Una aguja de coser fabricada hace unos 25.000 años puede explicar la supervivencia humana durante las glaciaciones con tanta elocuencia como una punta de flecha. Sin embargo, resulta mucho más difícil encontrarla en las clasificaciones tradicionales del Paleolítico. Los manuales han concedido un lugar preferente a los objetos que cortaban, perforaban o herían, mientras relegaban una herramienta diminuta que servía para unir las pieles y proteger el cuerpo del frío. Ángeles Caso encuentra en esa ausencia una muestra de cómo se construyó el relato de la Prehistoria: los hombres que ordenaron y nombraron los hallazgos arqueológicos durante el siglo XIX reconocieron con facilidad las armas y prestaron poca atención a los utensilios asociados al trabajo femenino.
La escritora, historiadora y columnista de Artículo14 parte de esta reflexión en Asturies, el pasado que somos, la serie documental que ha concebido, escrito y presentado para la Televisión del Principado de Asturias. Dirigida junto con Álex Galán, la producción recorre en cinco episodios decenas de miles de años: comienza con las comunidades neandertales, continúa con la llegada del Homo sapiens y el arte del Paleolítico superior, aborda después la revolución neolítica, se detiene en los castros y concluye con la conquista romana de los astures en el año 19 antes de Cristo.

El proyecto devuelve a Ángeles Caso a la televisión cuatro décadas después de su etapa como presentadora. Esta vez aparece sobre el terreno, recorriendo cuevas y yacimientos, participando en excavaciones y aprendiendo a tallar un bifaz o fabricar una vasija. La arqueología fue una pasión temprana que acabó acompañándola durante su formación como historiadora del arte. Ahora la convierte en el hilo conductor de una aventura divulgativa que reúne a especialistas como Mary Beard, Juan Luis Arsuaga y Mike Parker Pearson, conocido por sus investigaciones en Stonehenge.
Asturies, el pasado que somos se interesa por las personas que habitaron los lugares que hoy contemplamos como ruinas. Las nuevas técnicas científicas permiten averiguar qué comían, cómo enfermaban, de qué manera se desplazaban y qué cuidados recibían. También están modificando una narración concentrada durante demasiado tiempo en las élites y en los hombres. Ángeles Caso encuentra en la incorporación de más investigadoras a la arqueología una de las razones de este cambio: sus preguntas han llevado a buscar a mujeres, niños, ancianos y personas con discapacidad entre los restos del pasado.
¿Cómo está organizada Asturies, el pasado que somos?
La serie consta de cinco episodios y la hemos hecho en asturiano, como corresponde a una producción de la Televisión del Principado. Nuestra intención es tender un hilo entre el presente y aquello que fuimos hace miles o decenas de miles de años. Empezamos con los neandertales porque Asturias posee una riqueza arqueológica extraordinaria, con cuevas, yacimientos y restos pertenecientes a prácticamente todas las etapas.
El segundo capítulo se ocupa del Homo sapiens, del Paleolítico superior y del arte conservado en las cuevas. El tercero llega hasta el Neolítico, cuando comienzan la agricultura y la ganadería y se levantan megalitos y dólmenes. Después entramos en el mundo de los castros y de los astures, con las primeras aldeas, alrededor del año 800 antes de Cristo. El último episodio aborda la llegada de los romanos y la conquista del territorio en el año 19 antes de Cristo, vinculada en buena medida al interés por explotar las minas de oro.
A partir de la romanización comienza la historia escrita. Antes contamos con restos, excavaciones, objetos y yacimientos. El desafío consiste en conseguir que esos materiales hablen y nos permitan comprender a quienes los hicieron y utilizaron.

