La princesa heredera Mette-Marit atraviesa el momento más delicado desde su llegada a la Casa Real noruega hace casi veinticinco años. Su situación personal, marcada por la fibrosis pulmonar que posiblemente le hará someterse a un trasplante de pulmón y por el inminente juicio contra su hijo mayor, Marius Borg Høiby, inquieta al pueblo noruego. ¿Será capaz esta monarquía moderna y cercana de gestionar una crisis que ataca directamente a su núcleo familiar sin erosionar su legitimidad simbólica?
El proceso judicial contra Marius, acusado de 38 delitos que incluyen violencia, abusos sexuales y amenazas de muerte, arranca el martes 3 de febrero. No es formalmente un asunto de Estado. No tiene título, no representa a la institución y no recibe asignación pública. Sin embargo, en la percepción social, no hay una distinción nítida entre familia e institución. Ahí es precisamente donde Mette-Marit está acusando el desgaste.

Ni ella ni el príncipe heredero Haakon estarán presentes en el tribunal. La decisión ha sido defendida por expertos como correcta desde el punto de vista institucional. La única posible. Evita presionar a las víctimas, acentúa el respeto al Estado de derecho y refuerza la idea de que no existe trato de favor. El propio Haakon ha sido explícito al reconocer que la Familia Real no es la víctima en este caso. Su actitud, sobria, contenida, casi impersonal, ha sido bien recibida por una opinión pública que lo percibe como un príncipe sólido, preparado y ajeno al drama.
La percepción sobre Mette-Marit es distinta
No se la cuestiona por responsabilidad legal, sino por su posición simbólica. Marius es su hijo biológico, no el de Haakon, y ese dato, aunque irrelevante jurídicamente, pesa en el imaginario colectivo. El caso ha revuelto los orígenes problemáticos de la princesa, una historia que nunca desapareció del todo. La futura reina, que llegó como outsider, fue desde el inicio una elección anómala. Madre soltera, sin linaje aristocrático, con un pasado turbio a causa de las drogas y sus relaciones conflictivas. Aquello que en 2001 se presentó como una apuesta valiente por la modernidad hoy se interpreta como un experimento arriesgado que no tuvo el final deseado, al menos para una parte de la población. El recuerdo del escrutinio que acompañó a su noviazgo con el príncipe Haakon sigue vivo. Aquel amor, sometido a juicios públicos y reuniones extraordinarias con la prensa antes de la boda de 2001, dejó una huella imborrable.
Las encuestas lo reflejan con claridad. Mientras el apoyo al príncipe heredero Haakon como futuro rey se mantiene alto, la confianza en Mette-Marit como futura reina es sensiblemente menor. No se trata de un rechazo frontal, sino de una decepción lenta. Recibe menos indulgencia, más escrutinio y más exigencia de ejemplaridad. El caso de Marius ha intensificado una percepción crítica ya existente sobre cómo la Familia Real gestiona la frontera entre lo privado y lo público.

A este desgaste suma otro factor: la salud
Desde que en 2018 la Casa Real hizo público que Mette-Marit padece fibrosis pulmonar crónica, su capacidad para desempeñar funciones oficiales se ha visto reducida. La enfermedad es progresiva, incurable y potencialmente incapacitante. El palacio ha admitido que habrá períodos en los que la princesa heredera deba retirarse parcialmente de la vida pública. Incluso se ha apuntado la posibilidad de un futuro trasplante de pulmón. En un momento en que la monarquía necesita estabilidad y presencia, con un rey de 88 años y una institución bajo presión, la fragilidad física de la futura reina añade incertidumbre. Su posible llegada al trono, acelerada por la edad y la frágil salud del rey Harald V, despierta una pregunta inevitable: ¿Está Noruega preparada para una reina consorte intermitente? ¿Cuánto puede exigirse a quien ya lucha con tanta dignidad con su propio cuerpo?
El contraste con otras figuras de la Casa Real es evidente. El rey Harald sigue ejerciendo como columna vertebral de la monarquía noruega, prácticamente inmune a la polémica. Haakon aparece reforzado por su manejo de la crisis. Desde la seriedad y la contención, mantiene una distancia muy prudente que no se le permite a Mette-Marit, a quien ni siquiera se le perdona una reacción humana.
Desde su llegada, la princesa heredera fue presentada como prueba de que la monarquía noruega podía adaptarse a una sociedad igualitaria y contemporánea. Y, en muchos sentidos, lo logró. Ha desempeñado su papel con disciplina, ha evitado escándalos propios y ha construido una agenda interesante en torno a la cultura, la juventud y la salud mental. Pero precisamente porque su legitimidad se basaba en su historia de superación personal, el caso de su hijo desestabiliza ahora su imagen.

El juicio contra Marius no amenaza directamente la supervivencia de la institución noruega. Pero sí contribuye a que pierda su aura. Noruega no sostiene su monarquía por glamour ni por tradición ciega, sino por estabilidad, discreción y utilidad simbólica. Cuando esa estabilidad se ve comprometida por conflictos internos reiterados, desde el caso de Marius hasta las polémicas protagonizadas por la princesa Marta Luisa, el apoyo se vuelve más condicional.
Mette-Marit no está siendo juzgada en un tribunal, pero sí en el espacio público. No por lo que ha hecho, sino por lo que representa. Hoy encarna el eslabón más débil de la Corona noruega. Haakon confía en la estela que dejó su abuelo Olav V, un monarca que caminaba sin escolta con la seguridad de tener cuatro millones de guardaespaldas custodiándole.
