El nuevo MeToo sentimental que nace en los conciertos de Rosalía

El “confesionario” de Lux Tour se ha transformado en un inesperado espacio de catarsis colectiva donde personalidades conocidas hablan de las relaciones tóxicas que un día toleraron

En mitad del espectáculo, cuando el escenario se queda casi desnudo, el foco deja de perseguir coreografías para iluminar una conversación. Rosalía ha convertido sus conciertos en algo más que música. El llamado “confesionario” del Motomami/Lux Tour se ha transformado en un inesperado espacio de catarsis colectiva donde cantantes, creadoras de contenido y personalidades conocidas hablan, entre risas, bromas y complicidad, de las relaciones tóxicas que un día toleraron. El público ríe. Ellas también. Y, sin embargo, lo que se cuenta sobre ese pequeño escenario no tiene nada de banal.
Frases que antes se toleraban y hoy suenan a alarma.

“Cuando ya íbamos a hacer un año… Se acabó. Me lo dijo: ‘¿es que sabes qué pasa? A partir del año, yo puedo llegar a ser infiel’”, relata Aitana sentada frente a Rosalía. La frase, que se ha viralizado en TikTok miles de veces, es recibida con carcajadas. “¡Al menos fue sincero!”, remata ella misma. Rosalía, rápida, sintetiza la escena con una sentencia que ya forma parte del imaginario de esta gira: “Él sabía que él mismo tiene caducidad”.

Captura de pantalla del concierto. Redes Sociales

La risa no tapa el mensaje. Lo hace digerible. Porque lo que está ocurriendo en estos conciertos se parece, salvando las distancias, a un nuevo movimiento colectivo de toma de conciencia femenina. Un efecto dominó donde unas pocas empiezan a hablar y muchas otras, al escucharlas, se reconocen. Un eco que recuerda al espíritu del MeToo, pero con un tono radicalmente distinto: Aquí no hay solemnidad ni denuncia explícita, sino distancia emocional, humor y una sensación clara de haberlo superado.

Según explica la psicóloga especializada en trauma y apego Emma Iglesias, este cambio de tono no es casual. “Creo que se habla más sobre estas cosas de esta manera porque las personas se han cansado de silenciarse, de callarse, de tolerar, de no ser tomado en serio, así que ahora mismo se ha pasado de ese extremo a poder hablar de ello desde una conversación más seria hasta incluso el humor, lo cual muchas veces es un factor de protección ante situaciones difíciles, traumáticas o adversas”, señala Emma. Ese humor compartido funciona como llave. Permite abrir la puerta sin volver a atravesar el dolor.

El humor como forma de sanar

En otro de los conciertos, la creadora de contenido Shannis se sienta en el confesionario y suelta, entre carcajadas: “¡Me encanta los hombres, tía! ¡Si son gais, más! ¡Ese es mi problema!”. Rosalía le sigue el juego. El público aplaude. El vídeo se comparte. La anécdota se convierte en conversación colectiva sobre elecciones afectivas, dinámicas repetidas y patrones que, hasta hace no tanto, se vivían en silencio y con vergüenza.

La youtuber y actriz Esty Quesada también pasa por el confesionario: “Vengo a confesar una tragedia”, anuncia, antes de desgranar su historia sentimental ante un auditorio entregado. Nadie juzga. Nadie señala. Hay risas, aplausos y una sensación compartida de reconocimiento.

Captura de pantalla del concierto. Redes Sociales Lux Tour

Para Emma, esta identificación tiene raíces profundas: “La cosa es que, si durante tu infancia o mayoría de relaciones ha habido dinámicas o comportamientos tóxicos o dañinos, para ti eso es la normalidad, con lo cual, cuando luego te vinculas, aspectos que deberían ser alarmantes, no te lo parecen porque es lo que has vivido”.

Es ahí donde el confesionario cobra otra dimensión. Lo que en el escenario se narra como anécdota graciosa, para quien escucha desde el público puede ser una revelación incómoda: Eso que yo viví, eso que normalicé, eso que pensé que formaba parte del amor, no era sano.

Durante décadas, el relato del fracaso sentimental femenino ha estado cargado de culpa. En pueblos, barrios y círculos sociales, la etiqueta era persistente. Pili siempre sería “la de Carlos”. Y si aquello no funcionó, el relato colectivo encontraba dos posibles explicaciones: O ella no estuvo a la altura moral o no supo aguantar lo que tocaba. El peso recaía siempre en el mismo sitio.

Lo que muchas vivieron sin saber ponerle nombre

Hoy, en cambio, esas mismas historias se cuentan con desenfado. Se airean sin drama. Se comparten sin pudor. “Justamente poder expresarlo, compartirlo y no guardártelo y pasar por todas esas situaciones ayuda muchísimo a sanar”, explica Emma. “De hecho, que una situación sea más traumática o dolorosa depende justamente de esto, de si podemos compartirlo y aliviar ese peso o carga y sentirnos más acompañados o no”.

Eso es exactamente lo que ocurre en los conciertos de Rosalía; miles de personas acompañando un relato íntimo que, paradójicamente, deja de serlo. La vivencia privada se transforma en experiencia colectiva. Emma lo resume así: “Y sí, que personalidades públicas hablen de esto, ayuda a que se pueda hablar más de ello, se normalice, se vea y se haga consciencia de cosas que no son normales o tolerables. Si esas figuras públicas son ejemplo o referentes para muchas personas y mueven masas, que utilicen ese movimiento justamente para hablar de estas cosas ayuda muchísimo”.

Las redes sociales amplifican el fenómeno. Los vídeos se comparten, se comentan, se reinterpretan. Otras mujeres responden contando sus propias historias. Se genera una cadena de testimonios que, lejos de buscar lástima, se sostienen en la ironía y la complicidad.

Captura de pantalla del concierto. Redes Sociales

Un eco del MeToo en clave sentimental

Porque quizá el gesto más revolucionario no es contar lo que pasó, sino hacerlo riéndose. Esa risa implica algo muy concreto: ya no duele igual. Hay distancia. Hay aprendizaje. Hay una narrativa nueva donde la mujer no aparece como culpable ni como víctima permanente, sino como alguien que mira hacia atrás, reconoce lo que toleró y lo coloca en su sitio.
Emma advierte también de las consecuencias de haber normalizado durante tanto tiempo estas dinámicas: “Inseguridad, miedo, normalización de conductas dañinas o tóxicas, pensar que todo el mundo va a hacerte daño, incapacidad para confiar, pensar que cosas buenas puedan pasarte o que las relaciones sanas existan. Al final la persona siempre va a estar esperando que algo malo pase”.

Escuchar a Aitana contar que alguien le avisó, sin rubor, de que sería infiel pasado el año, provoca risa. Pero también activa una pregunta silenciosa en quien escucha: ¿Cuántas veces hemos aceptado frases parecidas sin darnos cuenta de lo alarmantes que eran?

El confesionario de Rosalía no es terapia, pero se parece. No es denuncia, pero remueve. No es solemne, pero deja huella. Y, sobre todo, está ayudando a algo fundamental; que muchas mujeres identifiquen como tóxico lo que durante años pensaron que era simplemente “cómo son las relaciones”. Que puedan ponerle nombre. Que puedan contarlo. Y, quizá, que puedan reírse también algún día.

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