La sucesión de secretos, mentiras, apariencias, traiciones, extorsiones, secuestros y asesinatos que vehiculan La bestia en mí son producto original de la imaginación de sus guionistas, pero bien podrían haber estado inspiradas en una novela de aeropuerto. Después de todo, la nueva miniserie es ideal para ser consumida con fruición e inmediatamente olvidada, compuesta como está de personajes y situaciones estereotípicos, tramas secundarias superfluas y revelaciones demasiado inofensivas para una obra que pretende tratar sobre la fiereza que reside en todos nosotros. Pero, eso sí, cuenta con dos grandes bazas a su favor.
Por un lado, es evidente que ha sido rodada con una auténtica mirada cinematográfica cortesía del director Antonio Campos, extremadamente efectivo a la hora de extraer drama del manejo de la luz y los ángulos de cámara; por el otro, en su centro exhibe sendos trabajos actorales impecables de Claire Danes y Matthew Rhys, veteranos de la televisión que ya han demostrado sobradamente su capacidad para encarnar personajes complejos en series como Homeland y The Americans, y que aquí resultan cautivadores mientras practican una versión especialmente inquietante del juego del gato y el ratón. Danes vuelve a dejar clara su capacidad única para transmitir qué se siente al estar al borde del colapso psicológico, mientras que Rhys se lo pasa en grande en la piel un personaje inmoral que disfruta sugiriendo culpabilidad un momento y proclamando su inocencia al siguiente, y cuya capacidad para desconcertar al espectador ayuda a compensar los elementos más ridículos y previsibles del relato.

La principal protagonista de La bestia en mí es Agatha Aggie Wiggs (Claire Danes), una escritora que ganó el Pulitzer por su primer libro –centrado en su terrible padre– y que, cuatro años después, permanece atrapada en un bloqueo creativo causado por el accidente de coche que costó la vida a su hijo y, después, destruyó su matrimonio con una pintora; instalada en una imponente casa a las afueras de Nueva York y atormentada por un trastorno de estrés postraumático, vive como una ermitaña furiosa y amargada. Su existencia, en todo caso, no tarda en verse interrumpida por la aparición de su nuevo vecino, Nile Jarvis (Rhys), un magnate inmobiliario sospechado de haber asesinado a su esposa, aún desaparecida; dotado de una mirada fría como el filo de un cuchillo y de una arrogancia descomunal, de inmediato se revela como un villano razonablemente fascinante.
Para sorpresa de nadie, entre ambos se establece con rapidez una relación extrañamente simbiótica, y Aggie convence a Nile para que se convierta en el asunto de su próximo libro. Sobre el papel, se trata de una alianza mutuamente beneficiosa. Para ella, él se convierte en una manera de recuperar la inspiración y, para él, ella es un instrumento a través del que persuadir al mundo de su inocencia. En la práctica, claro, la relación entre ambos no tarda en complicarse.

La peripecia argumental de La bestia en mí se fundamenta en todo lo que Aggie y Nile tienen en común –el hambre de venganza, el aislamiento, el hábito de contarse historias para eludir su responsabilidad en las tragedias que han plagado sus vidas–, y eso es algo que se nos deja claro una y otra vez a través de los pasajes del manuscrito en ciernes que Aggie va leyendo desde la voz en off y de unos diálogos que no dejan un solo tema sin explicitar. Entretanto, y pese a adoptar una estructura dramática de lo más convencional, la serie va generando dosis notables de tensión a lo largo de sus ocho episodios haciéndonos dudar tanto de si él seguirá escapando de las consecuencias legales de sus actos como, sobre todo, de si acabará devorando a Aggie en el transcurso de la cacería en la que la ha atrapado.
Es cierto, eso sí, que La bestia en mí nunca llega a explorar lo suficiente la mezcla de atracción y repulsión que la escritora siente porque, llegado el momento, prefiere dedicar la mayor parte de su atención a una subtrama de corrupción, gentrificación y avaricia a través de la que nos recuerda tanto la impunidad que el poder político y financiero otorgan como toda la maldad que el ser humano está dispuesto a excusar si ello le beneficia. Esos asuntos permanecen integrados en el misterio central gracias a la habilidad como narrador de Campos -también productor ejecutivo de la serie junto a Danes, Jodie Foster y Conan O’Brien, entre otros-, que acelera o ralentiza la acción en función de lo que el relato necesita y que -a diferencia de lo que sucede con tantas y tantas ficciones episódicas empeñadas en estirar premisas ideales para un largometraje hasta hacerlas ocupar temporadas enteras de televisión- aprovecha todo el metraje a su disposición para inquietarnos al máximo, y distraernos así de los boquetes argumentales que sortea en su transcurso.

