Estas palabras llevan días dando vueltas en mi cabeza. Las pronunció Paris Hilton este mismo viernes en las escaleras de la Casa Blanca para reivindicar una legislación que proteja a las niñas y a las mujeres frente a los deepfakes. La manipulación de fotografías con programas de inteligencia artificial para convertirlas en contenido pornográfico, se ha convertido en una epidemia que pone en alerta a la mitad de la humanidad. “Antes alguien tenía que traicionar tu confianza y robar algo real…”, ella misma fue víctima de la publicación de un vídeo sexual privado por su expareja en 2003, lo que le generó millones de insultos, burlas y desprecio, mientras él ganaba dinero al venderlo como material pornográfico. “… Ahora solo se necesita un ordenador y la imaginación de un desconocido”, afirmaba tras unas gafas oscuras y con el semblante serio.
Mientras aseguraba que hoy circulan más de 100.000 imágenes falsas y explícitas suyas, hechas sin su consentimiento, escalaba el problema a todas las mujeres: hermanas, amigas, vecinas. También a su propia hija, que tiene solo dos años y medio. “Las adolescentes tienen miedo a ir a la escuela y las profesionales a hablar públicamente” saben que su sola imagen puede ser utilizada para humillarlas públicamente. Existir y ser visibles se está convirtiendo, para las mujeres, en una forma de vulnerabilidad, ya que el 99% de los deepfakes se ejercen contra ellas.
Este mismo mes de enero, la herramienta de inteligencia artificial de Elon Musk, Grok, generó tres millones de imágenes sexualizadas de mujeres en apenas 11 días, incluidas 23.000 de menores según el CCDH (Centro para la Lucha contra el Odio Digital). El 9 de enero, esta opción se limitó para los usuarios de pago, y el 14 de enero, tras las quejas de las víctimas y la presión de varios países, se bloqueó por completo. Sin embargo, unos pocos días fueron suficientes para que la red se llenara de imágenes de odio contra las mujeres.
¿Cuáles son las consecuencias que puede acarrear este miedo de las mujeres a tener perfiles públicos o a compartir sus fotos en las redes? ¿Deberíamos empezar a ocultar nuestros rostros al caminar por la calle o en actos públicos para no ser atacadas? ¿Es esto un avance o un retroceso brutal de los derechos conseguidos?
El hecho de rechazar la invitación para hablar en un podcast o participar en un programa de televisión, ya implica la invisibilización de las mujeres y la censura de su voz, que dejarán de participar en la cultura y la creación de pensamiento. Tener miedo a ser visibles significa una restricción de nuestra capacidad de movimiento, no en forma de grilletes sino en forma de miedo. Cada vez más mujeres se apartan de la vida pública, huyen de las cámaras y limitan la visibilidad de sus perfiles en redes. ¿Por qué nosotras hemos de encerrarnos digitalmente cuando son otros los que utilizan las herramientas de manera delictiva? ¿Acaso no tenemos derecho a comunicarnos con libertad?
No existir digitalmente es una manera de no existir socialmente. Ya que las redes son una forma de relacionarnos y también de construir nuestra identidad. Vivir atemorizadas a ser visibles o a tener un rostro reconocible debería hacernos recapacitar y poner todos nuestros esfuerzos en construir herramientas tecnológicas que, lejos de perjudicarnos, protejan nuestros derechos. Está en jaque el bienestar de las mujeres y el de toda la sociedad.



