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Nueva Zelanda se pronuncia sobre el futuro del príncipe Andrés

Nueva Zelanda acaba de decir en voz alta lo que Buckingham prefería mantener en susurros: si Londres mueve ficha, el príncipe Andrés podría perder su sitio en la sucesión

Isabel II y el príncipe Andrés, en una imagen de archivo. Fotografía: EFE

La historia del príncipe Andrés acaba de entrar en una fase nueva, y el giro no llega desde Londres, sino desde Wellington. En las últimas horas, el Gobierno de Nueva Zelanda ha dejado claro que apoyaría retirar al duque de York de la línea de sucesión si el Reino Unido decide dar ese paso. Es una frase breve, casi administrativa, pero con un efecto inmediato… porque convierte lo que muchos veían como un problema “doméstico” de Buckingham en un asunto con dimensión internacional.

Hasta ahora, el manejo del caso Andrés había seguido el manual clásico de la Casa Real; es decir, perfil bajo, distancia institucional y minimizar el ruido. Desde su retirada de la vida pública, el objetivo era que la polémica se fuera enfriando con el tiempo. Sin embargo, cuando un país de la Commonwealth se posiciona abiertamente, el silencio deja de ser una estrategia cómoda. De pronto, el tema ya no se mide solo en titulares británicos, sino también en equilibrios diplomáticos.

El matiz importante, y aquí está el detalle que incomoda de verdad, es que cambiar la sucesión no funciona como un simple “ajuste” en Westminster. En los reinos donde el monarca británico es también jefe de Estado, cualquier modificación relevante suele requerir coordinación entre gobiernos. Por eso la postura de Nueva Zelanda pesa: no es un comentario desde la barrera, sino una señal de que, si Londres se mueve, habrá apoyos fuera.

El príncipe Andrés. Fotografía: EFE

Además, el mensaje neozelandés no llega en el vacío. Australia ya había dejado entrever una disposición similar, y ese efecto dominó es precisamente lo que más preocupa a Buckingham: que el debate deje de estar encapsulado en el Reino Unido y se convierta en conversación compartida por varios países. Cuantos más gobiernos se pronuncien, más difícil es sostener la idea de que “esto no toca”.

El contexto tampoco ayuda a la calma. Con el príncipe Andrés, el problema siempre ha sido doble. Por un lado, su reputación y el impacto que arrastra sobre la institución; por otro, el hecho de que, pese a estar apartado, su presencia en la línea de sucesión sigue siendo un recordatorio incómodo de que la monarquía no puede borrar ciertas páginas solo con discreción. En términos de imagen, es un cabo suelto. En términos políticos, puede convertirse en una exigencia: “Si está fuera, que esté fuera del todo”.

Buckingham, fiel a su práctica habitual, evita comentar investigaciones, presiones o conversaciones entre gobiernos. Pero la situación obliga a pensar en escenarios. Si el Reino Unido percibe que existe respaldo en la Commonwealth, la tentación de cerrar el tema con una solución legal aumenta. Y, a la vez, crece el riesgo de que cualquier paso se interprete como una admisión de culpa, una cesión al clima mediático o un precedente peligroso para el futuro.

¿Estamos ante un punto de inflexión? Aún no hay decisiones oficiales, pero sí un cambio claro en el tablero: la pregunta ya no es solo si Andrés vuelve o no a la vida pública (eso parece prácticamente descartado), sino si seguirá ocupando un lugar en el engranaje constitucional de la monarquía. Y cuando países como Nueva Zelanda empiezan a decir en voz alta que respaldarían su salida de la sucesión, el debate deja de ser rumor y se vuelve procedimiento.

Por ahora, el destino de la historia depende de dos factores: la evolución de las investigaciones y la voluntad política de los gobiernos implicados. Pero una cosa parece evidente: el silencio que protegía a Andrés se ha roto, y la presión ya no llega solo desde Londres, sino desde todo el ecosistema de la Commonwealth.

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