“Israel está en un estado de emergencia genuina, tangible y peligrosa”, consideró el exgeneral centrista Gadi Eizenkot, que antes del fin de semana recibió la recomendación de 67 de los 120 parlamentarios de la Knesset para intentar formar la próxima coalición de gobierno en Israel. En un sistema parlamentario muy fragmentado, el presidente de la nación, Issac Herzog, asigna al candidato con mayores apoyos preliminares el encargo de intentar formar coalición.
Pese a contar a priori con más apoyos que su contrincante Benjamin Netanyahu, al candidato opositor todavía le queda camino por recorrer para intentar gobernar el estado judío. Si bien las dos formaciones árabes, Ra’am y Lista Árabe Unida, dieron su recomendación a Eizenkot frente al presidente, no está claro que todos los integrantes de la “coalición del cambio” acepten su apoyo externo. Avigdor Liberman, dirigente derechista secular que lleva años clamando por el servicio militar obligatorio para los jóvenes ultraortodoxos, abrió la puerta este viernes a incluir a los partidos ultrarreligiosos en la nueva coalición, para así evitar los apoyos árabes.

“El actual gobierno de Israel supone una amenaza para democracia israelí. Ocurre mientras todos frentes de guerra siguen activos, pero ellos siguen guiados por sus intereses políticos personales”, insistió Eizenkot. El Likud y los socios extremistas de Netanyahu siguen sin reconocer el resultado electoral, y alegan que se produjo un episodio de “terrorismo en las urnas” por la alta participación del público árabe.
Antes y después de los comicios, la actual coalición opera para torpedear cualquier posible acuerdo político con las dos listas árabes, y crecen los llamamientos a formar un acuerdo de “coalición nacional” entre Netanyahu y Eizenkot. El Likud y sus socios también denunciaron supuesta injerencia extranjera -apuntando a Qatar- para intentar influir en el resultado final de los comicios.
Los cuatro principios de Eizenkot
El candidato opositor insiste en los cuatro principios innegociables que deben aceptar sus socios -o apoyos externos- que validen su candidatura: reconocimiento de Israel como un estado judío y democrático; aceptación de la Declaración de Independencia; servicios militar -o servicio social- obligatorio para reforzar al Ejército; y reconocimiento de Hamás como grupos terrorista y el compromiso para desarmarlo. Netanyahu y sus socios insisten en que es inviable aceptar los apoyos políticos árabes, pues se niegan a considerar sin tapujos a Hamás como organización terrorista.

Naftali Bennet, líder de Beyahad, así como Liberman (Israel Beitenu), siguen rechazando por ahora la alianza política con los árabes, pese a que la formación Ra’am insiste en la aceptación de la solución de dos estados, la cooperación política árabe-judía y la necesidad de formar parte de las instituciones. Eizenkot insiste en que su deber es intentar evitar a toda costa unos nuevos comicios, que podrían beneficiar a Netanyahu, pues tendría mayor capacidad de maniobra para instigar inestabilidad política y militar en la región.
“Hemos logrado un progreso significativo y alcanzado un avance importante; trabajando de manera silenciosa y modesta, con gran parte de nuestra actividad manteniéndose fuera del ojo público”, afirma Eisonkot. En cambio, Netanyahu sigue insistiendo en la campaña del miedo: “el islam radical sigue desintegrando países en Europa, y es una amenaza que también nos acecha, con partidos en casa que apoyan el terrorismo que pretenden borrar el carácter judío de Israel”.

En la ronda de recomendaciones, sorprendió la abstención del partido ultraortodoxo Judaísmo Unido por la Torá, que lleva décadas ejerciendo como aliado natural del Likud. Netanyahu se quedó únicamente con 46 apoyos preliminares, lo que supone un nuevo revés tras las elecciones, cuando su bloque cayó de 64 a 54 diputados. Los cuatro partidos judíos que conforman el bloque del cambio suman 48 diputados, por lo que los 19 escaños árabes son cruciales.
Según medios israelíes, Liberman insiste que, a su juicio, es preferible formar gobierno junto a las facciones ultrarreligiosas antes que aliarse con partidos liderados por árabes o depender de su apoyo. Las informaciones apuntan a que un gobierno de este tipo incluiría un acuerdo de rotación en el cargo de primer ministro entre Liberman y Eisenkot, además de negociaciones sobre un acuerdo relativo al servicio militar de los jóvenes ultraortodoxos.
En medio del bloqueo político y la incertidumbre, la nueva Knéset se dispone a elegir a un nuevo presidente poco después de su constitución el día 10 de noviembre. La oposición considera que desplazar del cargo a Amir Ohana (Likud) es un primer paso para lograr el cambio de gobierno. El presidente de la cámara ejerce una influencia considerable sobre los procedimientos parlamentarios y, junto con sus adjuntos, controla la agenda legislativa.

