En México desaparecen alrededor de cuarenta personas cada día. El registro oficial supera ya las 133.000, y los colectivos que peinan el país aseguran que la cifra real sería mucho mayor si, los que no lo hacen por miedo, también denunciaran. Frente a estas cifras y ante un Estado incapaz de absorber la cantidad de desapariciones, miles de mujeres han hecho lo que las instituciones no. Se llaman a sí mismas “madres buscadoras”, y han terminado convertidas en investigadoras, rastreadoras y forenses improvisadas. Hoy, dos de ellas atienden a este periódico.
María Isabel Cruz Bernal preside el colectivo ‘Sabuesos Guerreras’, en Culiacán, Sinaloa. Busca a su hijo, un policía municipal secuestrado en enero de 2017. “Era el segundo de mis hijos. Tenía 28 años y estaba a punto de casarse, se casaba el mes de mayo”, recuerda. “Era amante del cine y de los videojuegos, una persona que le gustaba defender a la gente”. Marcada a fuego la fecha en la que su hijo desaparece: “El cumpleaños de mi hijo era el 20 de enero y le dieron el día libre. Apenas una semana más tarde, el 26 de enero, es cuando le secuestran”. Nunca más volvió a saber de él.

133.000 desparecidos
A cientos de kilómetros, en Oaxaca, Karina Espino Carmona representa al colectivo Sabuesos y busca a su hermano Adelaido, desaparecido el 13 de julio de 2010. Han pasado ya quince años y en conversación con Artículo14, Karina reconoce no haberlo asimilado. “Todavía lo sigo buscando y esperando”, dice con más resignación que costumbre.
Ninguna de las dos estaba preparada para esto, pero la ausencia de respuesta institucional las obligó a formarse sobre la marcha. “Al ver que las autoridades no actuaban, fui yo la que entendí que tenía que moverme”, explica María Isabel. “Para México sólo es un número, una persona más, y a este estado no le interesa investigar o saber por qué desapareció. Me di cuenta de que tenía que romper puertas y gritar fuerte para que me escucharan”. El resultado es una mujer multiusos, capaz de asumir todos los papeles que el Estado no cubre: “He aprendido a organizarme, soy policía, investigadora, psicóloga, acompañante y negociadora”.

“Es el amor lo que realmente hace que se mueva todo”, explica Karina. “Pasan los años y voy aprendiendo qué puertas debo tocar, porque no es nada fácil estar en estas circunstancias”. Y añade: “Si no busco yo a mi hermano, ¿quién lo va a hacer?”.
Buscar, en México, no es ninguna metáfora. Los colectivos han localizado por su cuenta fosas clandestinas, restos, cuerpos que las fiscalías no encontraron. Y hacerlo se paga muy caro: según la Fundación para la Justicia, al menos 22 buscadoras han sido asesinadas en los últimos quince años, la mayoría madres, y otras dos permanecen desaparecidas. Sólo en 2026 ya han caído varias más. Sinaloa y Guanajuato encabezan la lista negra.

México celebra el Mundial
Y sobre todo ese dolor, este verano, sobrevuela la sombra de una fiesta. México coorganiza el Mundial de fútbol (junto a Estados Unidos y Canadá), y el contraste resulta insoportable para las madres, hijas o hermanas que, como Karina o María Isabel, continúan buscando. “Me da mucho coraje”, zanja María Isabel. “Si todos esos millones que se gastaron en remodelar calles y aeropuertos se los hubieran gastado en encontrar a nuestros desaparecidos, hubiera sido más efectivo”.
Karina subraya la misma idea: “Duele ver que ahora hay tanta publicidad para el Mundial. Entiendo que haya que celebrarlo y que sea una fiesta también para México, pero me gustaría que visibilizaran a nuestros desaparecidos con el mismo esfuerzo”. Y añade: “A nuestros familiares también les gustaría estar en casa viendo el Mundial”.
Ninguna de las dos habla de rendirse. Y cuando les preguntamos qué dirían quién realmente puede ayudar, la respuesta de ambas, aunque no se conocen, es prácticamente idéntica. “Que se solidaricen con las familiares que tienen a un ser querido desaparecido”, dice Karina. “Nunca dejaré de buscar a mi hijo”, sentencia María Isabel.

