Cuatro libros conservan dos sellos: el del Lyceum Club Femenino y el de Falange. Son algunos de los ejemplares recuperados para la exposición que conmemora el centenario de aquella asociación de mujeres fundada en Madrid en 1926. En sus páginas quedó registrada la apropiación de un patrimonio, pero también la sustitución de un proyecto de emancipación por un modelo que devolvía a las españolas a la obediencia doméstica. Las lectoras que habían formado aquella biblioteca desaparecieron de sus salas. Localizar sus libros, reconstruir sus trayectorias y averiguar qué hicieron juntas ha exigido décadas de investigación.
La Fundación Ortega-Marañón acoge desde el 15 de septiembre una muestra que permite acercarse a esa historia mediante fotografías, correspondencia, carnés y documentos aportados por archivos y familias. Organizada por el Ministerio de Cultura, con Tània Balló como comisaria y Carmen de la Guardia como asesora científica, podrá visitarse gratuitamente hasta el 22 de enero de 2027. El edificio de la calle Fortuny, antigua Residencia de Señoritas, establece un vínculo con María de Maeztu, directora de aquella institución educativa y presidenta del Lyceum. Ambos proyectos contribuyeron a ampliar los espacios en los que las mujeres podían estudiar, relacionarse y desarrollar una vida intelectual.

La sede inicial del club estuvo en la Casa de las Siete Chimeneas. Allí, reunirse entre mujeres tenía un significado que hoy cuesta medir. Permitía disponer de tiempo y conversaciones al margen de las obligaciones familiares, compartir conocimientos y convertir inquietudes individuales en iniciativas organizadas. La posibilidad de elegir de qué hablar y con quién hacerlo formaba parte de aquella conquista.
La exposición sitúa su nacimiento dentro de una historia más amplia de asociaciones feministas que reclamaban educación, mejores condiciones laborales y derechos civiles. También recupera sus conexiones internacionales y los proyectos desarrollados por sus integrantes. Esa perspectiva ayuda a entender el Lyceum como parte de un movimiento que llevaba años trabajando y que encontró en el club un lugar desde el que ganar presencia pública.
Entre sus socias estuvieron Clara Campoamor, Victoria Kent, Elena Fortún, Carmen Baroja, Ernestina de Champourcín y Victorina Durán. Pero detenerse únicamente en los nombres conocidos dejaría fuera buena parte de lo que la conmemoración quiere recuperar. El directorio del centenario permite consultar a las integrantes por sus responsabilidades, sus vínculos educativos y su participación en otras asociaciones: una forma de seguir las relaciones que hicieron posible aquel trabajo colectivo.
Un mural reúne nombres y fotografías de las mujeres vinculadas al club. Aparecen con sus propios apellidos, una decisión que cobra sentido ante la costumbre de identificarlas por sus matrimonios. Recuperar esa identidad permite también revisar biografías que durante demasiado tiempo quedaron subordinadas a las de hombres célebres.

Zenobia Camprubí ofrece un ejemplo. La escritora y traductora fue secretaria de la junta directiva entre 1926 y 1927 y responsable de la sección internacional. Su conocimiento de idiomas y sus relaciones culturales formaban parte de los recursos del club. Reconocer ese trabajo obliga a ampliar una memoria que con frecuencia la ha reducido a su dedicación a Juan Ramón Jiménez.
El interés de la muestra está también en las tareas menos visibles. Una asociación necesita personas que mantengan la correspondencia, organicen actividades, administren recursos y sostengan los proyectos cuando pasa el entusiasmo inicial. Cartas y carnés permiten encontrar esa actividad cotidiana detrás de las grandes fotografías de grupo. Los documentos conservados en las casas aportan, además, una información que muchas veces no llegó a los archivos institucionales.
Entre las iniciativas que recupera el recorrido figuran la Casa de los Niños, destinada a atender a hijos de trabajadoras, y el Comité del Libro para el Ciego. Ambas permiten entender hasta dónde llegaban las preocupaciones de las socias. La educación y la cultura requerían condiciones materiales para resultar accesibles; trabajar fuera de casa planteaba, además, la necesidad de resolver el cuidado infantil.
Durante la inauguración, Carmen de la Guardia insistió en la eficacia y el compromiso de aquellas mujeres. Conviene detenerse en esa idea porque evita convertirlas en un grupo de figuras admirables pero lejanas. Sus proyectos abordaban problemas concretos que siguen presentes: quién dispone de tiempo para formarse, quién puede participar en la vida cultural y quién se ocupa de los cuidados que permiten a otras personas trabajar.

La Guerra Civil quebró esa experiencia. La documentación conservada permite seguir algunos rastros de actividad, aunque deja numerosas preguntas abiertas. El carné de Concepción Magallanes acredita el pago de cuotas hasta octubre de 1936. Es un detalle modesto, pero valioso: muestra que la vida administrativa de la asociación continuó cuando el país ya estaba en guerra.
La posguerra trajo la ocupación del espacio por la Sección Femenina y su transformación en el Círculo Medina. Según la reconstrucción presentada con motivo de la muestra, las fotografías posteriores permiten reconocer muebles y una distribución que habían pertenecido al club. La continuidad material convivía con una ruptura profunda respecto a las aspiraciones de sus antiguas socias.
La biblioteca concentra muchas de las incógnitas pendientes. El relato de la exposición recuerda que en 2002 se subastó por internet un conjunto de unos 6.000 volúmenes, aproximadamente la mitad procedentes del Lyceum. El paradero de aquellos fondos sigue sin aclararse. Los cuatro libros recuperados, con sus sellos superpuestos, permiten dimensionar lo mucho que falta.
El centenario llega, por tanto, con una investigación en marcha. Su página web invita a aportar recuerdos, fotografías, documentos e información sobre posibles nuevas socias. La petición se dirige también a quienes reconocen un apellido familiar y nunca habían oído hablar de esa participación.
En la inauguración, Balló resumió la herencia del Lyceum con una frase: “Su legado somos nosotras”. La exposición permite darle contenido: mujeres que pudieron estudiar gracias a otras, profesionales que encontraron apoyos, escritoras que dispusieron de interlocutoras y trabajadoras cuyos hijos recibieron cuidados. Cien años después, reconstruir esas relaciones exige seguir buscando.

