Reino Unido

El Número 10 de Downing Street, la residencia maldita

Solo cuatro primeros ministros, de un total de doce en 50 años, abandonaron el poder por orden de las urnas. Las tres mujeres inquilinas fueron forzadas a salir por presiones internas

LONDON (United Kingdom), 25/06/2026.- British Prime Minister Keir Starmer ahead of talks with Prime Minister of Barbados Mia Mottley at 10 Downing Street in London, Britain, 25 June 2026. (Reino Unido, Londres) EFE/EPA/ANDY RAIN
Keir Starmer en el número 10 de Downing Street en Londres.
EFE/EPA/ANDY RAIN

El ritual se ha convertido en una escena casi ordinaria en el Reino Unido. Un atril es colocado en el medio de Downing Street y personal técnico verifica que el altar está preparado para el sacrificio. El funesto tótem aguarda a la víctima que, resignada, se prepara tras el portón negro del Número 10 para su inmolación pública. Un discurso, el deseo de reivindicar el legado en el poder, un intento, a veces, de justificar qué falló y un país que asiste ya impertérrito al vertiginoso reemplazo de sus primeros ministros.

Las tres mujeres que han pasado por la residencia oficial en la historia británica tienen en común la infausta experiencia. Ninguna abandonó por orden de electorado. Margaret Thatcher, Theresa May y Liz Truss, conservadores, fueron desalojadas por presiones de su partido y la inevitabilidad de que, como dijo Boris Johnson en su dimisión en 2022 por similares fuerzas internas, “cuando el rebaño se mueve, se mueve”.

Tras la dimisión de Keir Starmer esta semana, el Número 10 están a punto de recibir a su séptimo inquilino en una década, quinto en cuatro años, un frenesí que ha transformado una de las democracias decanas en Europa en caricatura de la roca de estabilidad que creía representar. Siete fue también el total de primeros ministros que Reino Unido había tenido en los cuarenta años previos a esta última década. La duración fugaz de los líderes responde, en parte, al caos generado por el Brexit y al estado de agitación permanente favorecido por las redes sociales, pero también por acrónicos fallos de cálculo y debilidades de carácter.

BERLIN (Germany), 24/06/2026.- British Prime Minister Keir Starmer attends a press conference during a meeting of the heads of state of the E5 at the Chancellery in Berlin, Germany, 24 June 2026. Berlin hosts a meeting of the heads of state of the E5, Europe's five largest nations by defense spending (Germany, France, the United Kingdom, Italy, and Poland). (Francia, Alemania, Italia, Polonia, Reino Unido) EFE/EPA/FILIP SINGER
Keir Starmer attends a press conference during a meeting of the heads of state of the E5 at the Chancellery in Berlin, Germany, 24 June 2026.
EFE/EPA/FILIP SINGER

Lo extraordinario de la dinámica actual es la velocidad. En el último lustro, el ritmo de cambio en la residencia oficial es, de media, cada año y medio, aunque hay casos extraordinarios como el de Truss, quien no llegó a ocuparla ni 50 días, tras casi provocar el colapso de la economía. Sin embargo, el medio siglo más reciente evidencia que lo raro es que un primer ministro se vaya por decisión de las urnas. De los doce que ha habido desde 1976, tan solo cuatro abandonaron el Número 10 tras haber perdido unas elecciones. Y lo curioso es que ninguno de los cuatro se había mudado a Downing Street tras haber ganado unas generales, sino por la renuncia de sus predecesores.

Hay que remontarse a 1974 para encontrar al último mandatario que llegó al poder a través de unos comicios y que lo abandonó por orden del electorado. Fue el conservador Edward Heath, precisamente el líder que decidió que Reino Unido se uniese al proyecto comunitario. Ocurrió en 1973, con la integración en la llamada Comunidad Política Europea, una decisión ratificada dos años después en el primer plebiscito nacional en la historia británica.

