Miles de estudiantes afrontan esta semana uno de los momentos más exigentes de su vida académica: la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU). Tras meses de estudio, nervios y expectativas, llega la hora de demostrar todo lo aprendido. Sin embargo, los expertos coinciden en una idea que a menudo se pasa por alto: la Selectividad no solo se aprueba estudiando. También se juega en el terreno emocional.
Lo sabe bien Ana Hernández, jefa de estudios del IES Julio Verne de Leganés y reconocida recientemente entre los mejores docentes del mundo. Después de dos décadas acompañando a generaciones de alumnos en este proceso, tiene claro cuáles son los errores más frecuentes y qué marca realmente la diferencia entre un examen brillante y otro que no refleja el verdadero potencial del estudiante. “La ansiedad es normal. Incluso es positiva porque nos activa y nos ayuda a afrontar el reto con energía. El problema aparece cuando dejamos que los nervios tomen el control”, explica.
La primera prueba empieza antes de entrar al aula
Aunque muchos estudiantes concentran todos sus esfuerzos en el contenido académico, Hernández insiste en que la preparación logística también cuenta. Uno de sus consejos más importantes es familiarizarse con el lugar donde se realizarán los exámenes. Conocer el edificio, localizar las aulas o saber dónde están los baños reduce la incertidumbre y aporta una valiosa sensación de control. “No parece importante, pero llegar a un sitio desconocido ya genera tensión. Si puedes eliminar ese factor, llegas mucho más tranquilo”, señala.
La psicóloga educativa Marta García coincide. Según explica, el cerebro interpreta la incertidumbre como una posible amenaza. “Cuando anticipamos un entorno desconocido, aumenta la activación fisiológica. Familiarizarse con el espacio reduce esa respuesta y permite reservar energía mental para lo verdaderamente importante: el examen”.
Leer antes de escribir
Hernández aconseja, ante todo, leer despacio. “Muchos alumnos pierden puntos no porque desconozcan la respuesta, sino porque contestan algo distinto a lo que realmente se les pregunta. Llegan nerviosos, leen deprisa y creen entender una cosa cuando el ejercicio pide otra. Ahí se pierden muchísimas notas”, advierte. Por eso recomienda dedicar los primeros minutos a analizar el examen, identificar exactamente qué se pide y elaborar un pequeño esquema o borrador antes de comenzar a redactar.
Además, esta pausa inicial tiene un beneficio añadido. Como explica García, ayuda a recuperar la sensación de control. “Cuando el alumno se obliga a detenerse y analizar, reduce la impulsividad que generan los nervios y mejora su capacidad de razonamiento”.
Empieza por lo que mejor sabes
Otro error habitual es lanzarse directamente a la pregunta más difícil. La profesora recomienda justo lo contrario: comenzar por aquellas cuestiones que se dominan mejor. “Es importante arrancar con las preguntas que ofrecen mayores garantías de éxito. Eso genera confianza y permite sumar puntos desde el principio”. La estrategia tiene también un claro efecto psicológico. Cada respuesta completada con seguridad refuerza la confianza y reduce la sensación de bloqueo.
Eso sí, Hernández advierte de otro riesgo frecuente: dedicar demasiado tiempo a una única pregunta. “Hay alumnos que desarrollan muchísimo las cuestiones que mejor se saben y, cuando quedan diez minutos, descubren que apenas han respondido dos ejercicios”. La clave está en distribuir bien el tiempo desde el inicio y respetar ese reparto durante toda la prueba.
Dormir vale más que estudiar una hora extra
En los días previos a la PAU, muchos estudiantes caen en la tentación de sacrificar horas de sueño para repasar hasta la madrugada. Para Hernández, es uno de los mayores errores que pueden cometer. “Ese atracón final ya no sirve de nada. El cerebro necesita descansar para consolidar toda la información aprendida durante semanas”.
La evidencia científica respalda esta afirmación. Durante el sueño se consolidan los recuerdos y se fortalecen las conexiones neuronales relacionadas con el aprendizaje. “La memoria no funciona como un disco duro que almacena datos automáticamente”, explica García. “Necesita procesos biológicos que ocurren mientras dormimos. Privarse de sueño justo antes de un examen es contraproducente”. Por ello, recomienda mantener horarios regulares, reducir el uso de pantallas por la noche y priorizar el descanso incluso por encima de un último repaso.
El móvil, mejor lejos
Hernández insiste en la importancia de desconectar. “Durante esos días no tienen nada más importante que hacer. Todo el mundo sabe que están haciendo la PAU. No pasa nada por desaparecer tres días”.
La docente aconseja mantener el teléfono en modo avión durante los descansos entre exámenes y evitar las interminables comparaciones sobre cómo ha salido cada prueba.
“Comparar respuestas constantemente solo genera más estrés y más dudas”.
La psicóloga coincide: “Después de cada examen es muy fácil entrar en una espiral de rumiación. El alumno empieza a buscar errores, comparar respuestas e imaginar consecuencias negativas. Lo mejor es cerrar mentalmente esa prueba y centrarse en la siguiente”.
Hidratación, frutos secos y sentido común
Más allá de las grandes estrategias, Hernández insiste en una serie de detalles prácticos que pueden evitar problemas innecesarios. Llevar varios bolígrafos, comprobar que la calculadora está permitida, proteger la documentación de posibles derrames o revisar el material la noche anterior son gestos sencillos que ayudan a evitar sobresaltos.
También recomienda mantenerse hidratado y llevar algún tentempié ligero. “Una pequeña bolsa de frutos secos puede aportar energía sin provocar pesadez”. Eso sí, lanza una advertencia: evitar las bebidas energéticas y el exceso de cafeína.
Qué hacer cuando te quedas en blanco
Pese a toda la preparación, puede ocurrir. El estudiante se bloquea y siente que no recuerda nada. Ana Hernández ha visto esa escena muchas veces. Su recomendación es sencilla y eficaz: detenerse unos segundos y pensar en algo completamente ajeno al examen.
“Una canción, una película, las vacaciones… cualquier cosa que no tenga relación con lo que estás haciendo”. Ese cambio de foco ayuda a romper el círculo de ansiedad que alimenta el bloqueo y facilita que la información vuelva a aparecer.
Porque, al final, la Selectividad no es una prueba de perfección. Es una fotografía puntual de años de aprendizaje y esfuerzo. Y si Ana Hernández tuviera que resumir su mensaje en una última idea, sería esta: confiar en lo aprendido.
Después de meses de trabajo, el examen no consiste en demostrarlo todo. Consiste, simplemente, en dejar salir lo que ya está dentro.

