Música

¿Es Charli xcx el Andy Warhol del pop contemporáneo?

Con 'Music, Fashion, Film', Charli xcx deja de presentarse solo como estrella pop y empieza a operar como un centro de gravedad cultural

John Cale, Jonathan Anderson, Charli xcx y Martin Scorsese en una portada alternativa de 'Music, Fashion, Film'.
John Cale, Marc Jacobs, Charli xcx y Martin Scorsese en una portada alternativa de 'Music, Fashion, Film'.
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El pasado lunes se anunció que un retrato de Charli xcx pasaría a formar parte de la colección permanente de la National Portrait Gallery. No quiere decir que Charli se haya convertido ahora en una obra de arte viviente —eso venía ocurriendo desde hace tiempo—, pero sí que una institución de peso ha decidido fijar su imagen en el archivo cultural británico. La artista que durante años se movió en los márgenes más interesantes de la electrónica pop ha terminado convertida en una figura definitoria de su generación, hasta el punto de que su presencia ya no se limita a las listas, los festivales o las campañas de moda, sino que empieza a ocupar también espacios de legitimación institucional.

¿Es Charli xcx el Andy Warhol del pop contemporáneo? La comparación puede sonar excesiva, y quizá lo sea si se toma al pie de la letra. No ha montado una Factory con paredes plateadas ni su música necesita traducirse al arte pop para ganar importancia. Pero Warhol sirve para pensar la manera en que algunos artistas consiguen que todo lo que los rodea parezca parte de su obra. Charli trabaja desde el pop con una intuición parecida. En Music, Fashion, Film, las canciones importan, pero también importan los nombres que convoca, las imágenes que produce y el prestigio que empieza a circular entre ellos.

Han corrido ríos de tinta sobre cómo esta “niña de Essex” pasó de ser un nombre de culto a una figura masiva gracias a su sexto álbum, Brat. Sería ingenuo defender que aquel éxito surgió de la nada. La campaña de promoción, desde su portada verde y deliberadamente incómoda, tenía todos los elementos para programar un fenómeno cultural. El brat summer fue ineludible y colocó a una Charli ya entrada en la treintena en el Olimpo de las main pop girls, junto a nombres como Sabrina Carpenter, Chappell Roan, Ariana Grande, Dua Lipa o incluso Taylor Swift.

Pero Brat no funcionó solo por su estrategia. También fue el punto culminante de un sonido y de una sensibilidad que Charli llevaba años cultivando en paralelo al pop más convencional, cerca del hyperpop, el electroclash y ese club de raras en el que también orbitaban SOPHIE, Arca, FKA twigs o Grimes. En ese recorrido, A. G. Cook ha sido algo más que un productor de confianza: un cómplice estético, una de las personas que mejor entendió cómo llevar el pop hasta el borde del ruido sin romperlo del todo. Durante años, mientras se publicaban artículos preguntándose por qué ya no había estrellas pop interesantes, Charli seguía trabajando desde un margen mucho más fértil que el centro. Cuando el centro empezó a aburrir, ella llegó con gafas de sol, llamó a las tías más chulas de Internet y sembró el caos.

Ahí estaban Gabbriette, Julia Fox, Richie Shazam, Alex Consani, Isamaya Ffrench y, por supuesto, Chloë Sevigny, madre espiritual de todas ellas. Ser una estrella del pop volvía a parecer divertido, caótico y apto para mayores de trece años. El sexo y las drogas regresaban como temas sobre los que merecía la pena cantar. El autotune era deseable. Las canciones duraban dos minutos escasos y un disco entero se despachaba antes de que terminara una sobremesa de Los Simpson en Antena 3. Sobre todo, nadie tenía que comportarse como un ejemplo para las adolescentes. Las chicas podían ser desordenadas, erráticas, contradictorias o simplemente malas.

