz de recordar nada negativo de su vida conyugal, aunque poco a poco empiezan a aflorar los recuerdos.

Sin embargo, su recuerdo no es amargo. Cuenta que su marido trabajaba fuera y que a menudo comía fuera de casa. “A mí me venía bien”, dice riendo. “Menos trabajo”. Tuvieron dos hijas. Su marido no participaba en el cuidado cotidiano de las niñas, algo que ella recuerda sin resentimiento. “No las bañaba ni jugaba con ellas. Pero realmente no conozco a ningún hombre que lo hiciera en aquella época”.
En cambio, tenía otras habilidades domésticas. “Hacía los caracoles como nadie”, recuerda risueña. También las habas con jamón. Su marido era un hombre sociable, aficionado a viajar y salir con amigos. A veces llegaba tarde y con algunas copas de más. Se agarra las manos a la silla de ruedas en la que permanece desde hace meses. “A veces me hacía sufrir”, admite Sofía. Pero la relación sobrevivió. “Cuando hay amor siempre se vuelve a empezar”. Y por fin consigue nombrarlo con cierta culpabilidad: “Algunas noches venía con unas copas de más…”.
Benita, de 82 años, interviene desde el otro extremo de la mesa. Lleva un chaleco marrón sobre un jersey azul y habla con una mezcla de ironía y determinación. Ha permanecido en silencio aunque no ha dejado de cambiar de expresión. Durante treinta y tres años trabajó limpiando colegios y ayudando en clases con niños con dificultades.
Su marido nunca vio con buenos ojos ese trabajo. “Decía que eso era cosa de hombres”, explica. Incluso rechazó una oportunidad laboral en el Ayuntamiento de Parla porque él no lo aprobaba. “Decía: ‘¿Qué hacéis ahí encerradas con tantos hombres?’. Nuestro lugar no estaba en los puestos de trabajo, porque allí sólo éramos tentación para otros y motivo de celos para nuestros maridos”.

Benita describe un matrimonio marcado por los celos. “Era muy impaciente”, recuerda. A menudo le pedía que lo acompañara a todas partes, incluso para comprar clavos. “Morena, ¿has hecho ya la comida?”, le decía. El tema de las “obligaciones conyugales” sobrevuela ligeramente la conversación, pero era otra época: estas mujeres son incapaces de hablar abiertamente de relaciones sexuales, aunque alguna tuerce el gesto y baja la cabeza.
En el caso de Benita, ella se casó con diecinueve años, mucho antes de que ella misma se considerase preparada. Durante un tiempo no conseguía quedarse embarazada y los comentarios de su entorno empezaron a ser crueles. “Decían que ‘no valíamos’”, recuerda con tristeza. Pero realmente, hace 70 años la que acarreaba la culpa de no ser fértil era la mujer. Finalmente tuvo cuatro hijas, una cada trece meses.
Cuando se le pregunta por el feminismo, responde con una frase ambigua: “Ni soy feminista ni dejo de serlo”. Sin embargo, al hablar de sus hijas y nietos percibe cambios claros. “Las hijas dicen que los maridos ayudan”, explica. Y corrige inmediatamente la palabra. “Ayudan”. En la generación de sus nietos, dice, la situación es distinta. “Ella se va a trabajar y él se queda en casa. Las cosas han cambiado y ahora son así”.
Las historias de estas mujeres muestran trayectorias muy diferentes. Algunas pudieron estudiar y trabajar; otras abandonaron su empleo al casarse. Algunas vivieron matrimonios igualitarios; otras recuerdan relaciones marcadas por los celos o el control. Pero todas coinciden en algo: el mundo en el que crecieron era muy distinto del actual. Para muchas de ellas, el cambio más visible está en la autonomía de las mujeres jóvenes. La posibilidad de estudiar, trabajar y decidir sobre su vida sentimental aparece una y otra vez en la conversación.

El 8 de marzo, el día internacional de la mujer, adquiere así un significado inesperado en esta sala de rehabilitación de una residencia de ancianos a las afueras de Madrid, en la que estas mujeres pintan y colorean sus dibujos del 8M. No es solo una jornada de reivindicación contemporánea. Es también una oportunidad para escuchar las historias de quienes vivieron antes de que esas reivindicaciones existieran. Historias de matrimonios largos, de trabajos abandonados, de silencios familiares y de pequeñas rebeldías cotidianas.
Cuando la conversación termina y las mujeres regresan a sus actividades, queda la impresión de que cada una de ellas representa una época distinta del mismo proceso. Algunas vivieron la desigualdad como algo inevitable. Otras empezaron a cuestionarla. Y otras, como Nieves, pudieron ya experimentar una forma incipiente de igualdad.
Juntas forman una memoria viva del cambio social. Un recordatorio de que los derechos que hoy se discuten en las calles o en las redes sociales se construyen a lo largo de generaciones enteras.
