Armarios del mundo

Ni París ni Milán: por qué todas queremos vestir como las mujeres de Copenhague

La capital danesa ha convertido la comodidad, el color y una cierta irreverencia en uno de los lenguajes de moda más influyentes del mundo

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

Hay ciudades cuya moda se reconoce antes incluso de saber de dónde procede. París tiene el abrigo impecable y el gesto ligeramente deshecho; Milán, el lujo rotundo; Londres, la excentricidad. Copenhague ha conseguido algo todavía más difícil: crear una manera de vestir que parece espontánea incluso cuando está perfectamente pensada.

Durante años, hablar de estilo escandinavo significaba imaginar un uniforme impecable de negro, blanco, gris y camel con una camisa masculina, pantalón recto, jersey de punto y abrigo. Una estética funcional y silenciosa que encajaba con esa idea tan exportada del diseño nórdico; es decir: pocas cosas, muy buenas y destinadas a durar. Esa herencia sigue presente, pero ya no basta para explicar cómo visten las mujeres de Copenhague. A aquel minimalismo se le ha añadido en las últimas dos décadas algo mucho más interesante: humor, color, romanticismo y una estudiada falta de perfección.

Firmas como Stine Goya, fundada en 2006, contribuyeron precisamente a romper con aquella imagen monocromática del diseño escandinavo. Sus estampados y colores intensos abrieron la puerta a una Copenhague mucho más juguetona. Después llegó Gianni, quizá la marca que mejor consiguió exportar internacionalmente el nuevo código danés: vestidos femeninos con zapatillas, denim con cuellos románticos, estampados inesperados, botas rotundas… Porque ahí está uno de los secretos fundamentales de las danesas… ¡la ropa tiene que poder vivirse!

Una mujer de Copenhague puede llevar una falda transparente con un jersey enorme, un vestido de lo más femenino con zapatillas deportivas o unos pantalones de traje con camiseta blanca, bolso sofisticado y gorra. La bicicleta, el frío, la lluvia y una vida urbana que exige caminar hacen difícil mantener durante demasiado tiempo una moda excesivamente delicada.

El pantalón cae un poco más ancho de lo esperado, la camisa blanca puede estar deliberadamente arrugada y el bolso convive con unas deportivas técnicas. Una falda de noche aparece a media mañana con un jersey de cuello redondo y nada parece reservado para “la ocasión adecuada”.

Tampoco visten únicamente de beige. El Copenhague de ahora utiliza una base de gris carbón, azul marino, chocolate, crema, blanco y negro, pero sobre ella introduce rojo tomate, amarillo mantequilla, rosa, azul cobalto, verde o plata. Lo importante es cómo aparece ese color. Rara vez parece excesivamente coordinado. Un jersey gris con jeans y bailarinas rojas. Un abrigo camel y un bolso azul eléctrico. Una camisa masculina de rayas con una falda romántica. Calcetines de color bajo unos mocasines clásicos.

Entre Pernille Teisbæk y Emili Sindlev está todo Copenhague

Si hubiese que explicar el estilo danés a través de dos mujeres, probablemente serían Pernille Teisbæk y Emili Sindlev. El armario de Pernille gira alrededor de básicos magníficos: denim, sastrería masculina, cuero, camisetas, punto, abrigos largos y accesorios especialmente bien elegidos. Las prendas parecen formar parte de su vida y no de un estilismo pensado para la foto.

Josefine Haaning Jensen representa un minimalismo joven y extremadamente copiable: trench, cazadoras de piel, camiseta blanca, jeans, pantalones amplios, bailarinas y buenos bolsos.

 

Las hermanas Amalie y Cecilie Moosgaard, modelos y fundadoras de Lié Studio, han convertido casi en uniforme la combinación de prendas muy sencillas con accesorios precisos. En ellas se entiende muy bien una de las obsesiones actuales de Copenhague: parecer sencilla sin resultar nunca aburrida.

En el extremo opuesto aparece Emili Sindlev, una de las mujeres responsables de desmontar para siempre el cliché de que las escandinavas son minimalistas. Su estilo mezcla color, estampados, vintage, accesorios llamativos y piezas de firmas como Miu Miu con una libertad casi de Carrie Bradshaw. Puede combinar una sudadera deportiva con una falda sofisticada, leopardo con rojo, zapatos imposibles con prendas masculinas. Y, aun así, algo en el conjunto continúa pareciendo muy danés. ¿Por qué? Porque incluso en el maximalismo permanece la comodidad y esa mezcla constante entre lo sofisticado y lo cotidiano. Entre las dos aparecen otras mujeres especialmente interesantes.

 

Trine Kjær, estilista y consultora creativa, es otra magnífica referencia para observar cómo se viste realmente una danesa fuera de la semana de la moda. Camisas masculinas, punto, denim, gabardinas y algún zapato inesperado forman la base de un armario que no parece necesitar grandes demostraciones para resultar interesante.

Y después están Jeanette Madsen y Thora Valdimars, fundadoras de Rotate, responsables del lado más nocturno y glamuroso de la capital danesa. Minivestidos, transparencias, cuero, hombros marcados y cierto espíritu ochentero demuestran que el universo escandinavo también sabe ser abiertamente sexy. Incluso el romanticismo tiene en Dinamarca una versión propia.

Cecilie Bahnsen ha construido desde Copenhague un universo de vestidos escultóricos, tejidos delicados, volúmenes casi infantiles, mangas globo y flores. Sobre el papel podrían parecer prendas reservadas para una ceremonia. En las calles danesas aparecen con zapatillas, jeans o punto grueso. Y esa imagen resume posiblemente toda la filosofía de Copenhague; es decir, si una prenda es demasiado bonita, hay que encontrar la manera de hacerla parecer normal. De ahí que el armario danés contemporáneo funcione a base de contrastes. Masculino y femenino. Perfecto e imperfecto. Caro y cotidiano. Romántico y utilitario. Sus prendas esenciales no son especialmente exóticas: un abrigo largo, pantalones amplios, buenos jeans, una camisa masculina, un jersey de cuello redondo, blazer, falda midi, vestido femenino, mocasines, bailarinas, sneakers y botas. La diferencia está en cómo se combinan. Una camisa de hombre ligeramente grande. Un jersey sobre los hombros. Calcetines visibles. Una falda que contradice la parte de arriba. Un bolso de lujo con una cazadora casi deportiva. Siempre suele existir un elemento que parece no encajar del todo. Y probablemente ahí se encuentre la verdadera sofisticación danesa.

Copenhague nos enseña que una mujer puede interesarse muchísimo por la moda sin parecer prisionera de ella. La ropa puede ser bonita, cómoda, inteligente y perfectamente adecuada para montar en bicicleta. Quizá por eso seguimos mirando hacia el norte.

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