Charli exprimió Brat todo lo que pudo: edición deluxe, álbum de remixes, portadas de su discografía anterior adaptadas temporalmente a la identidad visual del disco, apariciones públicas algo escandalosas para los estándares domesticados de nuestra época y una gira junto a Troye Sivan, que ocupaba un lugar similar en la industria y parecía estar viviendo su propio momento de expansión. Aquella etapa no cerró una puerta. Abrió varias.

Aún recuperándose del éxito, Charli firmó la banda sonora de Cumbres borrascosas, una rareza de principios de año que se comía con patatas a la película de Emerald Fennell. Entre otras cosas, el proyecto contaba con la presencia de John Cale, leyenda viva de la escena artística y musical neoyorquina y miembro fundador de la Velvet Underground. Para cuando el público casual terminaba de buscar en Google quién era Cale, Charli ya había lanzado “House” y parecía estar preparando algo mayor. ¿Otro álbum? Sí, pero también algo parecido a una pequeña Factory pop: una constelación creativa levantada a base de nombres, admiraciones y colaboraciones.

The Factory fue el nombre que Andy Warhol dio a su estudio de Manhattan, con varias sedes a lo largo de los años. Allí se cruzaron músicos, modelos, actores, herederas, cineastas, cuerpos raros, gente guapa, peligrosa o simplemente con aura. No era solo un lugar de producción artística. Era una forma de organizarla alrededor de una figura aparentemente fría, autoconsciente y magnética. Warhol entendió que el entorno podía ser parte de la obra. Que una fiesta, una cara, una conversación y una fotografía podían entrar en el mismo sistema que sus cuadros, sus películas y sus portadas de discos.

Charli hace algo parecido en el pop. El anuncio de Music, Fashion, Film llegó con una portada en blanco y negro de la que, en tiempos de inteligencia artificial, resultaba fácil desconfiar: John Cale, Marc Jacobs y Martin Scorsese reunidos en una cocina, alegorías de las tres disciplinas que dan título al disco. Charli no aparecía por ningún lado. Hubo quien le reprochó que escogiera a tres hombres. Circularon portadas imaginarias con Patti Smith, Donatella Versace o Sofia Coppola. Pero quizá la elección de Charli era más interesante porque asumía esa incomodidad en lugar de neutralizarla.

Ahí aparece otra de sus funciones actuales: Charli se ha convertido en una especie de árbitro del buen gusto. No porque dicte tendencias desde arriba, sino porque cada nombre que incorpora a su mundo empieza a parecer inmediatamente más deseable, más actual o más legible para un público que quizá no habría llegado a él por su cuenta. Charli no descubre esos nombres, claro. Pero sí los recoloca.

Portada del álbum 'Music, Fashion, Film', de Charli xcx.
Portada del álbum ‘Music, Fashion, Film’, de Charli xcx.
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Desde ahí, Charli puede venir del universo ultragirly y caótico de Brat, y también puede ser one of the boys. No en el sentido de diluirse en un canon masculino, sino en el de entrar ahí sin pedir permiso, sin ponerse solemne y sin abandonar la energía femenina que la hizo grande. Los fragmentos de vida que aparecen entre canción y canción en el mediometraje que acompaña el álbum —clips, llamadas, mensajes de audio— dejan ver a una artista que venera de verdad a esos nombres, pero que no se empequeñece ante ellos. Los presenta como padrinos, fantasmas y compañeros de escena.

La selección de “señoros” puede parecer una estrategia para epatar a un público joven, mayoritariamente femenino u homosexual, pero quien haya seguido la trayectoria reciente de Charli, sus declaraciones o incluso su cuenta de Letterboxd, difícilmente la verá solo como una pose. Hay una admiración genuina y, por lo visto, mutua. Los únicos sorprendidos quizá fueron quienes no habían pensado que, cuando en la pantalla de Coachella apareció la posibilidad de un “Cronenberg Summer”, el tal Cronenberg era un señor canadiense de más de ochenta años.

