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Ai Tsunoda: “Siempre te duele de todo cuando practicas judo”

La campeona del mundo de judo conquistó en Bakú un oro que España no tenía desde Isabel Fernández en 1997

La judoca Ai Tsunoda
La judoca Ai Tsunoda
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Nadie duda de que estaba escrito en las estrellas que Ai Tsunoda (Lleida, 2002) se iba a poner el judogi en cuanto empezara a andar. No tenía escapatoria. Que saliera buena, mala o regular ya dependía de otros muchos factores. Céline Roustant y Go Tsunoda, los padres de la flamante campeona del mundo en la categoría de -70, se conocieron hace casi 20 años en Rennes (Francia).

Ella era una francesa que se había desplazado al noroeste del país por motivos académicos y que llegó a ser campeona de España de judo en 2011, mientras que él era un japonés experto en artes marciales que ocupó el cargo de seleccionador de judo en países como Inglaterra en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, Portugal o en Rusia, solo en categoría femenina. El caso es que hicieron muy buenas migas y el destino les llevó en 1999 a instalarse en Lleida.

Por si fuera poco, Makoto, su abuelo paterno, también fue profesor de artes marciales en Japón. A la lista familiar de judocas se suma su hermano de 17 años Yu –campeón de Cataluña Junior en la categoría de menos de 81 kilos- y su marido Takezo Kishi, “que es japonés de nacimiento y que ahora mismo está viviendo en España porque quiere conseguir la nacionalidad y competir bajo la bandera de nuestro país”. No sería una mala cosa. Fue medalla de bronce en el Campeonato sub 21 de Japón en la categoría de -66 y oro en el Torneo de Excelencia Michel Beauvais Sant Gratien disputado este mismo año.

La experiencia matrimonial parece que les va de maravilla. “Hasta hace bien poco solo pensaba por mí y hacía judo por mí”, admite. Lo que ha cambiado es que ahora está casada con otra persona que también practica el judo, y con quien aspira a transitar de la mano por el mismo camino. “El de la felicidad no es fácil de recorrer, pero yo estoy muy feliz de poder hacerlo con la persona más importante de mi vida”, espeta.

No se antoja nada complicado intuir a qué se podrán dedicar en el futuro los hijos de Ai y Takezo. “Cuando sean pequeños seguro que harán judo, y después ya se verá si quieren seguir o hacer otra cosa distinta”, señala. Lo que pasa es que la disputa el próximo año del Campeonato del Mundo y a dos años vista de los Juegos Olímpicos de París, su mente está puesta en otros objetivos por los que lleva luchando durante más de veinte años y que casi puede acariciar con la punta de los dedos. “Claro que he pensado en la maternidad, pero ahora mismo no es el momento”, afirma.

La judoca Ai Tsunoda durante una competición
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Ai, que significa “amor” en japonés, se pasó buena parte de su adolescencia sobre el tatami del Dojo Lleida, el gimnasio que abrieron sus padres en la ciudad catalana donde, además, ejercieron de entrenadores. “Nunca pensé en llegar hasta donde estoy ahora cuando empecé con esto siendo una cría”, confiesa. Al principio no tuvo muchas opciones de practicar otros deportes, y cuando las tuvo, no lo dudó. “Siendo joven se te abren un montón de caminos, y aunque es complicado seguir uno u otro, siempre tuve claro que quería hacer judo y, si es posible, mejorar día a día”, sostiene.

Nada más proclamarse campeona del mundo en Bakú, apenas le dio tiempo a pasar por casa para saborear la victoria. Y es que en abril de 2023 se mudó a la tierra de sus antepasados paternos. Allí entrena y cursa la carrera de artes marciales en la universidad Tokai, donde conoció a su marido, y que fue fundada en plena II Guerra Mundial enfocada entonces a ciencias de la aviación y telecomunicaciones. Con un campus en la actualidad de alrededor de 30.000 estudiantes, el centro donde estudia la judoca catalana está reconocido internacionalmente por su Facultad de Ciencias del Deporte y por sus programas en tecnologías avanzadas y ciencias marinas. “Lo que hago en Japón es algo parecido a estudiar INEF en España, solo que enfocado a las artes marciales”, aclara.

A los profanos de la cultura nipona tal vez llame la atención el elevado número de alumnos que cursan artes marciales, un grado que dura cuatro años. “Diría que más del 90 por ciento de los que hacemos judo estamos en esa carrera”. Ese grupo se divide entre 30 chicas y unos 150 chicos. Un día normal en la vida Ai Tsunoda, consiste en acudir a la universidad por las mañanas “y si ocurre como ahora, que tengo menos clases, intento liberar horas para hacer algo de físico”. Las tardes están enfocadas a los entrenamientos. De lunes a viernes se machaca tres horas (de cinco hasta las ocho). De propina, los sábados, otras tres. “Luego ya descanso”, sentencia. Pese al tiempo que dedica al judo no considera que eso suponga un sacrificio. “Eso sería si dejo de hacer algo que quiero para hacer otra que no quiero; y no es el caso”, afirma.

