SURF

Holly Beck hace un llamamiento contra los abusos en el surf

La exsurfista estadounidense de 46 años relata los episodios de acoso sexual y explotación que marcaron su trayectoria profesional

El surf también esconde una realidad alejada de las olas, las competiciones y los éxitos deportivos. Holly Beck conoce bien esa otra cara de una disciplina en la que tuvo que abrirse camino desde muy joven y en la que asegura haber vivido situaciones que marcaron su trayectoria. Su testimonio pone el foco en una problemática que trasciende su propia experiencia y conecta con otras voces que han comenzado a romper el silencio. Mientras el deporte afronta el reto de revisar sus propias estructuras, la estadounidense ha encontrado una nueva forma de relacionarse con el surf y de abrir camino a otras mujeres.

Un sueño a contracorriente

Holly Beck tuvo que abrirse camino desde mucho antes de convertirse en surfista profesional. Creció en Palos Verdes, California, como la mayor de cinco hermanas, en una familia donde el surf no estaba precisamente bien visto para las mujeres. Su madre consideraba que era un deporte de chicos y prefería que su hija se quedase en la playa. Pero Beck tenía otros planes. Alrededor de los 15 años, después de ahorrar dinero cuidando niños, se compró su primera tabla y un traje de neopreno de segunda mano. Encontró en el instituto un equipo de surf y, con la ayuda de algunos compañeros que la acercaban a la playa, comenzó a competir. Quedó segunda en su primer campeonato y pronto convirtió aquella afición en una ambición deportiva.

El camino, sin embargo, no fue sencillo. En 2001, cuando todavía era una recién llegada para los estándares del surf profesional, el Los Angeles Times ya recogía sus temores a encontrarse con surfistas experimentados que pudieran burlarse de ella o intimidarla por ser mujer. Beck intentaba llegar antes que los demás a la playa para hacerse un hueco en el agua. Aquel mismo año se graduó en Psicología por la Universidad de California en San Diego y conquistó el campeonato nacional amateur estadounidense. Después dio el salto al profesionalismo y pasó ocho años compitiendo en el circuito clasificatorio, viajando por todo el mundo y tratando de consolidarse en una industria en la que no bastaba con demostrar su talento sobre la tabla. 

Entre flashes y abusos

Los episodios más graves comenzaron cuando Holly Beck todavía era adolescente. A los 17 años, durante una sesión fotográfica en Cabo, un fotógrafo le insistió para que durmiera con él en la parte trasera de su camioneta. Ante su negativa, se enfadó y terminó pasando la noche en la cabina del vehículo, rodeada de material fotográfico. Apenas un año después, mientras se alojaba en una casa de la North Shore de Oahu, asegura que despertó con el propietario de una tienda de surf encima, intentando quitarle los pantalones. Aquellas experiencias fueron solo el comienzo de una larga lista de situaciones que tuvo que afrontar durante su carrera.

Con el paso de los años, el acoso también se trasladó a su entorno profesional. A los 24 años, durante un viaje relacionado con el surf, un fotógrafo intentó que varias chicas se desnudaran. Según relató Beck, otra persona la advirtió de lo que podía suceder con un contundente “no quieres saberlo”. Tampoco escapó del acoso por parte de sus patrocinadores, que priorizaban las fotografías sexualizadas frente a las que mostraban sus habilidades sobre la tabla. La situación llegó al extremo durante un viaje a África, cuando tenía 27 años, donde una marca modificó digitalmente sus pechos para hacerlos parecer más grandes.

Durante mucho tiempo, Beck asumió aquellas situaciones como parte de su profesión. “Era joven. Pensaba que era normal. Me sentía increíblemente afortunada de que me pagaran por viajar por el mundo y surfear”, reconoció al explicar por qué tardó tanto en denunciar públicamente lo vivido.

Una ola de denuncias

El testimonio de Holly Beck no es el único que ha sacudido recientemente al mundo del surf. La alemana Noah Klapp también ha alzado la voz contra su expareja, el surfista mexicano Alan Cleland Jr., al que acusa de haber ejercido violencia física y sexual durante la relación que mantuvieron cuando ella tenía 17 años. Sus declaraciones llegaron después de que la World Surf League suspendiera provisionalmente al deportista por otras acusaciones graves. 

 La surfista australiana Lucy Small ha ido más allá y ha puesto el foco en los mecanismos de protección del propio deporte. En un artículo publicado en The Guardian, denunció la falta de canales independientes para comunicar posibles agresiones y recordó que, después de más de una década compitiendo, nunca había recibido información clara sobre cómo presentar una denuncia ante la WSL. También describió situaciones preocupantes en eventos con participantes adolescentes y adultos, donde no siempre existían controles adecuados. 

En España también hay sentencias que evidencian la gravedad de los abusos dentro de este entorno. En julio de 2025, la Audiencia de Gipuzkoa condenó a un monitor de Hondarribia a 71 años, cinco meses y nueve días de prisión por abusar sexualmente de once menores. Meses después, en Alicante, otro instructor fue condenado por agredir sexualmente a una antigua alumna de 17 años durante una salida al mar. Dos casos distintos que muestran que la protección de los menores también sigue siendo una asignatura pendiente en el surf. 

Un cambio necesario

Tras más de una década compitiendo y después de todo lo vivido, Holly decidió alejarse del circuito profesional y buscar otra manera de entender el surf. En 2007 se instaló en Nicaragua, donde encontró un nuevo horizonte lejos de las presiones de la industria. Tres años después puso en marcha Surf With Amigas, un proyecto pensado para que otras mujeres pudieran disfrutar de las olas en un entorno seguro, acompañadas y sin las barreras que ella había encontrado durante su carrera.

Su historia no termina en los abusos que ha denunciado, sino en lo que ha decidido construir a partir de ellos. Beck ha convertido su experiencia en una oportunidad para abrir espacios a otras surfistas y cuestionar una cultura que durante demasiado tiempo ha mirado hacia otro lado. Porque cambiar el surf también pasa por garantizar que ninguna mujer tenga que pagar un precio así por perseguir su pasión.

 

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