Cuesta escribirlo sin que algo se revuelva. Cuesta, incluso hoy, aceptar que esto siga ocurriendo —y que aún haya quien dude. Que aún haya quien mire hacia otro lado. Porque no hablamos de un caso aislado ni de un relato difuso. Hablamos de poder. De abuso. De una estructura que durante demasiado tiempo ha protegido al agresor y ha puesto bajo sospecha a la víctima.
Y, aun así —o precisamente por eso— hay quien decide hablar. Dar la cara. Sostener el golpe y devolverlo en forma de denuncia.
Mar Bermúdez lo hizo. Con 23 años. Contra su jefe en Catalunya Ràdio. Contra un sistema. Y no solo sobrevivió: ganó.
Denunciar al jefe: valentía en un sistema que protege al agresor
Su historia incomoda porque obliga a posicionarse. Porque rompe la coartada de la incredulidad. Porque deja menos espacio para el cinismo y la equidistancia. Y nos obliga como sociedad a dejar de fingir que no pasa nada.
A partir de ahí, ya no se trata solo de escuchar. Se trata de entender qué pasa cuando alguien rompe ese silencio. Qué precio se paga. Qué se mueve —y qué no— cuando una mujer denuncia dentro de una redacción periodística.
De todo esto hablamos con Mar Bermúdez: periodista y politóloga, y una de las voces que está resquebrajando las estructuras de poder dentro del periodismo. Su testimonio ha ayudado a impulsar el movimiento Me Too en el periodismo español y ha permitido que cuestionemos a quienes siempre han estado protegidos.
Su agresor sexual: el periodista Saül Gordillo
Bermúdez no se define desde el victimismo. Se define desde el proceso: “Soy una chica que intenta descubrir de qué va la vida… pero también alguien que ha aprendido que las cosas no cambian solas. Que hay que moverse”.
Tenía 23 años cuando sufrió la agresión sexual por parte de su jefe. Denunció. Y, tras una larga batalla judicial, ganó. Su caso terminó en condena judicial contra el periodista Saül Gordillo, un fallo ratificado posteriormente por el Tribunal Supremo.
Pero lo que vino después fue otra batalla.
La sospecha permanente: cuando la víctima tiene que justificarse
En un contexto donde el discurso reaccionario insiste en señalar a las mujeres como “falsas denunciantes”, la entrevista se detiene en una contradicción evidente: ¿por qué sigue calando ese relato?

La pregunta no es ingenua. Es incómoda. Porque interpela directamente a una parte de la sociedad.
Bermúdez responde sin rodeos: “Que se miren cómo funciona un procedimiento judicial. Una denuncia falsa no llega a juicio. Y, además, basta con escuchar a una víctima para entender que nadie se inventa algo así”.
Las cifras, los procesos judiciales y la experiencia acumulada desmontan ese mito. Y, sin embargo, persiste…porque cuestionarlo implica desmontar privilegios: “Que no nos traten a nosotras de ilusas, sino que se revisen ellos”.
Goliat tenía nombre, cargo y poder
Su agresor no era un desconocido. No era un agresor ‘anónimo’. Era su jefe. El director del medio. Quien tenía poder real sobre su carrera y su futuro.
Porque no solo habla de lo que ocurrió, sino de lo que el sistema permite que ocurra después. De quién cae… y quién no.
Su caso terminó en condena judicial firme. Y, aun así, él sigue trabajando en el sector. En una redacción. Con poder, con contactos, con normalidad.
Y eso —más allá del caso individual— es difícil de asumir. Porque no es una excepción: es parte del problema. Un entorno donde las redes de poder se protegen, donde los nombres rotan, pero los vínculos permanecen, y donde las malas praxis rara vez tienen consecuencias reales.
Su agresor sigue ejerciendo como subdirector en otro medio
Como explica Bermúdez, el periodismo sigue siendo un espacio donde “todos se conocen”, donde las posiciones están blindadas por años de relaciones, favores y silencios compartidos. Por eso, que un agresor condenado pueda continuar ejerciendo no es una anomalía: es el síntoma.
“Cuando denuncié entendí hasta dónde llegaba su poder. Sus redes, sus amistades, sus intereses… y el daño que podían hacer”. Ese poder, explica, no es abstracto. Se materializa en formas muy concretas de violencia: filtraciones, descrédito, presión mediática. Incluso en la circulación de pruebas sensibles dentro de redacciones- su agresión sexual fue grabada y difundida por WhatsApp. Una evidencia más de los fallos éticos profundos dentro del propio sector.
El periodismo, ese que debería fiscalizar el poder, también puede ejercerlo. Y lo hace. Cada día, cada minuto y en casi toda redacción periodística.
Pero incluso dentro de esa estructura empiezan a aparecer fisuras.
