Opinión

Desconexión

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Hace casi quinientos años, Fray Luis de León comenzaba así uno de sus más conocidos poemas: ¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!

Entonces, en muchos aspectos, el mundo era completamente diferente del mundo en el que ahora vivimos, aunque en muchos otros nada haya cambiado a lo largo de la historia para los hombres que lo habitan.

Creo que somos muchos los que en vacaciones buscamos desconectar del mundo y no escuchar su ruido.  Y no es necesario, a menudo, ir muy lejos o cruzar océanos para conseguirlo. A veces bastan unos cuantos kilómetros para sentir que se entra en otro lugar, sobre todo cuando se encuentra uno rodeado sólo de naturaleza.

Y es que la naturaleza tiene algo que nos aquieta.  El silencio y los sonidos que en ella residen nos recuerdan, cuando damos un simple paseo en el que podemos escuchar de nuevo a los pájaros o el rumor de un pequeño río, que todo sigue como existía desde tiempos inmemoriales, desde antes de que ni siquiera nosotros estuviéramos por aquí.

No hace falta alejarse mucho para sentirse desconectado del mundo, para olvidarse de todo lo que acontece cerca o muy lejos, para sentirse desvinculado de tantas informaciones que nos persiguen por tantos canales. Basta con pasear por un pequeño sendero, escucha nuestras pisadas sobre las hojas que han ido cayendo de los árboles para olvidar completamente todo eso que está sucediendo en algún otro lugar, lejano o cercano.

Luego se vuelve de nuevo al mundo, regresamos a la vida cotidiana que llevamos habitualmente y regresa el bombardeo de noticias e informaciones que de nuevo se repiten una y otra vez, vuelve a inundarnos el ruido, pero en algún lugar de nuestra memoria queda ese momento, aunque en tiempo medido fueran horas, en que pisábamos esas hojas caídas en aquel sendero donde no se oía nada más que nuestras propias pisadas, o el pájaro que se posaba en la rama desnuda, o el río que bajaba en paralelo al camino.

Un hombre disfrutando de un paseo por la orilla de la playa

Y estando de nuevo en casa, estando de nuevo en la vida real, uno piensa cuándo podrá volver a desconectar, cuando volverá a visitar de nuevo esos lugares donde sintió que estaba desconectado del mundo.

Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, escribió Fray Luis de León, y yo me pregunto qué escribiría hoy el fraile agustino si estuviera rodeado, como estamos todos, del ruido que no cesa de este mundo actual, donde todo es información a todas horas.

A veces parece que no podemos escapar del ruido, que nos lo impide el trabajo, la ciudad donde vivimos, el entorno que nos rodea.  Que esos paseos por la naturaleza quedan tan lejos como las próximas vacaciones o el próximo fin de semana en que podamos escaparnos.  Y entonces uno llega a casa y se sienta a leer un libro o a ver una película y de nuevo está fuera del mundo, desconectado y sin ganas de volver al ruido exterior.

Fray Luis, el religioso y humanista de la escuela salmantina, que pasó varios años en prisión acusado por la Inquisición de traducir El cantar de los cantares, buscaba la desconexión en la naturaleza, en Dios, en su soledad y en su vida religiosa.

Y ninguno de nosotros somos Fray Luis, ni vivimos en aquel mundo, pero puede que incluso en este nuestro en que habitamos sea posible desconectar en cualquier momento del ruido del mundo exterior, seguro que no es tan difícil.  El problema será la vuelta, volver al mundo exterior que dejamos con todo su ruido.  Porque tal y como está todo, qué pereza da volver a él.

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