Opinión

After Brexit

BERLIN (Germany), 24/06/2026.- British Prime Minister Keir Starmer attends a press conference during a meeting of the heads of state of the E5 at the Chancellery in Berlin, Germany, 24 June 2026. Berlin hosts a meeting of the heads of state of the E5, Europe's five largest nations by defense spending (Germany, France, the United Kingdom, Italy, and Poland). (Francia, Alemania, Italia, Polonia, Reino Unido) EFE/EPA/FILIP SINGER
Keir Starmer asiste a una rueda de prensa durante una reunión de los jefes de Estado del E5 en la Cancillería de Berlín, Alemania, el 24 de junio de 2026.
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El Reino Unido, aunque ellos no se den cuenta, no lo vean, no lo quieran reconocer, no es lo que era. Ya no crean moda ni tendencia, no tienen unos nuevos Beatles o Stones, ni el fútbol del Mánchester United, ni a George Best, ni las minifaldas de Twiggy, ni los Jaguar, ni a la señora Tatcher o a Tony Blair, ni los Windsor de ahora son los Windsor de antes. Da la impresión de que se quedaron detenidos en lo que fueron. Quizás, por eso, un grupo influyente de nostálgicos del pasado, trufado con políticos oportunistas y populistas, conectaron con esa sociedad añeja, melancólica, que quiso combatir su decadencia con una vuelta a un supuesto esplendoroso pasado, pero que ha hundido su presente y oscurece su futuro. Hace diez años una exigua mayoría de 51,89% frente a 48,11%, apenas un millón largo de votos, rompió los lazos que le vinculaban a la Unión Europea y la gran Isla Británica decidió volver a navegar en solitario por unas aguas cada vez más turbulentas en las que su otrora poderosa Armada ya no domina los mares.

Hoy, diez años después del Brexit, en el Reino Unido se habla cada vez más del Bregret, pues un 60% cree que la decisión de romper lazos con Europa fue errónea, mientras no más de un 30 o 35% quiere mantener su actual status. Encuestas recientes de Yougov indican que si ahora hubiera un referéndum el 56% apoyaría la vuelta a la Unión Europea, con especial significación entre la población urbana, entre los jóvenes y en la, siempre brava, Escocia.

Hagamos un poco de historia. El sueño europeo, quizás ensoñación, consistía en la creación de una entidad política y económica supranacional que integrara, bajo los mismos valores sociales y políticos, a las potencias del Viejo Continente. Como suele demostrar la historia, el fin de la II Guerra Mundial sembró de buenas intenciones e ideas a las cabezas más clarividentes y nobles de Europa. En 1951 se constituyó por Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). En 1957 se firmó el Tratado de Roma que supuso la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom). En 1973 se produce la primera ampliación con Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Harold Wilson, por el Partido Laborista, y Edward Heath, por el Partido Conservador, dominaban la política británica. Ambos poseían esas cabezas nobles y clarividentes que hacen avanzar a los países. Europa se consolidó sobre un trípode poderoso compuesto por Bonn, París y Londres. Pero esas cabezas nobles y clarividentes fueron reemplazadas por otras mezquinas y obtusas que en 2016 rompieron esos lazos y abandonaron la Unión Europea, provocando un atraso en el Reino Unido de grandes dimensiones y abriendo grietas en el edificio europeo.

En estos diez tortuosos años post Brexit, la política británica se ha convertido en una pesadilla dominada por la improvisación, la frivolidad y la volatilidad. Siete primeros ministros han ocupado el otrora estable 10 de Downing Street. Starmer será el último en caer. Pero antes lo hicieron el inconsistente David Cameron, la anodina Theresa May, el frívolo Boris Johnson, la olvidada Liz Truss, el irrelevante Rishi Sunak y el aburrido Kier Starmer. Y esa volatilidad política, que imposibilita la construcción de un proyecto sólido, es el fiel espejo de que el país no funciona ni económica ni socialmente.