¿De dónde procede su interés por un periodo tan remoto?
Yo estudié Historia y me especialicé en Historia del Arte. La Prehistoria siempre me ha parecido una época apasionante para entender quiénes somos. La arqueología es una disciplina que me vuelve loca. No me dediqué profesionalmente a ella, pero me habría encantado hacerlo.
También me fascina la transformación que ha experimentado en las últimas décadas. La paleogenética, la paleobotánica, la paleoeconomía y muchas otras especialidades ofrecen posibilidades de análisis que apenas existían hace 25 años. Gracias a ellas está cambiando por completo el relato de la Prehistoria. Ahora podemos obtener información de restos diminutos que anteriormente habrían pasado inadvertidos y reconstruir aspectos muy concretos de la vida de una persona.
La serie presta mucha atención a la vida cotidiana. ¿Por qué quiso alejarse de una historia limitada a las grandes piezas arqueológicas?
Durante mucho tiempo, el hallazgo de un objeto se valoraba sobre todo por su carácter excepcional, su belleza o su posible relación con las élites. Ese enfoque acababa conduciendo casi siempre a los hombres que ejercían el poder. La arqueología ha abierto mucho la mirada y ha empezado a preguntarse por el conjunto de la población: las mujeres, los niños, los ancianos, las personas enfermas o con alguna discapacidad.
La entrada de muchas mujeres en la investigación ha tenido una enorme importancia. Ellas han formulado preguntas que antes apenas se planteaban y han buscado los rastros de quienes habían quedado fuera del relato. Esta perspectiva permite contar la historia de la humanidad de una manera completamente nueva. La mirada de las mujeres amplía el conocimiento porque incorpora experiencias que habían sido consideradas secundarias.
¿Cómo se traslada ese planteamiento a la pantalla?
He concebido la serie como una aventura en la que participo. Voy a los yacimientos y a las cuevas, excavo, intento tallar un bifaz con la ayuda de un arqueólogo experimental y aprendo a hacer una vasija de barro. No aparezco como una presentadora inmóvil que se limita a introducir los temas. Voy por los montes con mis botas, despeinada y muchas veces hecha un desastre, pero precisamente ahí está la parte divertida.
Quería experimentar, dentro de lo posible, la dificultad de fabricar algunos de esos objetos. Cuando intentas tallar una piedra o moldear una vasija entiendes la enorme cantidad de conocimiento que había detrás. Eran personas con una inteligencia práctica extraordinaria, transmitida de generación en generación.

En el documental sostiene en sus manos una aguja paleolítica. ¿Qué sintió en ese momento?
El Museo Arqueológico de Asturias me permitió coger objetos fabricados y utilizados por personas que vivieron hace miles de años. Siempre me ha emocionado ese contacto físico con el pasado. En un momento de la serie sostengo una aguja de coser de hace unos 25.000 años, procedente de Tito Bustillo. Es delicadísima, está hecha con asta y posee un ojo muy fino, prácticamente igual al de una aguja actual.
En las cuevas asturianas y en otros yacimientos europeos han aparecido muchísimas agujas, algunas con alrededor de 40.000 años de antigüedad. Existe la teoría de que la capacidad de coser las pieles y ajustarlas al cuerpo ayudó al Homo sapiens a sobrevivir durante las últimas glaciaciones. Aquella herramienta tan pequeña pudo tener una función decisiva porque permitía protegerse mejor del frío.
Sin embargo, cuesta encontrar las agujas en las clasificaciones tradicionales de los utensilios paleolíticos. Aparecen los perforadores, los cuchillos y las puntas de flecha; predominan los instrumentos que cortan, perforan o hieren. La aguja, que une, suele quedar fuera. El relato de la Prehistoria se construyó fundamentalmente en el siglo XIX y lo hicieron hombres que consideraban la costura una actividad femenina, doméstica y poco importante. Esa jerarquía contemporánea se proyectó sobre el pasado.
¿Una herramienta tan sencilla puede cambiar nuestra interpretación de la supervivencia humana?
Por supuesto. Una aguja demuestra capacidad técnica, planificación y transmisión de conocimientos. También obliga a conceder valor a tareas que se habían despreciado porque probablemente fueron realizadas por mujeres. La fabricación de ropa adecuada pudo resultar tan importante para sobrevivir como la caza.
El problema surge cuando trasladamos al pasado nuestros propios prejuicios y decidimos de antemano qué actividades merecen formar parte de la historia. Aquello que permite herir adquiere prestigio; aquello que une o protege se vuelve invisible. Cuando incorporamos esos objetos al relato, cambia también nuestra idea de las personas que sostuvieron aquellas comunidades.
Asturias ofrece un territorio especialmente rico para contar esa historia. ¿Qué tiene de excepcional?
Asturias es una parte privilegiada de la península ibérica por su clima y su orografía. Fue un territorio muy poblado y, durante los periodos más fríos, la cornisa cantábrica funcionó como refugio climático para grupos humanos y para numerosas especies animales. En los yacimientos aparecen restos de animales que se extinguieron o que abandonaron después este territorio, desde mamuts hasta leones y osos cavernarios.
Esa riqueza permite construir un relato continuado a lo largo de miles de años. Tenemos restos neandertales, cuevas con arte paleolítico, monumentos neolíticos, castros y explotaciones romanas. Para una serie como esta constituye un material extraordinario porque cada episodio puede desarrollarse sobre huellas muy concretas conservadas dentro de un mismo territorio.

