Las luces apuntan a la pista, el cronómetro marca la tensión y todo debería reducirse a una sola cosa: el rendimiento. Pero no siempre ocurre así. Con demasiada frecuencia, la conversación pública se desvía del marcador para instalarse en el espejo. El foco deja de estar en la marca lograda o en la jugada decisiva y se posa en el maquillaje, el peinado o la estética elegida para competir.
Mientras se analizan lazos, pestañas o bronceados, quedan relegados a un segundo plano los años de entrenamiento, disciplina y sacrificio que sostienen cada resultado.
Ante este escenario, varias deportistas internacionales han optado por responder. Al hacerlo, no solo defienden su identidad, sino que exponen un problema que va más allá de sus casos individuales. Lo que está en juego no es solo su imagen, sino el mensaje que reciben miles de niñas sobre qué significa realmente triunfar en el deporte.
El debate que desvió el foco
En pleno escenario olímpico, donde cada centésima cuenta, la patinadora neerlandesa Jutta Leerdam volvió a quedar atrapada en un debate que nada tenía que ver con el cronómetro. Mientras acumulaba éxitos sobre el hielo y confirmaba su estatus como una de las grandes figuras del patinaje de velocidad, parte de la conversación en redes sociales se desvió hacia su maquillaje y su imagen.
No era una situación nueva para ella, pero el escaparate olímpico multiplicó el eco. En vez de analizar su técnica, su estrategia o sus tiempos, muchos comentarios se centraron en su apariencia. El episodio reavivó una pregunta incómoda: por qué, cuando una mujer alcanza la cima del deporte, su físico sigue siendo parte del juicio público.

Leerdam respondió con claridad. Defendió que su imagen forma parte de su seguridad y de cómo se siente fuerte en la pista, y recordó que la apariencia no define ni su talento ni su valor como deportista. Su mensaje recibió un amplio respaldo, pero también dejó en evidencia que el escrutinio estético sigue presente.
Lo ocurrido en Milano-Cortina revela una paradoja difícil de ignorar. En unos Juegos que simbolizan avances en igualdad y visibilidad femenina, el debate paralelo sobre la imagen demuestra que el progreso en cifras no siempre va acompañado de un cambio real en la mirada social. Mientras se celebran récords y medallas, el foco digital vuelve, una vez más, al espejo.
Un debate que viene de lejos
Lo ocurrido en Milano-Cortina no es un episodio aislado ni una polémica pasajera ligada al contexto olímpico. El escrutinio sobre la imagen de las deportistas viene de lejos. Desde hace años, las atletas experimentan cómo el foco público se desplaza del rendimiento al aspecto físico.
La jugadora internacional de rugby Georgia Evans lo vivió durante el último Mundial femenino. En plena competición, parte del debate en redes sociales se centró en su maquillaje y en los lazos rosas que luce en el pelo, en lugar de en su desempeño sobre el campo. Algunos comentarios llegaron a insinuar que su imagen restaba profesionalidad e incluso que podía influir en los resultados del equipo.
Evans respondió sin rodeos: “Cómo juego no tiene nada que ver con cómo me veo.” También denunció los estereotipos que acompañaban a esas críticas, como cuando fue etiquetada como “lesbiana masculina”: “Mi sexualidad no tiene nada que ver con que me vea femenina, o con que sea masculina o con la imagen que decida mostrar.” Y dejó clara su postura ante la presión externa: “No voy a cambiar quién soy.”
Para ella, arreglarse antes de competir forma parte de un ritual que le da seguridad, pero el debate volvió a demostrar cómo el análisis puede abandonar el juego para instalarse en la apariencia.

