Joke es una mujer holandesa de 53 años que hace 5 comenzó a salir con un hombre llamado Hans. Lo que era una relación romántica terminó convirtiéndose en un sistema de vigilancia, aislamiento y miedo. Joke estuvo permanentemente encerrada en caravanas y cobertizos; podía salir al exterior solo cinco minutos al día. Pero aún vendría más. Hans compró por internet una pistola de tatuaje. Y comenzó a someter a Joke a sesiones de tatuajes cada dos días. Las heridas supuraban y le llegaban a provocar fiebre pero Hans no se detenía.

Le tatuaba “en los lugares donde creía que otro hombre me había tocado. Solo en mi cara estaba el nombre de Hans 17 veces” cuenta Joke. La tinta cubrió su frente, mejillas, nariz, barbilla e incluso párpados. También le marcó con las iniciales y expresiones de posesión en pecho, espalda, piernas, brazos y zonas íntimas.

Hasta que un día Joke se armó de valor y decidió terminar con la tortura. Logró escapar y llegó a un centro de acogida. Tiempo después le pusieron en contacto con la asociación “Spijt van Tattoo”. Allí conoció a Andy y Dex, un matrimonio que cuenta con un centro de eliminación de tatuajes. Un día a la semana tratan gratuitamente a víctimas de violencia y explotación sexual.
Andy asegura que “nunca he visto un caso semejante. Los tatuajes cubren el 90% de su cuerpo. Hay 250. Apenas hay zona del cuerpo sin referencia al tal Hans”.
Eliminar un tatuaje puede costar hasta diez veces más que hacer uno. En el caso de Joke, borrar todos los de su cuerpo alcanzaba los 100.000 euros. Gracias a una campaña de financiación se ha logrado recaudar 33.000 euros. El matrimonio cubrirá el resto con su trabajo altruista.

Joke denunció a Hans. Pero lamentablemente no se ha logrado demostrar que los tatuajes eran forzados. Él afirma que “fueron hechos con su consentimiento”. Joke ha estado 3 años sometiéndose a tratamiento láser. En la cara el dolor es tan fuerte que se requiere un anestesista en la sesión. Aunque el proceso todavía no ha terminado Joke tiene una nueva vida. Con cada sesión, el nombre de Hans desaparece un poco más de su piel y ella recupera algo que durante años no pudo decidir: qué hacer con su propio cuerpo.

