Cada cierto tiempo reaparece el mismo debate. ¿Está atravesando el ecosistema emprendedor un momento de ralentización? ¿Se ha reducido el apetito inversor? ¿Es más difícil cerrar una ronda que hace unos años?
Las cifras parecen apuntar en esa dirección. En las fases pre-seed y seed se están cerrando menos operaciones que hace dos o tres años, mientras que el tamaño medio de las rondas continúa aumentando. A primera vista podría interpretarse como una señal de enfriamiento. Sin embargo, esa lectura resulta incompleta.
Maduración del mercado
Más que una contracción del mercado, lo que estamos viviendo es un proceso de maduración. Durante la última década el capital riesgo ha experimentado un crecimiento extraordinario. La abundancia de liquidez, los bajos tipos de interés y la aceleración tecnológica generaron un contexto en el que el mercado priorizaba el crecimiento por encima de casi cualquier otra variable.
Muchas compañías levantaban financiación con productos todavía inmaduros y modelos de negocio que requerían varios años para demostrar su viabilidad. Pero ese escenario ha cambiado. Hoy el capital sigue existiendo, incluso es más que probable que haya más dinero disponible para invertir que hace unos años.
Desde nuestro punto de vista, lo que ha cambiado es el nivel de exigencia. Y creemos que la inteligencia artificial tiene mucho que ver con esta transformación. No se trata sólo de que tengamos un nuevo sector en el que invertir. Es que la IA está modificando la economía de las startups desde su origen.
Equipos más pequeños que hace años
En estos momentos nos encontramos con equipos de personas mucho más pequeños que pueden desarrollar productos que hace cinco años requerían plantillas mayores. Automatizan procesos, aceleran el desarrollo tecnológico y reducen costes operativos desde las primeras fases.
Y esa mayor eficiencia también ha elevado las expectativas de los inversores. Si ahora es posible construir más con menos recursos, el mercado espera que las startups alcancen hitos con más fluidez. Y para ello es esencial que los equipos humanos sepan desenvolverse con soltura en su entorno.
En realidad, el capital riesgo siempre ha invertido más en personas. La tecnología importa, pero sigue siendo el equipo el que convierte una oportunidad en una empresa sostenible.
De esta manera, estamos viendo otro fenómeno interesante relacionado: el mercado ha dejado de premiar el simple hecho de incorporar las siglas “IA” en una presentación para inversores. Nada mejor para atraer capital que resolver un problema real, contar con clientes dispuestos a pagar y demostrar que el modelo puede escalar.
Retos a futuro
Ahora bien, esto también plantea un riesgo que conviene no perder de vista. Si las fases más tempranas reducen excesivamente su actividad, dentro de tres o cuatro años podríamos encontrarnos con un vacío de compañías preparadas para afrontar rondas Series A o Series B.
No olvidemos que el venture capital funciona como una cadena de valor: las empresas que hoy reciben financiación inicial son las que mañana alimentarán las siguientes fases de inversión. Reducir demasiado el número de apuestas iniciales puede traducirse, a medio plazo, en un ecosistema con menor capacidad para generar nuevas compañías tecnológicas de referencia.
Por eso creo que es importante mantener el equilibrio y conseguir que el capital riesgo sea un instrumento real para identificar empresas consolidadas detectando antes buenos equipos con capacidad para construirlas. Y eso es algo que exige convivir con un cierto grado de incertidumbre que forma parte de la propia naturaleza de la innovación.
Por otra parte, también veremos cambios en las estrategias de salida. Las salidas a bolsa seguirán siendo relativamente excepcionales en España, donde el mercado de capitales continúa ofreciendo pocas alternativas para compañías tecnológicas en crecimiento. Todo apunta a que habrá un incremento de las adquisiciones estratégicas y de los procesos de consolidación entre empresas que buscan ganar escala o incorporar innovación de forma acelerada.
Papel protagonista de la IA
La propia inteligencia artificial volverá a desempeñar aquí un papel protagonista, impulsando operaciones corporativas entre compañías que buscan integrar capacidades tecnológicas diferenciales.
Mirando al conjunto de 2026, es probable que el volumen de inversión supere al registrado el año anterior. Sin embargo, ese crecimiento no debe interpretarse como un regreso a la exuberancia de otros ciclos. Lo más probable es que venga impulsado por un número reducido de operaciones de gran tamaño, mientras que las fases iniciales seguirán caracterizándose por una elevada selectividad.
Lejos de ser una mala noticia, este escenario puede contribuir a construir un ecosistema más sólido. Un mercado donde el capital siga apostando por la innovación, pero donde el crecimiento vuelva a sustentarse sobre modelos de negocio consistentes, equipos preparados para ejecutar y empresas capaces de generar valor desde etapas mucho más tempranas.