Esa curiosidad intelectual y esa adhesión al canon de la alta cultura no impiden que Charli siga siendo divertida, cercana y, cuando hace falta, tontorrona. Como Warhol, no parece interesada en disfrazarse de artista solemne. Music, Fashion, Film, llegado dos años después de Brat, no se presenta exactamente como un álbum de madurez, aunque sí como un sucesor lógico. Si Brat rescataba el glamour sórdido del electroclash y el club de principios de los 2000, este nuevo trabajo avanza hacia un imaginario más rockero, pop punk e indie, cercano a la escena alternativa de finales de aquella década. Algo que ya se intuía en sus singles: “Rock Music”, “SS26” y “Wink Wink”.

También hay, claro, algo de la Velvet Underground. No solo porque el disco involucre a uno de sus principales artífices, sino por la reverberación, la distorsión de las guitarras y una aspereza que parece querer ensuciar la superficie pop. Pero la conexión va más allá del sonido. Está también en la propuesta estética, en ese blanco y negro casi documental, muy próximo al imaginario de Warhol de finales de los sesenta, y en el gesto de reunir influencias que para Charli probablemente siempre han formado parte de una misma habitación.

Además de los rostros de la portada, el proyecto incluye a Vincent Cassel en el videoclip de “Camera” y al propio David Cronenberg en un spoken word en “No One Lasts Forever”, quizá el broche más extraño y conmovedor posible para cerrar el álbum. “They are dead / They are gone / No one lasts forever”, repite el director. La frase podría sonar afectada en manos de cualquier otra estrella pop. En el universo de Charli, sin embargo, funciona porque toca una de las preguntas que atraviesan el disco: qué queda de una obra cuando desaparece quien la hizo, y cuánto hay de consuelo o de autoengaño en la idea de que el arte nos sobrevive.

Charli, como Warhol, es una trabajadora consumada. Prolífica, rápida, consciente de sus quince minutos y demasiado inquieta para quedarse sentada esperando el próximo proyecto llamado a pasar a la historia. Álbumes como Brat solo ocurren una vez en la vida. Tiene sentido que haya querido sacudirse la tarea imposible de igualarlo haciendo algo independiente de él, aunque sin renegar de su éxito ni alejarse por completo de su sonido.

Hay artistas que, cada vez que publican un nuevo trabajo, parecen pedir perdón por el anterior. “Este sí, este es el bueno”, dicen, como si lo previo no hubiera sido realizado en plenas facultades. Charli no actúa así. Music, Fashion, Film se presenta como un digno sucesor de Brat, si es que tiene sentido verlo en esos términos, sin sucumbir a las expectativas que ella misma había creado. El disco se pasa en un suspiro y, en cuanto acaba, pide una segunda escucha. Es ambicioso, pero nunca pesado ni pretencioso.

Ahí aparece quizá la parte más warholiana de Charli: su relación con el ridículo. En una época marcada por la imagen hipercalculada, donde el cringe merece la pena máxima, ella se permite enseñar el mecanismo. Tiene derecho a presentarse como una estrella total, y de hecho lo es, pero sigue insistiendo en la duda, la inseguridad, el trabajo, la vergüenza y el miedo a ser mirada demasiado de cerca. Su poder no consiste en parecer invulnerable. Consiste en saber que la vulnerabilidad también puede ser un estilo.

Warhol llevaba pelucas extrañas y acentuaba sus rasgos más caricaturescos porque sabía que nadie podía burlarse del todo de aquello que uno ya había incorporado a su propia máscara. Charli hace algo parecido con sus letras y con su presentación pública. Se adelanta al juicio, juega con la posibilidad de hacer el ridículo y la transforma en una forma de control. No elimina la vergüenza. La pone a bailar.

Quizá Charli xcx no sea el Andy Warhol de nuestra generación. Quizá ninguna figura pueda ocupar ya ese lugar de manera limpia. Pero sí ha entendido una de sus lecciones centrales: el aura no nace solo de la obra, sino de la circulación. De quién aparece, quién mira, quién legitima, quién se deja arrastrar por la fiesta. Music, Fashion, Film no es únicamente un álbum. Es una sala llena de gente mirando a Charli mientras Charli, con una mezcla de ambición y vergüenza, aprende a sostener la mirada.

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