Mi mujer y yo tenemos un chascarrillo privado, que como todo chiste particular nos hace gracia solo a nosotros. Ni tan siquiera es un chiste, pero ahora resulta más que pertinente por el cómo, el cuándo y, especialmente, el dónde.
Verás, hace unos cuantos años, más o menos en el 2 a.C. -que no es Cristo-, mi esposa y yo disfrutábamos de una película en la sala oscura de los madrileños Cines Renoir. Con la peli ya empezada, entre las sombras del vomitorio surgió una figura elegantona y añosa, una de esas señoras que sostienen la cultura de mi barrio y de todos los demás, exclamando con voz férrea, ni en gritos ni en susurros: “¡Maricarmen!, ¡Maricarmen!, ¡Maricarmen!, ¿dónde estás, Maricarmen?”.
Lejos de ofendernos, el resto del personal que no éramos Maricarmen, nos reímos ante el tono tierno e infantil que tenía la mujer, que llamaba a su amiga Maricarmen, como quien entra en La Castela y le están esperando al fondo.
Y a partir de ese día, a todas estas señoras de cierta edad, generalmente solas o acompañadas por otras damas, mi esposa y yo las llamamos “las Maricarmen”.
¿Y?
Pues es que resulta que otra famosa Maricarmen, aquella mujer de 87 años que falleció hace unas semanas después de ser desahuciada de su casa, vivía en mi mismo barrio, más bien yo en el de ella, por cuestión de rango, concretamente tres calles más abajo que la mía. Seguramente no fuera la misma a quien su amiga buscaba desesperadamente, pero era mi vecina, fíjate tú qué cosas.
El barrio que compartíamos Maricarmen y yo, y que todo el mundo conoce a estas alturas, es también uno de los más privilegiados de Madrid, algo que muchas plumillas de la gauche divine, por lo que sea, no han considerado destacar. Y no me estoy haciendo el chulo, porque esta condición es novísima, concretamente a partir del año 0 d.C. en este Madrid a quien ya no conoce ni la madre que la parió, que fue una osa. Hace doce años, cuando mi mujer y yo compramos nuestra casa haciendo ímprobos esfuerzos, era un buen barrio, por supuesto, una de esas zonas “de toda la vida” a orillas del Retiro, pero ni mucho menos era el Vellocino de Oro en que se ha convertido al socaire del florecimiento de Madrid como eje ca(s)pitalino de Occidente.
Ahora mismo, ni yo ni la mayoría de los vecinos de mi portal podríamos comprar ni la mitad de los metros cuadrados que pudimos adquirir entonces. En mi barrio estamos más que acostumbrados a los expatriados abusones que han venido para quedarse, comprar nuestros pisos y comerse nuestras chucherías con sus petrobolívares venecos, sus pesos picantes, sus dólares Born in the USA y algún que otro nordics al que Google Maps le confundió camino de Londres. Nos hemos hecho tanto al cargo que conozco a uno que su junta anual de vecinos la tuvieron que hacer en inglés. Torre de Babel para los pobres medios, como nos llama Feijóo, a los que tarde o temprano nos acabarán quitando la silla. ¿A todos? A todos no:
“Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor”.
La aldea se llama Renta Antigua.
Y Maricarmen era una de sus habitantes. Y esta era su poción mágica, que nunca se le acababa, como le pasaba a Obélix, porque se la bebió entera, hasta hartarse.
Desde pequeño me han enseñado -y no precisamente en la asignatura de comprensión lectora-, que no se puede ser una cosa y su contraria al mismo tiempo. Que el ser humano es precisamente eso, ser consciente y sintiente, porque abarca toda la gama de las emociones morales. A mí, en mi casa, me han enseñado que es perfectamente compatible abominar el lamentable espectáculo de ver a una señora en el ocaso de su vida salir en camilla rodeada de policía de la que era su casa, aunque no lo ponga en los papeles, y que contraste con la insolidaridad y la incoherencia cívica de la propia afectada.
En esta gran escala de grises que es el teatro del mundo, puedes considerar aberrante el trato inhumano que se ha dado a esta pobre mujer, y que muy probablemente ha acelerado su final, con hacer una reflexión sobre el cinismo con el que ella ha conducido parte de su vida, apoyándose en la muleta del estado de derecho, el libre mercado y la caridad de los propietarios, o “no cuestionando su permanencia” si lo prefieres, de un piso cuya ocupación no le correspondía al haber finalizado la segunda subrogación del contrato de alquiler con renta antigua. Maricarmen se aprovechó de todos los recursos que la administración -pública y privada- puso a su disposición de una manera torticera, exprimiéndola como a un limón y apretando los resortes del animalismo intelectual de una turba con los reflejos del gusano de la seda. Y si quieres bajar a tierra esta metáfora, pásate un día por el altar pagano dedicado a Maricarmen frente a su portal y repleto de frases de cuarto de primaria.
Pero nadie merece acabar así.
Todos deberíamos ser Maricarmen. Todos deberíamos ser Maricarmen, la del cine.