En la gimnasia artística, donde la estética forma parte de la propia disciplina, la situación adquiere matices distintos pero similares en el fondo. La gimnasta Ruby Evans reconoce que la imagen influye en su confianza antes de competir: “Si mi maquillaje me sale mal un día y tengo que competir, va a ser un mal día.” También admite que sentirse cómoda con su aspecto puede aliviar la presión: “Si me veo bien, pienso: ‘Bueno, está bien’.”
Aunque la mayoría de los mensajes que recibe son positivos, Ruby ha comprobado hasta qué punto cada detalle es observado: “Esa vez que no llevé bronceado, la gente se dio cuenta.” Consciente de que muchas niñas la siguen, procura mantener un entorno digital saludable: “Solo quiero que las niñas me admiren, quiero ser un buen modelo a seguir.”
Los casos de Georgia y Ruby evidencian que las críticas estéticas no responden a un momento concreto ni a una disciplina determinada. Es una dinámica persistente que atraviesa competiciones y generaciones, y que sigue acompañando a muchas mujeres incluso cuando su rendimiento debería ser el único tema de conversación.
No son casos aislados
Detrás de cada comentario sobre maquillaje o peinados no hay una anécdota aislada, sino un patrón que se repite. Así lo explica la socióloga experta en género Beatriz Bonete, quien advierte de que el foco constante en la imagen de las deportistas responde a una lógica estructural y no a episodios puntuales.
“Los estereotipos de género se reproducen en todos los ámbitos de la sociedad y, por supuesto, también en el deporte”, señala. Para Bonete, lo que ocurre en la pista o en el hielo es un reflejo de lo que sucede fuera de ellos. En la política, en la empresa o en cualquier espacio de poder, las mujeres siguen siendo evaluadas por su apariencia, su vida privada o su forma de ser antes que por su desempeño profesional.
En el deporte, añade, esa mirada se vuelve todavía más evidente. “Se sigue juzgando a las mujeres por su apariencia física y no por sus capacidades físicas y deportivas”. El resultado es un análisis que simplifica su trayectoria y desplaza la conversación desde el talento hacia el físico, perpetuando una desigualdad que va mucho más allá del ámbito deportivo.
El mensaje que recibe la juventud
Las consecuencias de este debate no se quedan en la élite deportiva. Van mucho más allá del podio. La socióloga advierte de que la presión estética que rodea a las deportistas impacta directamente en la manera en que niñas y adolescentes construyen su identidad.
“La presión estética sobre las mujeres deportistas tiene un impacto directo en la forma en que niñas y adolescentes construyen su identidad y su autoestima”, afirma. Si bien el deporte profesional implica altos niveles de exigencia para cualquier atleta, en el caso de las mujeres esa presión no se limita al rendimiento: también alcanza la percepción de su propio cuerpo.
Cuando las referentes son analizadas por su peinado, su maquillaje o su físico, el mensaje que reciben las más jóvenes no gira en torno al esfuerzo, la disciplina o el talento. Según Bonete, la señal que se transmite es otra: que el valor personal sigue vinculado a la imagen. Esta dinámica puede provocar “una autoobservación permanente del propio cuerpo y una sensación de insuficiencia constante”, especialmente en un entorno como el deportivo, donde el cuerpo es protagonista y está constantemente expuesto.
Una responsabilidad colectiva
El debate no termina en la crítica individual. Para la experta, la solución pasa por asumir que la responsabilidad es colectiva. Aunque reconoce que en los últimos años se han producido avances en materia de igualdad, insiste en que todavía queda un largo recorrido.
En el ámbito deportivo, señala que las federaciones y organismos deben ir más allá de los gestos simbólicos y reforzar políticas claras contra la discriminación. Además, considera imprescindible incorporar de manera sistemática la perspectiva de género en la formación de entrenadores, equipos técnicos y cargos directivos, para que el cambio no sea puntual, sino estructural.
Bonete también apunta directamente a los medios de comunicación. El enfoque informativo, sostiene, debe centrarse en el rendimiento, la trayectoria y el mérito deportivo. Desplazar el foco hacia el físico no es una cuestión menor ni anecdótica. Dejar de hacer comentarios innecesarios sobre la imagen de las deportistas no responde a la “corrección política”, sino al rigor profesional y a la responsabilidad social que implica construir relato.

En el entorno digital, el reto es aún mayor. Las plataformas, advierte, deberían implicarse de forma más activa en la moderación del acoso y los discursos sexistas. Sin embargo, reconoce que muchas veces la falta de intervención está ligada a intereses económicos y a la lógica de la viralidad, donde la polémica genera tráfico y beneficios.
El deporte, herramienta transformadora
A pesar de las tensiones y el escrutinio constante, el deporte mantiene un enorme potencial transformador. Para Bonete, la clave está en reforzar el acceso de niñas y adolescentes a la práctica deportiva como una vía real de empoderamiento.
Bonete defiende que el deporte puede ayudar a cambiar la mirada sobre el propio cuerpo. Se trata, explica, de “resignificar el cuerpo no como un objeto que se mira y se juzga, sino como una herramienta que sirve para socializar, fortalecerse, disfrutar y también competir”. En ese cambio de enfoque reside una parte esencial de la solución: pasar del juicio a la funcionalidad, del espejo al movimiento.
Mientras ese debate sigue abierto, muchas deportistas continúan dando ejemplo dentro y fuera del campo. No solo compiten al máximo nivel, sino que defienden el derecho a hacerlo sin tener que justificar su imagen. Porque, más allá del uniforme o el maquillaje, lo que está en juego es algo más profundo: que el talento no quede nunca en segundo plano.
