Profesiones imposibles

Severina Alves, quiosquera: “Hay clientes que ya son familia”

El quiosco de la plaza de Antón Martín de Madrid, regentado por Severina, es un lugar de encuentro para vecinos y turistas en un barrio donde el comercio local está desapareciendo

El kiosco de la Plaza de Antón Martín forma parte ya del paisaje del centro de Madrid. Igual que la boca de metro, el monumento en homenaje a los abogados de Atocha o los edificios característicos de la zona, el puesto de prensa se ha integrado desde hace años en la vida cotidiana del barrio y en el tránsito constante de vecinos y turistas.

Y algo parecido sucede con su quiosquera. Severina Alves Da Silva lleva siete años al frente del quiosco y se ha convertido en una figura familiar de la plaza. Conoce a muchos vecinos por su nombre, sabe perfectamente lo que suelen comprar y mantiene una cercanía que se está perdiendo en muchos comercios. Una relación de confianza que ha construido durante este tiempo y que convive, además, con el ir y venir de turistas que encuentran en el quiosco un punto de conexión con la ciudad.

“La aventura empezó por una colaboración y luego llegó un traspaso. Soy autónoma y lo llevo yo sola. Estoy separada, así que abracé la oportunidad y la verdad es que lo llevo bien. Me gusta lo que hago”, explica Severina sobre cómo terminó al frente del negocio.

Aunque reconoce que el trabajo exige “muchísimas horas” y una “dedicación plena”, asegura que ha encontrado también una parte especialmente gratificante en todo lo relacionado con el negocio. “Lo que más me gusta es la parte administrativa. Trato con proveedores, facturas, informática… y luego el público de la plaza es muy diverso”, cuenta.

La plaza es un punto de encuentro constante entre culturas y perfiles completamente distintos. “Aquí viene gente de todas partes: tailandeses, americanos, sudamericanos, australianos… Todos los días hago un estudio social distinto. Este trabajo no es nada aburrido”.

Por el quiosco pasan personas anónimas, pero también perfiles conocidos del mundo cultural y mediático. “Atiendes desde un actor de Hollywood hasta un escritor, una periodista, un cantante o un músico. Y vas aprendiendo mucho de todos”, relata.

Pero si hay algo que destaca Severina es la relación que ha construido con buena parte de su clientela durante estos años. “Hay algunos clientes que ya son familia. Nos queremos mucho, y cuando digo mucho es mucho. Quedamos a comer, me echan la bronca si no estoy… Hay un trato maravilloso y eso hace muy amena la tarea”.

También recuerda con humor algunas situaciones vividas durante estos años por ser mujer en un oficio todavía muy masculinizado. “Sí, todavía sorprende que una mujer lleve un quiosco y tengo anécdotas varias. Un Día de Reyes un hombre me dijo: ¿Qué hace una mujer trabajando un Día de Reyes?’ Y yo le contesté: ¿Está usted seguro de que soy una mujer?’. Me pagó la revista y se fue”.

El sector ha cambiado mucho en poco tiempo. Vivimos una época en la que el papel pierde espacio frente a lo digital y Severina se está amoldando a los nuevos tiempos. “El quiosco sigue en su línea, con prensa y revistas, y al estar en un buen sitio va bien pero los cómics y los libros casi no se venden y es muy triste. Quizás porque tengo librerías cerca”. Aun así, asegura que seguirá apostando por el formato tradicional mientras pueda. “Intentaré que el papel siga”.

Mientras tanto, el producto que más triunfa entre quienes se acercan al quiosco es otro muy distinto. “El producto turístico se vende muchísimo. Al turista le encanta el quiosco”.

Y aunque de momento lleva el negocio sola, no descarta que en el futuro siga ligado a su familia. “Mis hijas quizá continúen más adelante”.

En una ciudad donde cada vez desaparecen más quioscos tradicionales y muchos se transforman en pequeñas tiendas de café o souvenirs, el puesto de Severina mantiene todavía algo del espíritu clásico del quiosco de barrio. Un lugar donde predominan visualmente los periódicos y las revistas, y la buena conversación, la cercanía y el aroma de lo cotidiano. Un pequeño reducto en pleno centro de Madrid que resiste como esa pequeña aldea gala de los cómics que ya no vende.