Distintos estudios corroboran que el Reino Unido es hoy más pobre, comercia menos y no atrae la inversión extranjera. Las cifras evidencian la debacle por sí solas. Crecimiento mediocre, contracción del PIB, bajada de la productividad y caída de la inversión. Informes del National Bureau of Economic Research (NBER) estiman que el PIB británico está siendo entre un 6 y 8% inferior al que hubiera sido sin Brexit. La productividad ha caído un 4% y la inversión empresarial está entre un 18 y 12% por debajo de su potencial, la inferior del G7, que aglutina a los países más poderosos del globo. Por si fuera poco, estimaciones de Bloomberg Economics cifran el coste de la desconexión entre 100.000 y 200.000 millones de libras anuales. Si eso no bastara, la libra esterlina se ha depreciado alrededor de un 12% frente al dólar y el euro, al tiempo que la legendaria City londinense no sólo ha perdido glamour, sino que ha mermado significativamente su peso en las operaciones financieras internacionales en beneficio de París. Frankfurt, Amsterdam o, más tímidamente, Madrid. Estas cifras desmoralizarían a cualquiera, pero los británicos, singularmente los ingleses, están hecho de otra pasta. Cualquiera que haya trabajado con ellos, y servidor lo ha hecho durante buena parte de su vida profesional, habrá constatado la indulgencia que muestran con sus fallos gruesos, que contrasta con la intransigencia con los más livianos del prójimo.

Los exégetas del Brexit, como el inefable Boris Johnson o el extravagante Nigel Farrage, prometieron que la economía crecería más rápido, que firmarían ventajosos acuerdos comerciales, que bajaría la inmigración que recuperaría competitividad. Pero la realidad ha sido muy otra. No se les puede negar que ha recuperado su soberanía legislativa, el control de las fronteras y margen para impulsar medidas comerciales y potenciar la industria nacional.

La comparación entre la economía británica pre y post Brexit cae por su peso. El PIB subió sobre el 2,5% anual, frente al 1,5% actual; la productividad crecía moderadamente, frente al estancamiento de ahora; se atraía capital extranjero, frente a la presente atonía; formaba parte del mercado común europeo, frente a su actual soledad; tenía una inmigración europea, frente a la no europea de estos años; crecimiento salarial moderado, frente a la congelación de ahora, un per cápita a la cabeza de Europa, frente a su acercamiento hacia los más modestos, y una City dominadora, frente a la sostenida pérdida de peso.

Un reciente informe de la prestigiosa London School of Economics, titulado “A critical audit in the cold light of day”, concluye que el impacto económico ha sido más negativo para el Reino Unido que para la UE, que los efectos son desiguales por sectores y regiones y que los costes de los hogares humildes han soportado la subida de la inflación y la contención salarial. Otro informe del King´s College of London indica que la inversión es el área más perjudicada por la incertidumbre generada entre los inversores.

Últimamente, se habla de una suavización del Brexit en medidas cosméticas, pero de enorme significado. El Reino Unido quiere volver al sistema Erasmus, que tanto ha supuesto para la integración de los jóvenes europeos. También se habla de reingresar al sistema europeo de electricidad; así como se anuncia una cumbre para vincular los sistemas de comercio de emisiones de carbono y un nuevo acuerdo sanitario y fitosanitario para alimentos y bebidas.

No cabe duda de que nada volverá a ser como antes. Se lo debemos a un puñado de nostálgicos y de políticos oportunistas anclados en un supremacismo trasnochado provocaron hace diez años la peor crisis para ellos y para Europa. Ellos se ha llevado la peor parte. Pero toda Europa lo está pagando en una geopolítica dominada por Estados Unidos, Rusia y China. Soñemos con que en el Reino Unido vuelva a nacer una Tatcher o un Blair. Soñemos con que una nueva generación alumbre políticos europeos nobles y clarividentes.

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