Durante décadas, Patricia Highsmith ha sido un nombre respetado, citado con admiración y estudiado en universidades, pero rara vez colocado donde debería estar: en la cima absoluta de la literatura del siglo XX. Se la reconoce como una gran autora de novelas de suspense, como la creadora de Tom Ripley o como la mujer que escribió Extraños en un tren. Pero casi nunca como lo que realmente fue: una de las mentes narrativas más profundas, incómodas y brillantes que ha dado la literatura moderna.
El problema no es que Patricia Highsmith sea desconocida. El problema es que su prestigio siempre ha sido lateral, como si jugara en una liga menor. Se la suele colocar junto a los autores de género. Mientras que otros nombres —sobre todo masculinos, pero también algunas autoras canonizadas— ocupan el Olimpo de “la gran literatura”. Y, sin embargo, cuando uno se acerca de verdad a esta escritora, descubre algo que muy pocos escritores han logrado: una comprensión radical del mal, de la identidad y del deseo humano.
La incomodidad como forma de arte
Leer a Patricia Highsmith no es una experiencia placentera en el sentido clásico. No hay consuelo, ni redención, ni tampoco personajes diseñados para que el lector se sienta moralmente superior. Su literatura incomoda porque no permite escapar. En las novelas de Highsmith, el crimen no es una anomalía: es una posibilidad latente en cualquiera.

Eso es lo que la separa de la mayoría de los escritores de suspense. Mientras otros construyen enigmas, Patricia Highsmith construye almas. Tom Ripley no es solo un estafador y un asesino: es una identidad líquida, un ser que se adapta, se mimetiza y se reinventa como una criatura moderna. En Ripley, Highsmith anticipó décadas antes la ansiedad contemporánea por ser alguien distinto, por huir de uno mismo. Y eso es literatura en mayúsculas. No entretenimiento ni género. Literatura.
Una autora que vio el siglo XX por dentro
Si algo define a Patricia Highsmith es su capacidad para captar la violencia psicológica de su tiempo. Nació en una época que todavía creía en la respetabilidad, en las apariencias y en la moral pública. Pero escribió como alguien que ya había visto su derrumbe. Sus personajes viven en mundos donde la hipocresía social es una máscara fina que se rompe con facilidad.
Mientras otros escritores exploraban el trauma histórico, la guerra o las grandes transformaciones sociales, Patricia Highsmith se metió en un territorio mucho más peligroso: el interior de la mente humana. Sus novelas no hablan de grandes sistemas, sino de impulsos pequeños, oscuros, cotidianos; de la envidia; de la frustración, y del deseo de ocupar el lugar del otro.

Por eso Patricia Highsmith resulta hoy más actual que nunca. En una era obsesionada con la identidad, con la impostura y con la imagen, sus historias parecen escritas para este siglo. Son perfectas para leerlas en la actualidad.
El desprecio al género como forma de machismo cultural
Parte del problema con Patricia Highsmith tiene que ver con el lugar desde el que escribió. Durante décadas, todo lo que oliera a suspense, crimen o thriller fue considerado “menor”. A eso se le sumó algo todavía más corrosivo: que una mujer dominara ese territorio con una autoridad brutal.
Otras autoras fueron incorporadas al canon porque escribían desde una sensibilidad considerada “literaria”. Patricia Highsmith, en cambio, escribía sobre psicópatas, estafadores y asesinos sin pedir perdón. No edulcoraba ni moralizaba. Y eso, en una mujer, fue imperdonable durante mucho tiempo.

Hoy se la admira, sí, pero se la sigue colocando en una vitrina aparte. Como si Patricia Highsmith no pudiera competir con las grandes voces del siglo XX. Como si no estuviera a la altura de Faulkner, de Kafka o de Virginia Woolf. Y lo cierto es que, en su territorio, fue igual de radical, igual de innovadora y quizá incluso más influyente.
Tom Ripley, el gran personaje del siglo
Si la historia de la literatura tuviera que elegir al gran personaje de la segunda mitad del siglo XX, Tom Ripley debería estar en todas las listas. Creado por Patricia Highsmith, Ripley es un espejo oscuro de la modernidad. Alguien sin raíces, sin culpa y sin identidad fija.

Lo extraordinario es que Patricia Highsmith logra algo casi imposible: hacer que el lector acompañe, entienda y, a veces, incluso desee el éxito de un asesino. No porque lo justifique, sino porque lo muestra desde dentro. Porque nos obliga a mirar sin filtros. Eso es lo que hacen los grandes escritores. Y Highsmith lo hizo durante décadas con una precisión quirúrgica.

