“La cabeza tiene que ser más fuerte que el dolor”: Cristina Bonacina corona su rascacielos número 180

La legendaria corredora italiana analiza en Artículo 14 las claves de su histórica trayectoria tras alcanzar las 180 carreras verticales en su palmarés

Conversar con Cristina Bonacina (Lecco, Italia, 1975) es hacerlo con una atleta que ha desafiado la gravedad en las estructuras más imponentes del planeta. Con la adrenalina todavía reciente tras haber completado la Carrera Vertical del Hotel Eurostars Madrid Tower, la mítica prueba de la Torre PwC, la italiana atiende a Artículo14 para demostrar por qué es un nombre propio indiscutible en el circuito mundial del towerrunning.

El coloso de la Castellana ha sido el último testigo de una trayectoria que comenzó casi por azar en el año 2007. Aquella primera victoria en una prueba vertical en Milán, cuyo premio era un billete para competir en el Empire State Building de Nueva York, cambió su vida para siempre. Desde entonces, las ligas internacionales y los rascacielos más vertiginosos han curtido a la italiana como una corredora diferencial en el deporte extremo.

A sus 50 años, Bonacina ha consolidado en la capital española su carrera vertical número 180, una cifra que la convierte oficialmente en la mujer que ha disputado más competiciones de escaleras en la historia de este deporte. Lejos de las fronteras europeas, sus nueve ascensos al gigante de Nueva York y sus otras de nueve apariciones en el Taipei 101 de Taiwán —que durante años ostentó el título de rascacielos más alto del mundo— avalan un palmarés de leyenda.

Puerta por puerta hacia las nubes

La gestión de un esfuerzo tan agónico no es sencilla, y Bonacina no oculta la cara más humana de la alta competición. Al preguntarle por los instantes previos a enfrentarse a la estructura, desmitifica la figura del deportista invulnerable: “Pasan muchas cosas en la cabeza antes de correr, antes de salir  me sale un miedo impresionante”, nos confiesa.

Sin embargo, ese temor se evapora en el instante en que se activa el cronómetro. La atleta explica que, “una vez arranca la cuenta atrás, la mente entra en un estado de concentración absoluta donde solo existen los peldaños”. En su caso particular, avanza por el cajón de cemento “subiendo los escalones de dos en dos”, repitiéndose un mantra constante para mantener el ritmo de ascensión.

La psicología del escalón 500

A mitad de camino, cuando se bloquean las piernas y el aislamiento de los pasillos interiores se vuelve asfixiante, es donde se decide la carrera. Para la italiana, el secreto no radica en la ausencia de fatiga, sino en la resiliencia mental. “La cabeza tiene que ser más fuerte que el dolor de la pierna; el dolor te sale, pero se puede aguantar si uno entrena mucho la cabeza para seguir adelante y no sufrir”, reflexiona con firmeza.

Pese a la extrema dureza de competir al eco de la propia respiración y entre paredes cerradas, Bonacina rechaza de pleno la etiqueta de deporte solitario. Evoca con emoción las citas asiáticas donde ha llegado a correr rodeada de más de 5.000 participantes, asegurando que, aunque la escalera se afronte en soledad, el calor del público en el entorno hace que nunca la haya acusado “nunca me he sentido sola en el circuito”.

Disciplina y entorno

Mantenerse en la primera línea internacional compaginando el deporte de élite con la vida cotidiana exige una constancia inquebrantable. Su santuario de preparación es una larga escalera al aire libre de 1.200 peldaños situada en la montaña, a media hora de su casa, donde se ejercita de forma estricta. Para ella, entrenar en una estructura de esas dimensiones acostumbra a la mente a aguantar la exigencia.

A lo largo de su carrera ha mantenido una rutina de entrenamientos de seis días a la semana con un solo día de descanso. “Para mí correr es normal, corro como bebo agua o como todos los días”, explica, destacando además que el verdadero motor de su longevidad es la sintonía con su entorno. Su hija la acompaña desde pequeña en sus viajes por el mundo y su marido ejerce como su entrenador, un respaldo familiar que define directamente como su auténtico éxito. Sostiene que el éxito es una combinación de entrenamiento, tiempo y suerte.

Sembrando igualdad en la cima

Es precisamente al analizar la actualidad de la disciplina cuando Bonacina alza la voz con mayor firmeza. A pesar de haber firmado un registro incontestable en la Torre PwC, la atleta lamenta la falta de eco mediático en comparación con la categoría masculina.

“En esta carrera de Eurostars he hecho el récord de la prueba femenino. Salió el récord también en masculino, pero nadie ha hablado del femenino”, denuncia con decepción. Para la corredora, es crucial que las instituciones y los medios otorguen una cobertura simétrica a ambos géneros: “Creo que para el futuro es importantísimo que las chicas se nombren siempre; es importante para una igualdad de género poner también a las chicas”. Con rotundidad, asegura que las mujeres son perfectamente capaces de realizar el mismo esfuerzo que un hombre, o incluso más.

Con la vista puesta en sus próximos retos, que incluyen citas marcadas en Barcelona y Alcalá de Henares, Bonacina aprovecha para lanzar un mensaje de coraje a las nuevas generaciones de niñas, animándolas a no bajar la cabeza por el miedo y a tener el valor de intentar las cosas.

Antes de cada salida hacia las nubes, para afrontar un esfuerzo que lleva al cuerpo al límite, Cristina repite siempre el mismo e indispensable ritual: “Hago la señal de la Cruz antes de competir”. Es su último anclaje antes de mirar hacia arriba y demostrar que la mente siempre puede ganar el pulso al dolor.