La primera película dirigida a cuatro manos por los franceses Nicolas Athané y Marco Nguyen recurre a la animación para funcionar a la vez como una alegoría del sida en la que la enfermedad transmisible es la heterosexualidad y como un curso acelerado sobre la cultura sexual gay, pero por encima de todo lo demás es una hilarante sucesión de chistes disparados con energía y desparpajo admirables.
Su protagonista es un influencer que representa la cúspide de la comunidad homosexual parisina, deseado y envidiado a la vez por su legión de seguidores en Instagram y sus suscriptores de OnlyFans debido a su atractivo físico y su exquisito vello pectoral, y a pesar de que, aunque predica el amor propio, el tipo desprecia a quienes no encajan en el canon de belleza que él representa. Todo cambia cuando Jim contrae la heterosis, una nueva enfermedad que convierte a los homosexuales en heteros y que está diezmando a la comunidad LGTBI+; incluso Lady Gaga tuvo que cancelar su concierto. De repente, Jim ve cómo su cuerpo se vuelve flácido y desarrolla una repentina obsesión por el fútbol. Todos sus seguidores lo abandonan, a excepción de un fan leal: un joven con problemas de autoestima llamado Lucien, que se esconde en un armario secreto forrado de satén y repleto de memorabilia de Jim y juguetes para adultos sin estrenar y cuya madre dominante resulta ser la ultraderechista ministra de Sanidad del país, que en realidad es la responsable de diseñar la pandemia. Llegado el momento, Jim se une a Lucien para recorrer París en una carrera contrarreloj en busca de una cura que pueda salvarlo a él y evitar la desaparición de la homosexualidad mientras la ministra y un movimiento conocido como la Gaystapo —que recurre a tácticas de terapia de conversión inversa para combatir el virus— tratan de detenerlos.
Para desarrollar esa premisa, Jim Queen adopta una estructura narrativa que peca de episódica, pero Athané y Nguyen hacen un buen trabajo a la hora de insuflar vida a su imaginativo mundo de drag queens, fetichistas de las zapatillas deportivas y guardianes de la moral. Como sátira, resulta más maliciosa que verdaderamente incisiva, pero en todo caso no solo lanza certeros dardos contra la extrema derecha sino que también señala las divisiones internas que el colectivo gay fomenta a causa del culto al cuerpo, la superficialidad, la masculinidad tóxica y otras formas de discriminación dentro de la comunidad. Hasta cierto punto, la película invita a ser comparada con la serie South Park por su escalada disparatada y acelerada hacia el absurdo, por la sucesión de alusiones a referentes universales de la cultura pop que encadena en el proceso —manga, Disney, El sexto sentido, Céline Dion y The Rocky Horror Picture Show entre muchas otras— y por un estilo de animación que no necesita ser especialmente sofisticado para resultar de lo más efectivo con una fracción del presupuesto medio de una película de Pixar. En ese sentido, se muestra particularmente efectiva en las escenas de acción, como esa en la que Jim, Lucien y sus colaboradores se infiltran en la residencia de la ministra camuflados en el interior de un unicornio que hace las veces de Caballo de Troya, y salen de él por vía rectal.
Mientras obliga a su personaje titular a elegir entre recuperar su enorme número de seguidores en las redes sociales o el amor incondicional de Lucien, Jim Queen no abandona en ningún momento su carácter disparatado y desenfadado, ni falta que le hace para dejar clara su relevancia: la idea de un síndrome que amenaza con hacer desaparecer la homosexualidad posee una resonancia evidente en un presente en el que el auge de la extrema derecha ha ido acompañado de un retroceso de los derechos LGTBI en numerosos países. Es una película deliberadamente payasa, sí, pero merece ser tomada muy en serio.

