Es un sueño que todos hemos tenido alguna vez: estás en un lugar que es a la vez reconocible y desconcertante, una localización que al principio resulta familiar pero que luego revela ser un laberinto sin destino, con pasillos y puertas que aparentemente te hacen avanzar pero que, finalmente, te atrapan en un lugar que no es ningún lugar y del que no parece haber salida. La sensación de angustia que tal escenario genera está perfectamente capturada en Backrooms, el nuevo fenómeno del cine de terror. Primera película de Kane Parsons, nacida de una webserie creada por él mismo y, a su vez, basada en un mito surgido en internet centrada en espacios liminales —es decir, estancias anodinas extrañamente vaciadas de la actividad humana que las justifica, e inquietantes a causa de ello-, se sirve de una mezcla de la estética de YouTube y la del cine tradicional para crear una experiencia cinematográfica perturbadora en la que lo deprimentemente mundano se mezcla con lo extraterrenal, la mera desazón da paso al pavor y tanto el diseño de decorados como la paleta cromática demuestran que pueden ser tan aterradores como el gore.

Sus dos protagonistas están tan metafóricamente atrapados en vidas profesionales y personales insatisfactorias como físicamente perdidos dentro de la extensión infinita que, cada uno a su tiempo, descubren bajo una vetusta tienda de muebles en la Norteamérica suburbana de 1990: una sucesión interminable de habitaciones llenas de pilas de muebles viejos, montones de ropa abandonada y demás chatarra; estancias con paredes de un amarillo enfermizo, suelos enmoquetados y techos cubiertos con paneles y luces fluorescentes simétricas que zumban como moscas.
Durante la mayor parte de sus 110 minutos, Backrooms se siente cómoda siendo extraña. Parsons demuestra una gran habilidad para extraer las posibilidades expresivas de la sucesión de habitaciones, cada vez más ilógicas en su diseño y por tanto más capaces de transmitir amenaza y sensación de que cualquier cosa terrible podría ocurrir en cualquier momento; hay detalles y pistas en esos espacios que estimulan la imaginación del espectador y nos convierten en cómplices del terror y la paranoia que la película exuda.

Sin embargo, en última instancia Backrooms no se permite el lujo de centrarse en explorar el potencial terrorífico del vacío, ni el de ser puramente un paisaje del subconsciente como algunas de las obras de David Lynch y Stanley Kubrick. La conexión entre los frágiles estados mentales de sus solitarios protagonistas y su errático tránsito por los espacios termina volviéndose demasiado evidente y carente de sutileza; las escenas se llenan de momentos expositivos empeñados en ofrecer explicaciones que nunca llegan a resultar convincentes. Y, en el proceso, el trance está a punto de desvanecerse.

Pese a ello, eso sí, Backrooms sigue siendo una obra de valor innegable, tanto por su condición de futuro pilar fundamental del cine de terror nacido en el mundo virtual que ahora está irrumpiendo como por estar construida sobre un concepto que se percibe como genuinamente nuevo; puede que no sea una revolución dentro del género, pero sí una reconfiguración rotunda de sus códigos. El terror, recordemos, se reinventa más o menos cada década para reflejar las pesadillas colectivas de su tiempo, y en ese sentido resulta de lo más apropiado que el concepto básico de la película haya surgido de internet, ya que la geografía física que presenta constituye una metáfora perfecta de las ansiedades contemporáneas en torno a la inteligencia artificial, con su infinita capacidad tanto para generar de manera autónoma falsificaciones de la realidad como para reconfortarnos y al mismo tiempo aislarnos. Como el mundo virtual, el que encarna Backrooms es un universo en el que es muy fácil extraviarse y perder el contacto con la identidad previa al cruce del umbral. Es una película situada varias décadas atrás, pero que habla de horrores consustanciales a nuestro presente.