Uno de los lugares fundamentales es la cueva de El Sidrón. ¿Qué nos ha enseñado sobre los neandertales?
En El Sidrón aparecieron restos de trece individuos neandertales: hombres y mujeres de diferentes edades, además de adolescentes y niños. Se trata de uno de los conjuntos más importantes para estudiar esta especie. Los análisis genéticos realizados a partir de esos restos han contribuido al enorme avance de la investigación sobre el ADN neandertal, un campo asociado al trabajo de Svante Pääbo, galardonado con el Nobel de Medicina en 2022.
Uno de aquellos individuos, que vivió hace unos 49.000 años, sufría una infección dental. El estudio del sarro encontró restos de álamo, que contiene ácido salicílico, y del hongo Penicillium. Es muy difícil establecer con absoluta seguridad la intención de ese consumo, pero los hallazgos permiten pensar que conocía propiedades medicinales de su entorno y que trataba de aliviar el dolor o combatir la infección.
Estos descubrimientos nos obligan a mirar a los neandertales de otra manera. Durante mucho tiempo fueron representados como seres brutales y casi incapaces. Ahora sabemos que poseían conocimientos complejos, que cuidaban a quienes enfermaban y que eran capaces de mantener dentro del grupo a personas que necesitaban ayuda.
¿El cuidado debería ocupar un lugar más importante en la historia de la humanidad?
He confirmado algo que siempre había tenido en la cabeza: si la humanidad ha sobrevivido es porque somos capaces de cooperar, unirnos, establecer pactos y cuidarnos. Nuestra continuidad no se explica únicamente por la competencia o la violencia. Si la historia humana hubiera consistido exclusivamente en matarnos y atacarnos, nos habríamos extinguido.
La arqueología muestra individuos que sobrevivieron durante años con enfermedades, heridas o discapacidades que les habrían impedido valerse por sí mismos. Eso significa que alguien los alimentó, los protegió y avanzó a su ritmo. También encontramos comunidades que se organizaron alrededor de construcciones colectivas, como los dólmenes, y que debieron alcanzar acuerdos para levantarlas y utilizarlas.
La supervivencia depende de la convivencia. Incluso desde un planteamiento pragmático, cuidamos a otros porque sabemos que algún día necesitaremos ser cuidados. Esa capacidad forma parte de nuestra historia desde hace decenas de miles de años.
¿Qué papel desempeñan los especialistas que intervienen en la serie?
La serie parte de una idea y un guion míos, y yo asumo la narración, pero detrás existe un enorme trabajo colectivo. Hemos contado con personas extraordinarias del mundo académico. Participan Mary Beard, Juan Luis Arsuaga, especialistas en los yacimientos asturianos y Mike Parker Pearson, uno de los principales investigadores de Stonehenge.
Mi tarea consiste en unir todas esas voces y hacer que los conocimientos científicos formen parte de un relato accesible. No quería simplificar hasta deformar, pero tampoco construir una serie reservada a quienes ya saben arqueología. La divulgación exige rigor y, a la vez, la capacidad de transmitir por qué un pequeño hueso, una mandíbula o una aguja pueden emocionarnos.

¿Cómo recibió el público esta manera de contar la Prehistoria?
En el preestreno de Oviedo había unas 700 personas y para mí fue muy emocionante observar sus reacciones. El proyecto me pertenece en cuanto a la concepción, el guion y la narración, pero ha sido posible gracias a un equipo muy amplio y a la generosidad de los especialistas que han participado.
Ver al público interesado en una historia que empieza decenas de miles de años antes de nosotros confirma que sentimos una enorme curiosidad por nuestros orígenes. En el fondo, cuando contemplamos aquellos objetos, intentamos reconocer algo propio en quienes los utilizaron.
¿El viaje por el pasado ha cambiado su manera de mirar el futuro?
Me ha hecho observar el pasado de otra manera y, curiosamente, también me ha dado esperanza. La humanidad ha atravesado cambios climáticos, enfermedades, escasez y situaciones extremas. Nunca fuimos tan insensatos como para llevarnos deliberadamente hasta la extinción. Siempre apareció esa chispa de sabiduría que nos recordaba que la supervivencia dependía de la unión y del cuidado de los demás.
Quiero confiar en que esa capacidad continúa dentro de nosotros. Podemos cometer errores gravísimos y actuar con una enorme violencia, pero nuestra historia demuestra que sabemos cooperar. Somos el resultado de generaciones que comprendieron que nadie sobrevive solo. Esa certeza me permite mantener cierto optimismo.