Las fisuras de una estructura compleja y (casi) inquebrantable
Cuando la sentencia fue firme, no solo se reforzó su posición: también se hizo más visible algo que hasta entonces muchos evitaban señalar. Que su agresor seguía trabajando. Que nada —o casi nada— había cambiado para él.
Y ahí ocurrió algo poco habitual: “La propia redacción se posicionó. Muchos de mis compañeros periodistas señalaron públicamente a su dirección. Cuestionaron que alguien condenado pudiera seguir ocupando ese espacio”.
No fue fácil. No era un gesto inocuo. Pero fue significativo.
Porque el cambio no siempre llega en forma de caída inmediata. A veces empieza así: con grietas. Con gente que, desde dentro, decide que ya no todo vale.
La violencia que no se ve: redes, dudas y culpa
Hay una violencia evidente: la agresión. Y otra más silenciosa, más extendida: la que llega justo después. Ahondamos con Bermúdez en ese territorio incómodo.

¿De qué formas se ejerce la violencia contra una víctima? La respuesta es clara: “Recibí de todo. Que lo buscaba, que no había caso, que eran dos personas pasándoselo bien”. El vídeo de la agresión, al que decenas de personas tuvieron acceso, ahí estaba. Y negaba esas afirmaciones que posteriormente fueron rechazadas también por la justicia. Pero el relato machista y patriarcal se impuso – de nuevo y durante demasiado tiempo- a la verdad.
El juicio paralelo, amplificado por redes sociales, no solo cuestiona el testimonio. Lo erosiona. Lo desgasta. Y lo más perverso: llega a instalar la duda incluso en quien sabe que es víctima. “Aunque yo sabía que la víctima nunca es culpable… me sentía culpable”, admite Bermúdez.
Ese es el peso del relato cultural. Uno que no se desmonta solo con leyes.
El proceso judicial también duele
Denunciar no es solo un acto de valentía. Es también entrar en un sistema que, muchas más veces que las de menos, revictimiza.
Bermúdez lo explica con crudeza: “Tuve que contar lo mismo siete u ocho veces. Y responder a preguntas sobre cómo bailaba, qué hacía con las manos… Es muy violento”.
Aun así, reconoce haber tenido “suerte” con el trato judicial. Y que tener que hablar de suerte en estos casos ya “nos dice mucho”.
El proceso comenzó en diciembre de 2022. Cuatro años después, aún no ha terminado del todo: “Agota y machaca. Porque no puedes terminar de curar la herida”.
El silencio en las redacciones
Si algo atraviesa toda la conversación con la periodista es una pregunta de fondo: ¿por qué cuesta tanto que el sector periodístico hable de sí mismo?
Porque esto no va solo de un caso individual. Va de una estructura: “Es un sector donde todos se conocen. Donde hay círculos de poder muy asentados”. Romper esa realidad implica riesgos. Laborales, personales, reputacionales.
Y, aun así, algo está cambiando.
El caso de Bermúdez no fue aislado. Generó un efecto espejo: “Otras periodistas empezaron a hablar. A reconocerse. A perder el miedo”.
Pequeñas grietas en un sistema que parecía inamovible.
Un agresor “normal”
Hay una idea incómoda (más) que atraviesa el relato: los agresores no son monstruos evidentes: “A mí siempre me saludaba. Puede ser tu vecino”.
Esa normalidad es, precisamente, lo que permite que ocurra. Y también lo que dificulta que el entorno reaccione.
Porque asumir que alguien cercano es un agresor implica romper muchas certezas.
El debate pendiente: ¿puede seguir ejerciendo?
Una de las cuestiones más incómodas que plantea el caso es esta: ¿debería un agresor sexual condenado seguir trabajando en el periodismo?
Bermúdez introduce un debate necesario: “Igual que no pueden trabajar con menores, quizá tampoco deberían ocupar espacios de influencia pública”.
No es solo una cuestión legal. Es ética. De referentes. De poder simbólico.
¿Dónde están los hombres?
El Me Too ha sido impulsado, narrado y sostenido principalmente por mujeres. Pero la pregunta final señala una ausencia: ¿Dónde están los hombres?
“En el estallido del Me Too parecía que ninguno había visto nada”.
Algunos apoyaron en privado. Otros se alejaron de ciertos entornos. Pero, según Bermúdez, falta algo fundamental: “Falta relato de hombres. Que digan: yo lo he visto”. Porque la lucha, insiste, no puede ser solo de ellas.
Creer en el cambio
Pese a todo —el proceso, la violencia, el desgaste— hay una idea que se mantiene: que algo está cambiando: “Somos más de las que pensamos. Y somos más fuertes de lo que creemos”.
El Me Too en el periodismo español no ha terminado. Está empezando. Y testimonios como el de Mar Bermúdez no solo lo explican. Lo hacen posible.
