Una chispa es suficiente. En un Reino Unido convertido en un polvorín de creciente sentimiento anti-migración y profunda desafección de un sector de la población convencido de que el sistema está en su contra, un catalizador basta para sembrar el caos. El brutal asesinato de tres niñas en 2024 en Southport (al noroeste de Inglaterra); la muerte en diciembre del adolescente blanco Herny Nowak, arrestado por la policía tras ser acuchillado y falsamente acusado de racismo por un sij practicante de ascendencia asiática, y la salvaje agresión de un refugiado sudanés en Belfast esta semana actúan como detonante y plataformas de la ultraderecha y la denominada ‘machosfera’ se encargan de que no falte el combustible en el salvaje oeste de la Red.
La capital de Irlanda de Norte, testigo durante décadas de la virulencia feroz de los Troubles (el conflicto entre republicanos, unionistas y paramilitares que llegó a su fin con los Acuerdos de Viernes Santo de 1998), volvía a sacar los cañones de agua, los antidisturbios y los tablones para proteger negocios y viviendas. Pero en esta ocasión, la violencia no se sustentaba en reclamaciones territoriales, ni diferencias de religión, sino por el chivo expiatorio que ha convertido a la migración en el enemigo público número uno.

Ante una agresión en la calle, el declive económico o la escasez de vivienda, la extrema derecha, una amalgama en la que domina el discurso machista y xenófobo, ofrece respuestas simples a dilemas complejos: la migración es la culpable. La red se encarga del resto. En la era de la desinformación y de la doctrina extremista, cualquier horror brinda un subterfugio para la violencia.
Lemas sencillos y directos, como “suficiente es suficiente” o “basta ya”, enaltecen el malestar y los agitadores se encargan de transformar el desafecto en acción práctica: una hora y un lugar, multiplicados hasta conformar un mapa milimétricamente cronometrado en el que se invita a participar en una orgía de desorden público. Quema de autobuses, de coches, de mobiliario urbano y, en una peligrosa escalada más allá, de viviendas en las que residen personas migrantes o minorías étnicas. Con la diseminación infinita de la llamada a las armas, amplificada a escala planetaria por figuras como Elon Musk, propietario de X (antigua Twitter), o la “pura y fría ira” invocada recientemente por el ultra Nigel Farage, favorito en los sondeos como favorito en las próximas generales, nunca fue tan sencillo paralizar un país.

La cúpula política, empezando por un primer ministro, Keir Starmer, cada vez más contra las cuerdas, coincidió en condenar los incidentes como “racistas”, pero de poco sirvieron sus apelaciones a la calma, como tampoco la manifestada expresamente por el entorno de Stephen Ogilvie, el trabajador de la sanidad pública que sufrió el intento de decapitación a manos de Hadi Alodid, de 30 años. Alodid estaba en Irlanda del Norte de manera regularizada, con un visado temporal otorgado por el Ministerio de Interior británico, tras haber llegado de Dublín, procedente de París. La familia de la víctima, quien ha perdido un ojo, pidió que la tragedia no fuese empleada para generar división, pero la cacofonía generada por la extrema derecha dificulta escuchar.
Las duras imágenes de la agresión se diseminaron como el fuego en la Red y, en apenas minutos, ya estaban al teclado agitadores como Tommy Robinson (alias de Stephen Yaxley-Lennon), fundador de la Liga de la Defensa Inglesa (EDL, en sus siglas en inglés), un frente ultra nacionalista técnicamente inactivo desde que su promotor decidió centrar su activismo en la Red. Desde Rusia, donde estaba esta semana, se puso diligentemente manos a la obra para organizar una nueva anarquía en las calles de Reino Unido. Paralelamente, canales de Telegram, que presume de falta de moderación, o TikTok, contribuyeron desde múltiples cuentas y foros, en algunos casos anónimos, trasladando a la calle la tormenta virtual.

Inoculado el veneno, fueron necesarias menos de 24 horas para que los efectos se hiciesen notar. Una turba de encapuchados, alentada por la retórica xenófoba y racista de Musk, Robinson y compañía, respondió a una convocatoria que advertía de “prepárate para que te detengan”. Cánticos de “basta ya” dejaban claro el pérfido silogismo, la infundada vinculación entre la migración y lo acontecido el día anterior.
Las autoridades han prometido “todo el peso de la ley” sobre los promotores, pero a diferencia de los disturbios en gran parte de Inglaterra en el verano de 2024, esta semana apenas ha dejado dos docenas de detenidos. La dificultad para identificar a los participantes y una ley que se no ha adaptado a la revolución digital maniatan a un sistema judicial que asiste con frustración al trágico espectáculo. Belfast amanecía esta semana con los destrozos de una hoguera alimentada de una subversiva combinación de incitación a la violencia y discurso xenófobo en foros ultranacionalistas.

Con Internet como herramienta de combustión, el ataque del lunes abrió la caja de Pandora que ha precipitado los peores altercados en Belfast desde los Troubles. Pero los arquitectos del caos no estaban en la calle, sino tras una pantalla, y frente a los ladrillos arrojados a la policía, su arma es un teclado. Tras los graves desperfectos materiales está un colectivo heterogéneo que abarca desde sospechosos habituales, hooligans y provocadores natos, hasta activistas ultra nacionalistas y un importante volumen de adolescentes.
La falta de regulación de la esfera virtual ha permitido que, junto al entorno de la EDL, grupúsculos de extrema derecha puedan compartir libremente mensajes de odio y diseminar desinformación. Algunos llevan tiempo en el ojo de mira de las fuerzas de seguridad, como Alternativa Patriótica (Patriotic Alternative), un partido supremacista blanco fundado por un activista neonazi y también son frentes muy activos los círculos de hooligans de fútbol, muy controlados por la Policía, que tienden a compartir a través de Telegram localizaciones de las protestas.