Cuatro décadas después, sería otro referéndum, el de la continuidad en la Unión Europea, el que abriría la caja de Pandora. La deriva comenzó con David Cameron. Dispuesto a amputar el euroescepticismo que volvía a agitar a su partido y a neutralizar el auge del ahora desaparecido UKIP (siglas en inglés del Partido Por la Independencia de Reino Unido), Cameron aplicó de nuevo la fórmula aplicada dos años antes en Escocia, pero está vez, su buena estrella no le acompañó. Tres años después, le seguiría May, tras fracasar en su intento de alumbrar un Brexit que ella no había apoyado. Atrapada entre las posturas maximalistas del Parlamento, su partido la desechó para entregarse al sempiterno optimismo de Boris Johnson, pese a las ampliamente conocidas suspicacias sobre su carácter.

LONDON (United Kingdom), 25/06/2026.- British Prime Minister Keir Starmer leads Prime Minister of Barbados Mia Mottley (not pictured) into the White Room ahead of talks at 10 Downing Street in London, Britain, 25 June 2026. (Reino Unido, Londres) EFE/EPA/ANDY RAIN / POOL
Keir Starmer entrando en el Salón Blanco en el número 10 de Downing Street en Londres, Gran Bretaña, el 25 de junio de 2026.
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Johnson cumplió con su promesa de “dejar el Brexit hecho” (‘Get Brexit Done’, su muletilla particular), aunque con un controvertido acuerdo que incluía concesiones que May consideraba inaceptables. Su aplastante victoria electoral en diciembre de 2019 anticipaba, aparentemente, una década de estabilidad, pero el fallo humano se encargó de consolidar al Número 10 como la residencia maldita.

Su querencia a inventar provocó su caída en 2022, forzada por dimisiones en cadena en su gobierno, entre ellas, la de Sunak. Johnson no se lo perdonó e hizo lo que pudo para que Truss se convirtiera en su sucesora, pero la manifiesta incapacidad de la tercera primera ministra de la historia, junto a un plan económico que provocó el pánico en los mercados, llevó una vez más a los conservadores a afilar los cuchillos y llevar a Downing Street a quien habían descartado apenas dos meses antes.

Con un desgaste de 14 años de gestión conservadora y los coletazos de Brexit y pandemia, el margen de Sunak era mínimo y en 2024 sucumbió en unas generales que fueron más un rechazo a los ‘tories’ que una declaración de amor a Starmer. El Laborismo obtuvo una arrolladora mayoría absoluta en el Parlamento gracias al particular modelo electoral británico, pero en volumen de votos, el apoyo no era análogo. Esta falta de entusiasmo lo acompañó en su mudanza al Número 10, donde la indiferencia inicial se transformó en animosidad. Pese a no protagonizar escándalos de envergadura, ni haber provocado ninguna crisis seria, sus limitadas habilidades de comunicación y la percepción de falta de proyecto le pasaron factura en los sondeos, otorgándole el dudoso récord de la popularidad más baja en la historia demoscópica británica.

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Cameron, May, Johnson, Truss y Sunak
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Aunque el regicidio era patrimonio del eterno rival, los laboristas quisieron cortar la hemorragia, pese a que, a priori, faltan tres años para las generales. Menos de dos años después de haberse instalado, el ex alcalde de Mánchester le tomará el relevo. De momento, Andy Burnham basa su campaña en la cercanía y la ilusión, frente a las ominosas advertencias sobre el estado del país con las que Starmer había entrado en el Número 10. Las políticas de Burnham son una incógnita y las trampas que hundieron sus antecesores permanecen. La volatilidad que domina en el Reino Unido pondrá a prueba el pulso de un líder cuya máxima responsabilidad de Gobierno había sido la cartera de Sanidad durante un año. Pero Burnham es lo que el primer ministro saliente no es: un político de ADN, un comodín que necesitará para intentar romper la maldición del Número 10.

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