Gafas violetas

‘Carol’: cuando amar también podía costarte la custodia de una hija

La película de Todd Haynes recupera la historia de dos mujeres que desafían las normas de la América de los años cincuenta y recuerda cómo el deseo femenino fue durante décadas una amenaza para el orden social, jurídico y familiar

'Carol': cuando amar también podía costarte la custodia de una hija
'Carol': cuando amar también podía costarte la custodia de una hija

La película Carol (2015), dirigida por Todd Haynes y basada en la novela El precio de la sal de Patricia Highsmith, es una historia de amor atravesada por la búsqueda de libertad. Su historia de amor entre Carol Aird y Therese Belivet nunca se presenta como una provocación. Lo verdaderamente revolucionario es otra cosa: mostrar a dos mujeres que intentan decidir sobre su propia vida en una sociedad que apenas les concede ese derecho.

La acción transcurre en Nueva York durante los años cincuenta, una década que suele evocarse con imágenes de prosperidad, grandes almacenes y familias perfectas. Bajo esa superficie, sin embargo, existía un modelo muy rígido de feminidad. Las mujeres debían casarse, ser madres y sostener el hogar. Cualquier desviación de ese guion podía tener consecuencias devastadoras.

Carol lo sabe bien. Está separándose de su marido y mantiene una relación con otra mujer. Ese hecho basta para poner en riesgo la custodia de su hija. La película recuerda una realidad histórica que a menudo se olvida: hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la homosexualidad podía utilizarse en los tribunales como argumento para declarar a una madre moralmente incapaz de criar a sus hijos.

Cate Blanchett es, junto a Rooney Mara, una de las protagonistas de 'Carol'
Cate Blanchett es, junto a Rooney Mara, una de las protagonistas de ‘Carol’

La película convierte esa amenaza en el verdadero conflicto. El problema no es únicamente que Carol ame a otra mujer, sino que ese amor cuestiona el papel que la sociedad ha reservado para ella.

Therese representa otra forma de ruptura. Es joven, trabaja como dependienta en unos grandes almacenes y mantiene una relación con un hombre que da por hecho cuál será el siguiente paso: matrimonio, casa y estabilidad. Ella, sin embargo, mira hacia otro lugar. Quiere ser fotógrafa. Quiere decidir qué hacer con su futuro. Carol aparece en su vida como una historia de amor, pero también como la posibilidad de imaginar una existencia distinta.

Vista con las gafas violetas, Carol destaca por algo poco frecuente incluso hoy: las protagonistas existen al margen de los hombres. Ellos condicionan sus vidas porque controlan las normas, el dinero o las decisiones judiciales, pero no ocupan el centro del relato. La película dedica su tiempo a observar cómo piensan, dudan y evolucionan Carol y Therese.

También resulta llamativo el modo en que representa el deseo. Durante décadas, buena parte del cine mostró las relaciones entre mujeres desde una mirada masculina, convirtiéndolas en espectáculo o fetiche. Todd Haynes toma el camino contrario. Las escenas íntimas no buscan provocar al espectador, sino explicar el vínculo emocional entre dos personas. El cuerpo deja de ser un objeto de contemplación para convertirse en un espacio de afecto, vulnerabilidad y confianza.

Esa diferencia tiene mucho que ver con Patricia Highsmith. Cuando publicó la novela en 1952, bajo el seudónimo de Claire Morgan, rompió con uno de los grandes tópicos de la literatura sobre personajes homosexuales. Hasta entonces, muchas de esas historias terminaban en tragedia, muerte o arrepentimiento, como si el deseo entre personas del mismo sexo solo pudiera conducir al castigo. El precio de la sal abrió una grieta en ese esquema al ofrecer un final donde todavía era posible imaginar un futuro.

Cate Blanchett construye una Carol elegante y contenida, obligada a medir cada gesto porque sabe que cualquier error puede utilizarse contra ella. Rooney Mara interpreta a Therese desde la observación silenciosa, dejando que su transformación aparezca poco a poco, casi sin palabras. La química entre ambas sostiene una película donde los silencios dicen tanto como los diálogos.

Carol, de Patricia Highsmith
Carol, de Patricia Highsmith

La puesta en escena refuerza constantemente esa sensación de vigilancia. Cristales, escaparates, retrovisores o ventanas separan a los personajes, recordando que viven en una sociedad donde siempre parece haber alguien observando. Incluso los momentos de mayor intimidad conservan una cierta fragilidad, como si la libertad pudiera romperse de un instante a otro.

Desde una perspectiva feminista, Carol no es solo una película sobre una relación lésbica. Es una historia sobre la autonomía femenina, sobre el derecho de una mujer a decidir a quién ama, cómo quiere vivir y cuánto está dispuesta a sacrificar para no renunciar a sí misma.

¿Pasa el test de Bechdel?

Sí. Lo supera ampliamente. Carol y Therese mantienen numerosas conversaciones sobre trabajo, fotografía, maternidad, custodia, viajes, miedo, libertad y proyectos de vida. Los hombres forman parte del contexto, pero no monopolizan la conversación ni el sentido de la historia.

Setenta años después de la publicación de la novela de Highsmith, Carol sigue recordando que el verdadero conflicto nunca fue el amor entre dos mujeres. Fue una sociedad incapaz de aceptar que una mujer pudiera elegir su propio destino. Esa es la razón por la que continúa siendo una película tan vigente: nos invita a preguntarnos cuánto hemos avanzado y qué formas más sutiles adopta hoy ese mismo control sobre la vida de las mujeres.

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