La crítica ★★★☆☆

‘Recreación de un asesinato’: una aproximación al true crime intrépida pero fallida

La película aporta más información de la que resulta humanamente posible procesar a lo largo de sus 89 minutos de metraje, por lo que es fácil perderse

Un crimen real sirve de base para el docudrama especulativo que supone el regreso al cine de Jim Sheridan —en su día nominado al Óscar por Mi pie izquierdo (1990) y En el nombre del padre (1994)—, codirigido junto a David Merriman. El 23 de diciembre de 1996, la productora francesa Sophie Toscan du Plantier fue asesinada cerca de su residencia vacacional en el condado de County Cork, en Irlanda. Rápidamente, el principal sospechoso pasó a ser un periodista ocasional llamado Ian Bailey, que fue detenido en dos ocasiones por la policía irlandesa aunque nunca llegó a ser acusado formalmente al considerarse que no existían pruebas suficientes para condenarlo. En 2019, un tribunal parisino lo juzgó en ausencia y lo condenó a 25 años de prisión, aunque las autoridades irlandesas rechazaron su extradición. Basándose en transcripciones judiciales, declaraciones de testigos y pruebas forenses, y explorando constantemente el territorio que el documental y el drama comparten, Recreación de un asesinato imagina qué podría haber ocurrido si Bailey hubiera sido juzgado en su propio país.

Doce jurados se reúnen en una sala para repasar los hechos del caso, examinarlos al detalle e intentar dar sentido a sus inconsistencias. Entre los intérpretes encargados de darles vida se encuentra el propio Sheridan, lo que le permite ayudar al grupo a orientarse y dirigir al resto de actores desde dentro del encuadre en un proceso de trabajo que se apoya intensamente en la improvisación; se trata de una estrategia narrativa admirable por poco ortodoxa pero, en última instancia, los mecanismos del dispositivo narrativo interfieren en lo que aspira a ser un examen profundo del caso.

Decir que la película está inspirada en Doce hombres sin piedad (1957) es quedarse extraordinariamente corto, puesto que se trata más bien de una relectura del clásico de Sidney Lumet. Ahora como entonces, la inmensa mayoría de la acción transcurre en la sala de deliberación del jurado, donde uno de sus miembros, inicialmente el único que duda de la culpabilidad del acusado, va logrando poco a poco que cada vez más compañeros se pongan de su lado; e igual que Lumet en su momento, además, Sheridan y Merriman tratan de crear una atmósfera claustrofóbica a medida que la tensión en la sala aumenta. En el proceso, la película aporta más información de la que resulta humanamente posible procesar a lo largo de sus escuetos 89 minutos de metraje —Sheridan ya había realizado una serie documental sobre el caso—, por lo que es fácil perderse, y el exceso de diálogos expositivos ralentiza el ritmo narrativo. En ese sentido, no ayuda la abruptez con la que los directores acumulan cortes y fundidos entre escenas.

Entretanto, a medida que la falta de acuerdo en el seno del jurado se vuelve cada vez más frustrante, Recreación de un asesinato va centrando su atención en la imposibilidad de conocer realmente tanto a la víctima como al acusado, algo que los jurados tratan de solucionar llevando a cabo detalladas reconstrucciones de los hechos, e imaginando cada impulso y cada sensación que condujeron a aquellos acontecimientos atroces. De ese modo, la película cuestiona la naturaleza de la prueba judicial y los elementos que se consideran necesarios para construir un relato coherente de inocencia o culpabilidad. Al mismo tiempo, pretende funcionar a modo de examen autorreflexivo del género true crime y de cómo los espectadores dejan que sus experiencias más íntimas condicionen tanto sus intentos de resolver los crímenes que consumen para entretenerse como su visión de la culpa y la justicia. Y el recurso de un juicio imaginado aporta una perspectiva original a través de la que abordar el género, pero la incorporación de personajes ficticios cuyas vivencias inventadas se entretejen en sus procesos de deliberación termina debilitando las reflexiones que la película propone sobre el caso.

Por último, al contemplar Recreación de un asesinato resulta inevitable sentir que la balanza está inclinada de antemano. Los puntos de vista opuestos de los personajes están planteados de forma claramente sesgada: la jurado número 8 (Vicky Krieps) aparece retratada como una figura empática, elegante, y además es nieta de un superviviente del Holocausto; el jurado número 3 (John Connors), en cambio, es un provocador agresivo, colérico y misógino. Resulta del todo evidente el bando del debate en el que la película intenta que el espectador se alinee y, llegado el momento, no duda en sermonearle para lograrlo. Ese afán didáctico acaba saboteando el drama.

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