El Teatro Romano de Mérida acogió anoche la 29ª edición de los Premios Max, en una gala ágil, muy repartida y con un marcado tono reivindicativo. La memoria histórica, la situación del sector cultural, la precariedad de los creadores jóvenes y la denuncia de la masacre en Gaza atravesaron una ceremonia en la que destacaron dos títulos: 1936, ganadora del premio a Mejor espectáculo de teatro, y No, de La Venidera, gran triunfadora en danza.
1936, memoria histórica sobre el escenario
El premio más codiciado de la noche, Mejor espectáculo de teatro, fue para 1936, una producción del Centro Dramático Nacional (CDN-INAEM), CheckIn Producciones y El Terrat. La victoria confirmó la fuerza de una obra que, tras su estreno inicial y su recorrido posterior, ha seguido creciendo en gira hasta regresar al centro del palmarés.
Dirigida por Andrés Lima, 1936 propone una mirada frontal a la Guerra Civil española y a las heridas todavía abiertas de la memoria histórica. Al recoger el premio, el equipo dedicó el galardón “a todas las personas, a las miles de personas que siguen en este país todavía enterradas en lugares desconocidos”. La dedicatoria tendió un puente directo entre la representación teatral del pasado y la realidad presente de quienes siguen reclamando verdad, reparación y memoria.
La Venidera, gran vencedora en danza
Si 1936 marcó el discurso teatral de la noche, la danza tuvo un nombre propio: La Venidera. Su producción No se llevó tres premios importantes: Mejor espectáculo de danza, Mejor coreografía y Mejor intérprete femenina de danza para Irene Tena. La bailarina, ex primera figura del Ballet Nacional de España, cofundó La Venidera en 2019 junto a Albert Hernández.
La pieza fue reconocida por su cruce entre danza española, flamenco y performance, y confirmó el lugar de la compañía dentro de la creación escénica contemporánea. Tena y Hernández ya habían subido el año pasado al escenario de los Max por Afanador, del Ballet Nacional de España. Esta vez, el reconocimiento fue para su propia compañía.
También en danza, Faula, una pieza de gran formato de Roser López Espinosa para ocho bailarines, se llevó el premio a Mejor elenco de danza.

CDN y TNC, los grandes focos de la noche
La gala dejó también un reparto significativo entre dos instituciones clave del teatro español: el Teatre Nacional de Catalunya y el Centro Dramático Nacional. Ambas salieron de Mérida con cinco premios, confirmando el peso de sus producciones en esta edición.
El principal título del TNC fue La tercera fuga, escrita por Victoria Szpunberg y Albert Pijuan. La obra, una saga familiar que atraviesa más de un siglo de historia desde la Ucrania de los años veinte hasta la Barcelona contemporánea, ganó Mejor autoría teatral, Mejor elenco teatral y Mejor actor para Ton Vieira. El montaje, interpretado por un reparto de trece actores en varios idiomas, entre ellos catalán, ucraniano, ruso y yidis, fue uno de los grandes reconocimientos de la noche.
Vieira dejó uno de los discursos más contundentes al hablar del poder de la mirada. Contrastó la mirada del público, “de amor y curiosidad”, con la mirada que castiga y discrimina. “Los protagonistas de esta historia no tuvieron esa suerte”, dijo. “Los miraron mal por ser diferentes, y esto no es una historia del pasado; sigue pasando”.
Por parte del CDN, Los nuestros también tuvo un papel destacado. Lucía Carballal, una de las voces centrales del teatro español contemporáneo, ganó el premio a Mejor dirección. En su discurso lo dedicó a “la generación de directoras que queremos estar en las salas grandes con naturalidad”. La protagonista de la obra, Mona Martínez, se llevó el premio a Mejor actriz.
Otra producción del CDN, Orlando, destacó en las categorías técnicas, con premios para Agustín Petronio por Mejor diseño de vestuario y Blanca Añón por Mejor diseño escénico y espacial.
