Hoy, sábado 26 de septiembre, la Plaza de las Pasiegas de Granada debía albergar una conversación titulada, como una profecía involuntaria, Oponerse al mundo. La charla estaba programada como uno de los platos fuertes de Cultur_ALH, el Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades organizado por la Universidad de Granada. La novelista argentina Ariana Harwicz iba a sentarse junto al autor y gestor cultural Jesús Ortega para hablar de literatura, escritura y los límites que esta puede traspasar. La cita estaba prevista entre las 19:30 y las 20:30.
La conversación ya no tendrá lugar. Y, sin embargo, Oponerse al mundo ha acabado definiendo la semana entera. A lo largo de los últimos ocho días, lo que comenzó como una petición para retirar a una escritora del cartel ha escalado hasta convertirse en una controversia cultural de alcance internacional, con la propia universidad, diplomáticos, un ganador del Booker, participantes del festival y cientos de escritores e intelectuales tomando posición. La sesión cancelada se ha convertido, paradójicamente, en uno de los principales temas de conversación.
Para comprender cómo una sola charla ha acabado desbordando un festival, hay que volver al viernes 18 de septiembre. Aquella tarde, Harwicz —la autora argentina afincada en Francia cuya novela Matate, amor fue finalista del Premio Booker Internacional en 2018— anunció que su invitación había sido retirada por las codirectoras de Cultur_ALH, Ana Gallego Cuiñas y Patricia Escalona. «Me desprogramaron a último momento», escribió Harwicz. «Cedieron a la presión de militantes. Cedieron al terror».
El detonante fue una carta de la Red Universitaria por Palestina de Granada y las objeciones de uno de los clubes de lectura participantes. La organización reconsideró la presencia de Harwicz a raíz de sus declaraciones públicas contra el boicot cultural a Israel. La escritora ha defendido también posiciones similares frente a la exclusión de artistas rusos tras la invasión de Ucrania y sostiene que no debe reducirse a los creadores a su nacionalidad o a la política de sus países.

La dirección del festival justificó la cancelación por las dificultades para garantizar el desarrollo de la conversación en una plaza pública ante la posibilidad de protestas y enmarcó la decisión en su compromiso con los derechos humanos y con los acuerdos de la UGR respecto a Palestina. Harwicz rechazó esa explicación y ha interpretado su exclusión como una forma de presión ideológica y de discriminación antisemita.
La decisión no tardó en provocar una fractura institucional. El sábado 19, la propia Universidad de Granada difundió un comunicado para dejar claro que la retirada de la invitación había sido adoptada por la dirección del festival y que «no fue adoptada, aprobada ni respaldada» por su equipo de gobierno. La UGR afirmó además que no compartía la decisión y reivindicó la universidad pública como un espacio abierto al pensamiento crítico, el contraste de ideas, la libertad de expresión y el pluralismo.
El lunes 21, coincidiendo con la apertura oficial de Cultur_ALH, la polémica alcanzó también el terreno diplomático. Wenceslao Bunge Saravia, embajador argentino en España, remitió una carta al rector de la UGR, Pedro Mercado Pacheco, en la que expresó su «suma preocupación» por lo sucedido y pidió que se arbitraran mecanismos para desagraviar a Harwicz y restablecer las garantías de no discriminación.
Al mismo tiempo, la comunidad literaria se fracturaba. Siete participantes del festival —Rita Laura Segato, Lina Meruane, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro, Sabina Urraca y Ángelo Néstore— publicaron un comunicado conjunto en apoyo a la retirada de la invitación. Los firmantes sostenían que la cuestión no residía en la obra de Harwicz, sino en sus declaraciones públicas sobre Israel, Palestina y el boicot cultural. Le atribuían haber negado la existencia de un genocidio en Gaza y haber descalificado a personas y colectivos que denuncian la actuación de Israel. También defendían que la libertad de expresión tiene límites y que una institución cultural puede excluir a quien, a su juicio, los haya rebasado.
La respuesta llegó dos días después. El miércoles 23 se hizo público un manifiesto firmado inicialmente por más de 350 escritores, intelectuales y profesionales del mundo del libro, entre ellos Margo Glantz, Fernando Savater, Piedad Bonnett, María Negroni, Santiago Roncagliolo y Ana María Shua. «Defender la libertad de expresión solo para quienes piensan como nosotros no es defenderla: es sustituir la confrontación libre de ideas por la selección ideológica», afirmaba el documento, que reclamaba transparencia y una reparación pública.

Ese mismo miércoles llegó la consecuencia de mayor repercusión internacional. John Banville, ganador del Booker Prize en 2005 y del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014, declinó participar en el festival después de lo sucedido con Harwicz. Estaba previsto que el escritor irlandés clausurara Cultur_ALH este domingo 27 con En busca de la frase perfecta, una conversación con la profesora Pilar Villar. Banville no ha hecho declaraciones públicas sobre su decisión, pero su retirada amplió considerablemente el alcance de la polémica.
El jueves 24, Harwicz aseguró en una entrevista con El País que el manifiesto había superado ya las 700 adhesiones. La cifra procede de la propia autora y supera ampliamente las más de 350 firmas que constaban cuando el documento se hizo público un día antes.
Hoy, sábado 26, Cultur_ALH continúa su programación por Granada. La controversia, sin embargo, ha terminado ocupando buena parte de la conversación alrededor de un festival concebido precisamente como espacio para el intercambio de ideas. Lo que debía ser una charla sobre literatura y disidencia ha abierto, en su ausencia, otra discusión mucho más amplia: hasta dónde alcanza la autonomía de un festival para decidir quién ocupa sus escenarios y qué ocurre cuando esa decisión choca con la libertad de expresión, la protesta política y el desacuerdo entre los propios participantes.
Oponerse al mundo nunca llegó a celebrarse. Pero la discusión que ha dejado atrás ha resultado mucho mayor de lo que probablemente habría producido aquella hora de conversación en la Plaza de las Pasiegas.