La judoca Ai Tsunoda durante una competición
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Ai se ríe cuando le preguntan qué puede enseñarle un profesor universitario a toda una campeona del mundo. Aquí saca a relucir sus genes japoneses heredados sobre la cultura del respeto que se transmiten de generación en generación. “No es que en España no sean respetuosos, sino que es algo que en Japón se aprende de pequeño”, matiza. Y es que para ella “lo importante es saber quién soy y qué tengo que hacer”. Es más, se considera “una más” del grupo. “Al final, todos somos iguales. Tenemos que entrenar y ya está”, subraya.

Esa misma cultura oriental ha estado siempre impregnada al judo y a todo lo que le rodea. Y claro, Ai no se olvida de sus raíces. “En un mundo tan globalizado el judo se ha convertido para muchas personas en un deporte más, mientras que para mí sigue siendo una manera de vivir”, añade. Tampoco se olvida de enfatizar ese sentimiento tan común en el país del sol naciente común en toda la sociedad como es el de ser una persona agradecida “y que es tan importante para nosotros”. Desde luego, durante la charla lo deja entrever una y otra vez.

Algo más preocupada se muestra con el idioma. Y eso que parece tener cierta facilidad para aprenderlos ya que, además del español, también domina catalán, inglés y francés. “Para hablar japonés no tengo ningún problema, pero me cuesta bastante leerlo y escribirlo”. En cualquier caso, ya no le queda mucho para finalizar sus estudios.

La judoca Ai Tsunoda
La judoca Ai Tsunoda
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Cuando acabe el próximo mes de enero tiene clarísimo regresar “sí o sí” a Lleida para volver a entrenar con sus padres. Japón solo ha sido un alto en el camino. “Es que habiendo una oportunidad tan increíble y con una condiciones impecables para estudiar no la podía dejar escapar”, indica.

Antes de ir a la universidad, la campeona del mundo ya había decidido cortarse la melena para lucir un peinado al más puro estilo de Demi Moore en la película La teniente O´Neil. “La primera vez fue hace cinco años después del confinamiento”, recuerda. Fue su reacción instintiva al perder dos competiciones seguidas en primera ronda ante la misma rival. Envió el vídeo de la pelea a sus padres para valorar las cosas que había hecho bien y las que había que corregir. “Les comenté que no tenía las condiciones adecuadas para ganar a esa chica y fue mi padre quien me pidió que repasara bien el combate para ver si era una cuestión de falta de aptitud”.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que lo que realmente estaba haciendo era buscar “excusas” a su derrota “y me dio mucha vergüenza comprobar que la única responsable era yo”. A partir de ese momento decidió resetear. Cortarse el pelo era una forma más que evidente de que aquello iba en serio. “De todos modos, hablamos de algo que fue ya hace mucho tiempo y ahora lo sigo llevando corto porque me gusta y me queda bien”, asevera para zanjar la conversación sobre su pelo.

Para entender bien el éxito de Ai en Bakú, cabe recordar que hacía 29 años que una española no se subía a lo más alto del pódium en un campeonato del mundo desde que lo hiciera en 1997 la alicantina Isabel Fernández. “No sabía que había pasado tanto tiempo”, dice. Esa ausencia de oros no está relacionada con un bajón en el nivel del judo femenino en España. “Desde que yo empecé, y antes incluso, ha habido chicas fuertes que aunque no han conseguido el oro sí que han logrado otros metales”.

Ai Tsunoda
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De hecho, en el último campeonato del mundo Ariane Toro y Ayumi Leiva fueron plata y bronce, respectivamente en -52 “y ahí también se ve que aunque no seamos un país que tenga mucha gante practicando judo, sí se puede decir que el nivel de España es muy alto”.

Para conquistar el oro la catalana tuvo que vérselas en la final con la austriaca Michaela Polleres, la judoca que le dejó con la miel en los labios en su anhelo por conseguir el bronce en los pasados Juegos Olímpicos de París. Su victoria “para nada” tuvo sabor a venganza. “Estoy contenta de haberle ganado, y ya está”. Sus objetivos son ahora llegar lo más alto posible en el próximo Campeonato del Mundo y en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Tampoco es que de momento se coma mucho la cabeza con la cita olímpica. “Antes hay otras muchas cosas que hacer”, sentencia.

Para lograr esas metas es muy importante que en un deporte de mucho contacto físico como el judo le respeten las lesiones. De momento no ha tenido nada serio “aunque la verdad es que siempre te duele algo”. En cuanto a la tarea de vigilar la báscula tampoco parece que sea un problema. “Soy una persona que desde los trece años peso 70 kilos –dice- y la categoría en la que compito es perfecta porque solo tengo que ajustar mi peso los últimos días entrenado igual pero bajando la cantidad de carbohidratos”.