Opinión

Contigo, papeleta y cebolla

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Cuando a James Carville y a Mary Matalin, consultores políticos enfrentados en las elecciones presidenciales americanas de 1992, él en la campaña de Clinton y ella en la de Bush, les preguntan por la fórmula para mantener su matrimonio pese a ser rivales políticos, responden: no hablar de política. “Si eres fontanero, no quieres volver a casa por la noche y tener que arreglar tu propio retrete”.

Después de que Artículo14 desvelara que Montse Mínguez dormía con su enemigo político, el buitre especulador, la exportavoz socialista podría haber alegado que en su casa juegan a Tabú con la política, que no existe cucharita ideológica ni morreo rentista y que, si se entera de algún desahucio en los inmuebles de su pareja, lo manda al sofá, le sirve sopa hirviendo y, en lugar del salto del tigre, practican el salto del quebrantahuesos, porque hoy del amor al odio hay un piso. O tal vez hubiera bastado con recitar a Machado: “Nadie elige su amor”.

Ni el enamoramiento ni saber convivir con la discrepancia eximen de rendir cuentas, pero en la defenestración de Mínguez se percibe el riesgo de concebir como coherencia la polarización afectiva y como integridad la intolerancia. Asumido que, si no se es de la misma condición, no se comparte colchón, se puede ir un paso más allá y exigir también que el panadero, el quiosquero o el profesor de pádel sean de idéntica cuerda política, no vayan a mezclarse las sangres y sudores de las dos Españas. Y por qué no comercializar un test de pureza ideológica junto al de embarazo y así, en lugar de familias, podrían formarse bases de partidos. Es más: pidamos restaurantes, vagones de tren o playas diferentes para progres y para fachas.

Si hacemos caso al CIS, que atesora la ceguera de Cupido, un tercio de los españoles cree que el ideario influye en el amor. Contigo, papeleta y cebolla. Según More in Common, cinco millones de españoles han roto relaciones personales por motivos políticos. Con suerte, este año ya llegaremos peleados a Navidad. La polarización afectiva encaja con una concepción onanística de la vida: leer, amar, prestar atención, valorar sólo a aquel que piense igual. Se prefiere que el otro sea lo más parecido a uno mismo, que es con quien mejor nos llevamos, y la burbuja algorítmica fomenta el repelús a lo distinto y al matiz, que va camino de reservarse para las peluquerías. Aceptar la discrepancia requiere esfuerzo y encima se corre el riesgo de dudar y, por tanto, de tener que pensar. Y para eso ya usamos la IA.

Las elecciones amorosas, como las políticas, incluyen campaña de besos, bailes, euforia e hipocresía. Luego viene la papeleta de la realidad y hay que apechugar con lo elegido. El amor es la unión de dos babas, escribió Cioran, y, generalmente, de dos bobos. Pero existen maneras de convivir con aquello que no gusta del prójimo sin resultar incoherente. Enrique García-Máiquez propone admirar al otro por compartimentos estancos: “Reconocer lo valioso que cada persona tenga y no dejar que eso se contamine por las cosas menos encomiables”. No hace falta enfundarse un EPI pandémico para relacionarse con lo dispar. Como en el sexo, combinar posturas sólo precisa flexibilidad. ¿Es posible que un bienintencionado acampado en Sol se enamore de un despiadado tenedor? Es posible; sobre todo si le pone un piso.

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