La cultura como necesidad
Más allá del palmarés, la gala estuvo marcada por discursos de fuerte contenido político y sectorial. Jesús Cimarro, director del Festival de Mérida durante quince años, recibió el Max de Honor y defendió la cultura como una necesidad, no como un lujo. En su intervención reclamó que el Estado destine un 1% de su presupuesto a cultura y que las comunidades autónomas contribuyan con un 2%. “Un país que no cuida su cultura es un país que no está muy bien”, advirtió.
La reivindicación profesional apareció también en el discurso de Blanca Añón. Tras ganar por su trabajo en Orlando, pidió a la SGAE que reconociera las artes plásticas escénicas como merecedoras de derechos de autoría. Sin iluminación, vestuario y escenografía, recordó, el público se quedaría únicamente con “lecturas dramatizadas”. Su intervención se amplió después hacia la denuncia social y terminó con un grito de “viva Palestina libre”.

La situación en Palestina fue mencionada por varios premiados. Ana Zamora, directora de Hacia ecos de lo sagrado, ganadora del premio a Mejor musical o espectáculo lírico, recordó que “la realidad supera a la ficción” y que, mientras la gala celebraba el teatro, había gente siendo masacrada. Jesús Torres, premiado por Poeta (perdido) en Nueva York como Mejor producción privada, defendió también la cultura como prioridad y pidió más teatro y más arte en colegios e institutos. “El teatro salva vidas”, afirmó.
El circuito “off” y los márgenes
Los premios también miraron hacia los márgenes de la industria y hacia las nuevas generaciones. Iván López-Ortega, con solo 23 años, ganó Mejor autoría revelación por Taxidermia de una alondra. En su discurso defendió el circuito off y las pequeñas salas, fundamentales para que los creadores jóvenes puedan empezar sin quedar atrapados en una precariedad aún mayor.
En una línea similar, Zorra dorada, nacida en los circuitos off de Madrid y Zaragoza, fue reconocida como Mejor espectáculo revelación. Su creadora, Elisa Forcano, recordó que muchos artistas no “aparecen” de la nada cuando reciben un premio, sino que llevan años sosteniendo el sector desde lugares menos visibles.
El Premio Max Social fue para Exexagunok Antzerki Elkartea, una compañía que trabaja con poblaciones diversas desde 2007. Sus responsables describieron el teatro como una “metáfora de la vida” que debe ser lo bastante amplia para que “nadie se quede fuera”. También hubo espacio para reivindicar la cultura en la calle: Txema Muñoz ganó Mejor espectáculo callejero por Gota y pidió mantener la mirada en plazas y espacios públicos, donde las artes escénicas pueden alcanzar a públicos más amplios.
Un homenaje a los poetas
La gala, dirigida por Christina D. Silveira, destacó por su ritmo y por una puesta en escena apoyada en un coro de 17 intérpretes extremeños y dos bailarines que apuraban con humor a quienes excedían su tiempo de discurso. En medio de esa agilidad, hubo también un momento de recuerdo para los poetas, desde la tradición clásica hasta el recientemente fallecido Robe Iniesta.
Antonio Onetti, presidente de la SGAE, imaginó un diálogo entre Sócrates e Iniesta sobre los orígenes de la poesía. En su relato, el músico habría respondido que no tenía “ni puta idea”, una forma de defender la poesía como algo que escapa a las explicaciones cerradas y cobra vida propia cuando llega al público. El homenaje terminó con un coro femenino interpretando “Puntos suspensivos”, de Extremoduro.
Los 29º Premios Max dejaron la imagen de unas artes escénicas en plena vitalidad creativa, pero también conscientes de sus fragilidades. Entre la memoria histórica de 1936, la fuerza coreográfica de No y los discursos sobre financiación, autoría, precariedad y Palestina, la gala defendió la cultura no como ornamento, sino como una forma de intervenir en el presente.

