La crítica ★★★★☆

‘¡La novia!’, un ostentoso cadáver

La nueva película de Maggie Gyllenhaal, ¡La Novia!, intenta reinventar el universo de Frankenstein y avanza en tantas direcciones a la vez que al final no propone mucho más que ruido y furia

'¡La novia!', de Maggie Gyllenhaal
'¡La novia!', de Maggie Gyllenhaal
Montaje: kiloycuarto

En ‘La novia de Frankenstein’ (1935), la novia titular no aparece más que en los cuatro o cinco minutos de película, durante los que únicamente emite un chillido ensordecedor al ver al monstruo que está destinado a ser su prometido, antes de que este -desolado al ser rechazado por alguien que es como él- decide acabar con ella y consigo mismo. A pesar de tan breve tiempo en pantalla, el personaje encarnado por Elsa Lanchester ocupa un lugar de honor en la cultura popular, en parte logrado gracias a su pelo electrizado y su mirada desorbitada. A lo largo de las décadas, ha sido inspirado sucesivas relecturas de aquella película, ninguna de ellas tan pretendidamente radical y radicalmente decepcionante como el segundo largometraje dirigido por Maggie Gyllenhaal.

Escena de la película ‘¡La Novia!’

Estrenada pocas semanas después de otra deconstrucción extravagante de la obra maestra de una novelista a cargo de una cineasta -la también frustrante Cumbres borrascosas, de Emerald Fennell-, ¡La Novia! avanza en tantas direcciones a la vez que al final no propone mucho más que ruido y furia. No es tanto una adaptación de la gran novela de Mary Shelley, ‘Frankenstein’ o ‘El moderno prometeo’ (1818), como una mezcla tonal y estilísticaemnte esquizofrénica de película de gánsteres, musical al estilo de los de Fred Astaire y Ginger Rogers, romance gótico e historia de fantasmas metatextual, y hasta cierto punto resulta admirable por los riesgos que toma y las ideas alocadas que toma. En cualquier caso, su relato de una mujer despreciada que vuelve de entre los muertos es, irónicamente, un ente vistoso pero carente de vida interior, pese a que sus sucesivas poses feministas traten de conencernos de lo contrario.

Escena de la película ‘Cumbres Borrascosas’

Como ‘La novia de Frankenstein’ en su día, la nueva película se abre con un inquietante monólogo de la propia Shelley -en este caso encarnada por Jessie Buckley-, que habla directamente a la cámara desde una suerte de purgatorio para lamentar que su muerte le impidió escribir una secuela de Frankenstein, antes de descubrir que ella misma puede escenificar esa continuación poseyendo el cuerpo de una trabajadora sexual de los años 20, Ida -también interpretada por Buckley-, y provocando su asesinato a manos de dos gánsteres de Chicago; dado que la acción posterior muestra poco interés en explorar el acto de narrar explorar o las líneas que separan la ficción de la realidad, este prólogo funciona como un mero adorno con ínfulas metatextuales.

La muerte de la joven ocurre más o menos al mismo tiempo que el monstruo de Frankenstein (Christian Bale) —aquí llamado Frank— llega a la ciudad para suplicar a la excéntrica doctora Euphronius (Annette Bening) que le fabrique una compañera. Tras ser desenterrada y revivida sin contratiempos, Ida no recuerda quién era antes, y exhibe una insaciable alegría de vivir en virtud de la que ella y Frank se embarcan en una juerga desenfrenada por el turbio submundo de Chicago. Inevitablemente, la fiesta acaba en derramamiento de sangre, y entonces la pareja huye a través de Estados Unidos a la manera de Bonnie y Clyde, provocando entretanto una revolución mientras se ven envueltos en un caso criminal relacionado con los mismos mafiosos que asesinaron a Ida, y perseguidos por una pareja de detectives (Peter Sarsgaard y Penélope Cruz). La película los acompaña en su tránsito de pueblo en pueblo mientras, incapaz de determinar qué objetivo tienen sus movimientos.

¡La novia! acumula tantas tramas y referencias que corre el riesgo de explotar, y Gyllenhaal añade más madera rellenando su metraje tanto de interludios musicales surrealistas descaradamente inspirados en Joker: Folie à Deux (2024) como de un número de baile que no es sino un guiño explícito a ‘El jovencito Frankenstein’ (1974). Todo ello aparece envuelto en un estilo visual anacrónico y pretendidamente punk que ni por un segundo deja de anunciar a los cuatro vientos lo provocador que pretende ser.

Sus intenciones aparecen representadas en la apariencia de la propia Novia. Ataviada con un brillante vestido naranja, un mechón de pelo blanco y una mancha de bilis extendida por el labio y la mejilla, el personaje parece diseñado para convertirse en disfraz que los espectadores se pondrán para ver la película en el cine, o en Halloween; de hecho, la idea aparece integrada en la propia película, cuando la Novia inspira una revolución feminista de mujeres que adoptan su look y corren desbocadas por las calles para exigir cambios en la sociedad, aunque Gyllenhaal no parece interesada en especificar qué cambios exactamente. De hecho, la película por momentos parece olvidar que la Novia es una cruzada feminista, pero al rato le proporciona nuevos ultrajes misóginos que corregir mientras, de vez en cuando —por si nos despistamos—, grita “¡Me too!”.

En la piel de Frank, Bale compone una interpretación tan torturada y capaz de generar empatía como las mejores representaciones cinematográficas previas del monstruo de Frankenstein. Pero Buckley, en vísperas de su casi segura victoria en la próxima gala de los Oscar, ofrece una de las peores de su carrera, hecha solamente de gritos, contorsiones, ruido, descontrol y exhibicionismo. En cualquier caso, su enfoque coincide con el de una película tan desesperada por epatar todo el tiempo que se olvida de palpitar, de pulsar y de respirar.

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