A Carmen Romero (Sevilla, 1946) la vida en Moncloa le resultaba tediosa y no le importaba confesarlo. Como escribió Francisco Umbral en La década roja, estaba cansada de lo que la Infanta Isabel, la Chata alfonsina, llamó los demonios del protocolo. Profesora de Literatura, disfrutaba más conversando de libros con sus alumnos que del boato institucional como primera dama.
Carmen conservaba ese aire entre docente y progre, camarada y feminista, que copiaron las profesoras de la época. “Añora cada día más sus callecitas sevillanas, pimpollo y finolaína, con una tabernita en un rincón donde seguir haciendo socialismo/feminismo teórico”, relató Umbral. Contó también que una vez perdió un zapato en un acto oficial, quizá refiriéndose a una foto censurada en 1983. El caso es que el traspié la convertía, a sus ojos, en una Cenicienta improbable de aquel palacio entre escurialense y borbónico.

Umbral, a quien ella veía como “un enemigo galante”, insistía en esa distancia esencial. Nunca terminó de encontrar la horma de su zapato en el mundo del poder. “¿Se ha integrado Carmen Romero en el socialfelipismo, en la beautiful people, en la jet? Uno diría que relativamente y más bien poco. Ha decorado algunas fiestas, ha ilustrado algunas noches, viste de firma, pero sale poco”, resumía.
Hija de un coronel médico del Ejército del Aire y concejal de Sevilla, se afilió al PSOE en 1968, cuando el partido aún vivía en la ilegalidad. Su matrimonio con Felipe González se extendió desde 1969 hasta 2008. De esa unión nacieron sus tres hijos, Pablo, David y María, mientras ella compaginaba la vida familiar con su vocación docente.
Un papel no deseado
Con la llegada de González al Gobierno en 1982, se convirtió en “mujer del presidente”, un papel que nunca deseó. Fue, sin embargo, la única esposa de un jefe del Ejecutivo en España que desarrolló una carrera política activa mientras su marido ejercía, y la primera con formación universitaria, Filosofía y Letras, que mantuvo su trabajo como profesora.

Como primera dama del socialismo español, encarnó una estética sobria, casi clásica. No había en su estilo el exceso de la beautiful people de la época ni la teatralidad de otras figuras internacionales. Llevó las hombreras de los ochenta con naturalidad y optó por faldas discretas, blusas claras, zapatos planos y tonos contenidos. No se la conoció mayor ostentación que alguna chaqueta de brocado con flores. Y siempre mantuvo esa media melena morena, con raya al lado, resistente al paso del tiempo.
Pocas concesiones al lujo
En ocasiones la vistieron diseñadores como Jorge Gonsalves y estrenó piezas del entorno de Elena Benarroch, e incluso lució joyas de gran tamaño diseñadas por su entonces marido. En la residencia oficial optó por reutilizar muebles, evitar el lujo superfluo y proteger su intimidad familiar. Era una ética convertida en estilo. Nunca quiso llamar la atención ni ocupar más espacio del necesario.
Romero mantuvo esa línea constante. Frente al brillo de los años del socialfelipismo, representó una estética comedida. Una elegancia sin demasiado lucimiento. En los corrillos de la época, a veces dados a la exageración, se decía que González viajaba solo, como un viudo de Estado. Lo cierto es que existió entre ambos un pacto silencioso. Ella estaría cuando fuese necesario, pero no más. Ni un centímetro de protagonismo de más. Además de la mujer del presidente, era diputada, sindicalista y profesora.
En 2008 se hizo pública la ruptura del matrimonio tras cuatro décadas de vida en común. Un año después, Romero regresó a la política como eurodiputada del PSOE, centrando su trabajo en la relación con los países del Mediterráneo y en la defensa de la igualdad y la educación. Permaneció en el Parlamento Europeo hasta 2014, cuando se retiró por motivos de salud.

Alejada de los focos, ha mantenido una vida discreta, centrada en su entorno familiar y en sus intereses intelectuales. Hace unos días reapareció en Sevilla de la mano de María Jesús Montero para respaldar su candidatura en las elecciones autonómicas y reforzar la memoria sentimental del socialismo andaluz. A sus ochenta años, mantiene intacto ese estilo sobrio que sobrevive a las tendencias y delata la coherencia consigo misma.
