Pese a ser consideradas como unas “elecciones decisivas” por la mayoría de israelíes, el ambiente electoral en Israel estaba poco caldeado en los días previos a los comicios del próximo martes 27 de octubre. Son las primeras elecciones convocadas tras la matanza de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la devastadora guerra de Gaza, que ha supuesto un duro golpe a la imagen internacional del estado judío. Benjamin Netanyahu, que cumplió 77 años esta semana, se lo juega todo el próximo martes.
En una Knesset de 120 diputados, el bloque liderado por el ex jefe del ejército Gadi Eizenkot, líder del nuevo partido de centroderecha Yashar (directo), está superando por 53 a 50 al bloque del actual primer ministro Benjamin Netanyahu. En medio, unos 17 escaños repartidos entre la Lista Árabe Unificada y el partido islamista Ra’am, que en caso de apoyar al bloque opositor podrían resultar una fuerza decisiva. No obstante, la oposición sigue sin aclarar si aceptará el apoyo árabe para lograr el cambio. Activistas están alentando el voto en la sociedad árabe israelí, que representa un 20% de la población e históricamente presentó índices de votación bajos.

“Recordarlos en las urnas”, exigen los familiares de víctimas y rehenes capturados durante la matanza del 7 de octubre de 2023 en el sur de Israel, cuyo trauma y heridas siguen lejos de cicatrizar. Desde entonces, Netanyahu ha evitado establecer una comisión estatal para depurar responsabilidades políticos por la peor matanza de judíos desde el Holocausto, y su coalición ha redoblado esfuerzos para distanciarse de la memoria colectiva de aquella tragedia.
La oposición, liderada por Eizenkot y en coalición con otros líderes de centro y derecha como Naftali Benet y Yair Lapid (Yahad), Avigdor Lieberman (Israel Beitenu) y Yair Golan (Demócratas), culpan también al primer ministro por liderar una estrategia de guerra fallida. Consideran que Israel alargó en exceso la guerra en múltiples frentes contra Irán y sus milicias proxy en Oriente Medio. Tras tres años de conflicto, Hamás sigue controlando media Gaza y se está rearmando, Hizbulá no fue aniquilado en Líbano, y el régimen de los ayatolás salió reforzado tras resistir el envite militar de Estados Unidos e Israel.

Netanyahu, acusado en tres casos de corrupción y responsable de liderar la controvertida “reforma judicial” -que lastra la separación de poderes en el estado judío-, logró cerrar filas con su bloque formado por dos partidos ultraortodoxos y dos facciones de la ultraderecha judía, representantes políticos de los colonos de Cisjordania. La oposición, consciente que la fragmentación en el pasado se tradujo en la vuelta de Bibi al poder, logró aunar filas y todos los integrantes del “bloque del cambio” -a excepción de los árabes- prometieron lealtad a Eizenkot.
La campaña electoral, menos intensa de lo esperado, se cierne sobre las responsabilidades del 7 de octubre, la polémica ley de reclutamiento militar de jóvenes ultraortodoxos -que la coalición sigue bloqueando con parches- y la estrategia de seguridad del futuro. Ninguno de los candidatos -ni la mayoría social israelí- tiene presente la guerra y la devastación en Gaza, ni el plan de paz presentado por Donald Trump para reconstruir la franja e impulsar un proceso diplomático para el longevo conflicto de Oriente Medio.

Además del referéndum sobre Netanyahu, los comicios vuelven a plantear dos modelos de estado enfrentados. El sector liberal, liderado por Eizenkot, insiste en devolver a Israel “a la senda de la normalidad”; mejorar su desgastado prestigio internacional; definir una clara separación entre estado y religión; detener los subsidios a un sector ultraortodoxo que ni sirve en el Ejército ni trabaja (los hombres); y frenar el terrorismo judío en Cisjordania, donde a diario colonos radicales agreden con violencia extrema a palestinos, activistas israelíes o periodistas, especialmente durante la actual temporada de la cosecha de los olivos.
En cambio, el bloque de Netanyahu y sus socios ultraortodoxos y extremistas quieren un Israel ante todo “judío”, aunque sea a expensas de su carácter democrático. Pretenden ahondar la expansión de los asentamientos en Cisjordania hasta implantar la anexión de facto del territorio -con el sueño también de colonizar Gaza-, equiparar los estudios de la Torá con la educación formal del sector laico y religioso moderado, o acabar el proceso de la “reforma judicial”, donde el Tribunal Supremo no tenga potestad de bloquear leyes aprobadas por el gobierno. Los opositores consideran que, en caso de victoria de Netanyahu y sus socios, éstas podrían ser las últimas elecciones democráticas en el estado judío.
Con unos sondeos muy ajustados, la llegada de más de 50.000 israelíes desde el extranjero -se considera que la mayoría del sector liberal- podría ser un elemento decisivo en las elecciones. También entra en juego una nueva generación de jóvenes de 18 a 22 años, que por primera vez en su vida votarán bajo la sombra del 7 de octubre. Mayoritariamente, la juventud israelí se inclina por la derecha, pero analistas destacan que estos comicios no van de ejes políticos, sino sobre la continuidad de Netanyahu en el poder.

