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Por qué septiembre es, en realidad, el mes en el que todas queremos empezar de nuevo

Volver a ordenar el armario, recuperar horarios, comer mejor, gastar menos y sentir que la casa —y la cabeza— vuelven a estar en su sitio. Septiembre tiene algo de comienzo que enero nunca termina de conseguir

Septiembre llega sin grandes declaraciones pero con la energía de volver a colocar cada cosa en su sitio. No hace falta hablar de propósitos. Ni de grandes transformaciones. Basta con reconocer esa sensación tan familiar de querer recuperar el ritmo después del verano.

Y quizá por eso septiembre se parece cada vez más a un segundo enero. O, para muchas, a uno bastante mejor. El verdadero año nuevo empieza ahora. En enero estamos cansadas, hace frío y venimos de varias semanas de excesos. En septiembre, en cambio, todavía queda luz, cierta energía acumulada de las vacaciones y una sensación mucho más amable de regreso.

Vuelven las rutinas, pero también la oportunidad de decidir cuáles queremos recuperar. Y la moda lo entiende perfectamente. Septiembre siempre ha sido uno de los grandes meses del calendario fashion. Llegan nuevas colecciones, reaparecen los mocasines, las chaquetas ligeras, los pantalones de sastrería y esos jerséis que todavía no necesitamos pero ya queremos ver en el armario.

La periodista Jess Cartner-Morley lo explicaba esta semana en The Guardian: septiembre funciona como un auténtico año nuevo para la moda. Y precisamente por eso, también es uno de los momentos en los que resulta más fácil comprar de más. Su propuesta es mucho más interesante que estrenar por estrenar: mirar con atención lo que realmente utilizamos. Porque puede que el mejor armario de otoño no sea el que tiene más novedades. Puede que sea el que nos hace la vida más fácil.

Menos cosas, mejores decisiones

Todas tenemos alguna prenda que parecía perfecta en el probador y que después nunca encontramos el momento de ponernos. Una camisa que necesita demasiado planchado. Un pantalón que solo queda bien cuando estamos de pie. Unos zapatos preciosos con los que apenas podemos caminar. Una chaqueta que combina con esa vida ideal en la que siempre llegamos puntuales, tomamos café tranquilamente y nunca necesitamos cargar con ordenador, botella de agua y media casa dentro del bolso…

El problema es que nuestro armario no debería estar pensado para esa mujer imaginaria. Debería estar pensado para nosotras. Para un martes cualquiera. Para una reunión a primera hora, una comida improvisada, una tarde larga y diez minutos frente al armario antes de salir. Tal vez la mejor pregunta antes de comprar algo nuevo este septiembre sea muy sencilla: ¿me va a resolver la vida o me la va a complicar?

El deseo de simplificar no se queda únicamente en la ropa. También aparece en la cocina, en el baño, en la agenda y hasta en el móvil. Después del verano, de pronto apetece volver a cocinar en casa. Limpiar la despensa. Recuperar una rutina de sueño. Revisar suscripciones. Dejar de acumular planes… Y aquí aparece una de las paradojas más curiosas del lifestyle actual. Queremos vivir de forma más sencilla, pero continuamente nos ofrecen cosas nuevas para conseguirlo. Más productos. Más aplicaciones. Más sistemas de organización. Más rutinas. Más soluciones. Quizá septiembre sea un buen momento para hacer justo lo contrario. No preguntarnos qué falta y preguntarnos qué sobra.

El lujo de que todo resulte más fácil

Durante mucho tiempo, tener mucho se asociaba con vivir mejor. Un armario lleno. Una estantería repleta de cosméticos. Una cocina equipada con todos los gadgets posibles. Pero cada vez resulta más atractiva otra idea del lujo. La de tener aquello que funciona. Un bolso en el que cabe todo y encontramos las llaves. Un vaquero que siempre queda bien. Una crema que utilizamos hasta terminarla. Cinco recetas que sabemos preparar sin mirar el móvil. Una agenda con espacios en blanco. Un domingo sin planes. Hay cierta sofisticación en dejar de necesitar tantas opciones (y también cierta paz).

No comprar otro jersey gris hasta saber cuántos tenemos. No guardar una prenda esperando que dentro de tres años vuelva a parecernos imprescindible. No aceptar todos los planes simplemente porque están libres en la agenda. No empezar la mañana mirando el teléfono. No convertir cada objetivo personal en una nueva obligación… Son pequeñas decisiones, pero tienen algo en común: reducen ruido. Y a veces organizar la vida tiene mucho menos que ver con encontrar el sistema perfecto que con eliminar aquello que ya no necesitamos gestionar.

La prueba del martes

Hay un buen criterio para saber si una nueva rutina realmente funciona y es preguntarse si sobrevivirá a un martes. No a un domingo tranquilo ni al primer día de septiembre; no a esa semana en la que estamos especialmente motivadas. A un martes normal, después de una jornada larga. ¿Seguiremos queriendo cocinar esa receta? ¿Nos pondremos esos zapatos? ¿Haremos ese entrenamiento? ¿Mantendremos esa rutina de diez pasos? Si la respuesta es sí, probablemente estamos ante algo que merece quedarse. Si la respuesta es no, quizá no haga falta esforzarse más. Quizá haya que simplificar.

La clave también está en no querer convertirnos en otra persona o ser cómo Fulanita. Es probable que aquí esté la gran diferencia entre enero y septiembre; porque enero invita a transformarnos y septiembre invita a reorganizarnos, a mirar lo que ya tenemos y decidir qué merece continuar. El verano introduce una pequeña pausa en nuestra vida cotidiana. Cambiamos de horarios, de ropa, de comidas, incluso de forma de relacionarnos con el tiempo.

Cuando volvemos, tenemos una oportunidad que no aparece muchas veces durante el año. No recuperar automáticamente todo lo anterior. Elegir. Qué hábitos queremos conservar, qué prendas queremos volver a ponernos, qué planes echamos realmente de menos, qué cosas pueden quedarse fuera. Es probable que el mejor propósito para septiembre no sea empezar una vida nueva, sea volver a la nuestra, pero un poco mejor editada.

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