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Valderrobres, un viaje por la Edad Media a orillas del Matarraña

El puente de piedra abre la puerta a un recorrido por calles empedradas, palacios, una iglesia gótica y un castillo que domina uno de los conjuntos históricos más reconocibles de la provincia de Teruel. La ruta termina alrededor de la mesa, con el ternasco, los embutidos, el aceite de oliva y la repostería tradicional como protagonistas

Una calle de Valderrobres.
Una calle de Valderrobres.
Pixabay / VMonte13

Hay lugares en los que el viaje comienza antes incluso de entrar. Valderrobres, capital administrativa de la comarca del Matarraña, en la provincia de Teruel, es uno de ellos. Basta situarse frente al río para entender por qué su casco histórico está declarado Conjunto Histórico y el municipio forma parte de la asociación de Los Pueblos Más Bonitos de España.

Al otro lado del agua aparece una sucesión de casas de piedra que ascienden por la ladera hasta terminar en el castillo y la iglesia de Santa María la Mayor.

El tamaño de la localidad permite plantear la visita como un recorrido a pie. De hecho, es probablemente la mejor manera de conocerla. Una ruta de unas horas permite atravesar su entrada medieval, recorrer la Plaza de España, subir por las estrechas calles del casco antiguo y alcanzar los dos monumentos que dominan Valderrobres desde las alturas.

El puente de piedra, la puerta de entrada a Valderrobres

El recorrido puede comenzar junto a la ribera del río Matarraña, dejando atrás la parte más moderna del municipio. Desde este punto aparece una de las imágenes que mejor identifican Valderrobres: el puente de piedra.

Más allá de ser una simple vía para cruzar de una orilla a otra, el puente funciona como la verdadera entrada al Valderrobres histórico. Su construcción está relacionada con el proceso de fortificación medieval de la localidad, iniciado alrededor de 1390, y permitía acceder directamente al recinto amurallado.

Al terminar el puente aparece el Portal de San Roque, una de las antiguas puertas conservadas del recinto. El acceso está integrado en un torreón construido en piedra y protegido por la figura de San Roque, patrón de la localidad. En uno de sus laterales todavía puede observarse un reloj de sol.

Atravesar este puente supone cambiar completamente de escenario. El tráfico y las calles más abiertas de la zona moderna quedan atrás y comienza el recorrido por el Valderrobres medieval.

Iglesia de Santa María la Mayor, Valderrobres, Teruel.
Iglesia de Santa María la Mayor, Valderrobres, Teruel.
Tamorlan / Wikimedia Commons

La Plaza de España, el corazón de la Villa

Nada más superar el antiguo acceso amurallado, el camino conduce hacia la Plaza de España, centro de la vida social y monumental de la localidad.
Aquí se encuentra el Ayuntamiento de Valderrobres, construido en el siglo XVI y uno de los ejemplos más representativos de la arquitectura renacentista aragonesa.

También destaca la histórica Fonda La Plaza, instalada en un edificio cuyos orígenes se remontan a la época medieval.

Sin embargo, para descubrir realmente Valderrobres hay que abandonar la plaza y comenzar a subir.
Desde aquí aparecen calles como San Antonio, San Roque, Goya, Cuesta Carbón o la Subida de la Iglesia.

No es necesario seguir siempre el itinerario más directo. Parte del atractivo consiste precisamente en desviarse y descubrir calles secundarias antes de recuperar la dirección hacia la zona alta.
Durante el paseo aparecen también restos de la antigua estructura defensiva. Valderrobres llegó a contar con varias entradas en sus murallas, aunque pocas han sobrevivido. Entre ellas destaca el Portal de Bergós, que antiguamente comunicaba la villa con el camino hacia Torre del Compte.

Subida entre calles medievales hasta Santa María la Mayor

La pendiente se hace más evidente a medida que el visitante se acerca a la parte superior del casco antiguo. Es precisamente ahí donde se concentran algunos de los monumentos más importantes.

Antes de llegar a ellos se encuentra el Museo de Valderrobres y centro de interpretación, un espacio que permite profundizar en la historia y el patrimonio de la localidad.

A pocos pasos se encuentra la iglesia de Santa María la Mayor, una de las grandes joyas arquitectónicas del recorrido. El templo comenzó a construirse a partir del siglo XIV y constituye uno de los ejemplos del gótico levantino.

La proximidad con el castillo tampoco es casual: ambos edificios forman prácticamente un mismo conjunto monumental y simbolizan el poder religioso y político que tuvo Valderrobres durante la Edad Media.

Vista interior de una de las estancias en el castillo de Valderrobres.
Jose Antonio Aldeguer / Wikimedia Commons

El castillo, Valderrobres desde las alturas

La última parte de la subida conduce al gran protagonista de la localidad: el Castillo-Palacio de Valderrobres.

A comienzos del siglo XIV, el arzobispo Pedro López de Luna impulsó su construcción y, desde finales de ese mismo siglo, García Fernández de Heredia continuó las obras, transformando progresivamente la antigua fortificación en una residencia palaciega.

La visita tiene una recompensa adicional. Desde las zonas más elevadas se obtiene una panorámica privilegiada de Valderrobres y del paisaje del Matarraña. Los horarios de acceso al castillo, la iglesia y el museo pueden variar según la temporada, por lo que resulta conveniente comprobarlos antes de realizar la visita.

Regreso al río y una última mirada al casco histórico

Desde el castillo toca volver a bajar, aunque merece la pena hacerlo sin repetir exactamente el mismo camino. Las pequeñas calles del centro permiten buscar una ruta alternativa hacia la Plaza de España y descubrir nuevas fachadas, pasadizos y rincones.

Valderrobres también se recorre con el paladar

El patrimonio de Valderrobres no termina en sus monumentos. Su cocina está estrechamente vinculada al paisaje agrícola y ganadero del Matarraña. Los olivos, almendros, huertas y explotaciones ganaderas han marcado históricamente la alimentación de sus habitantes.

Entre los productos más característicos aparecen las carnes. El ternasco al horno ocupa un lugar destacado, acompañado por elaboraciones con cabrito, conejo, codorniz o perdiz. También tienen una fuerte presencia los embutidos tradicionales, entre ellos la longaniza, la morcilla y el chorizo.

El aceite es otro de los grandes protagonistas. En la zona destaca el aceite de oliva, especialmente el elaborado a partir de la variedad empeltre, muy vinculada al territorio del Bajo Aragón y del Matarraña.

Y todavía queda el postre. Las panaderías y pastelerías locales mantienen elaboraciones como los carquiñols, casquetas o crespells, almendrados y el denominado pan durmiendo, tradicionalmente relacionado con la Semana Santa.

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