Opinión

El fútbol según los abertzales: todo normal (y España en la final)

Madrid, 18/06/2026.- El Mundial ha disparado la venta de banderas en España, con fabricantes aumentando e, incluso, "más que doblando" la producción para responder a la demanda de empresas o ayuntamientos, que se ha incrementado a medida que la selección ha ido avanzando eliminatorias. EFE/Screen and Digital Printing - SÓLO USO EDITORIAL/SOLO USO PERMITIDO PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE APARECE EN EL PIE DE FOTO (CRÉDITO OBLIGATORIO)-
Madrid, 18/06/2026.- El Mundial ha disparado la venta de banderas en España, con fabricantes aumentando e, incluso, "más que doblando" la producción para responder a la demanda de empresas o ayuntamientos, que se ha incrementado a medida que la selección ha ido avanzando eliminatorias. EFE/Screen and Digital Printing - SÓLO USO EDITORIAL/SOLO USO PERMITIDO PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE APARECE EN EL PIE DE FOTO (CRÉDITO OBLIGATORIO)-
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Manolo, rey de los vascos, ha dicho que a él le da igual la selección española en el Mundial, que él es solamente de la selección de Euskadi y que, a partir de ahí, “que gane el mejor”. Mientras no juegue la selección de Euskal Herria, añado yo. Sudores fríos en Sabin Etxea: el Elegido ha repicado el argumentario de memoria y sin confundir el verbo. Lástima que esta vez “selección española” y “mejor”, coincidan en la misma frase. Como diría Lloyd Bridges en Aterriza como puedas, “elegí mal día para dejar de esnifar pegamento”.

En realidad, cualquiera que haya estado más de diez minutos en agradable francachela con los txikiteros nacionalistas, sabe lo que quiere decir en realidad el tal Pradales. Bajo esa sintaxis telúrica, más vieja que el catafalco de Verdes valles, colinas rojas, se esconde el discurso correoso y cobarde, ese subtexto tan del gusto independentista. Todos nos conocemos a estas alturas, queridos cuadrilleros del “es que yo voy con el fútbol”, y no pasa nada porque digáis que odiáis todo lo que representa la selección española y que queréis que pierda siempre, especialmente en un Mundial. Aunque sea una catetez supina de quien ha tenido el cerebro puesto a hervir veinte años en el batzoki, al menos sería sincero y no hipócrita.

Por lo que he visto últimamente, las nuevas generaciones de txakurkumeak gudaris tienen menos filtros. También menos luces. Y siguen igual de empanaos que sus aitas.

Circulan por la pantalla amiga unos vídeos muy divertidos grabados por Radio Euskadi, la radio de todos los vascos -y más si son nacionalistas-, en los que jóvenes euskaldunes se indignan ante la avalancha de gente con camisetas de la selección española por su tierra. Una muchacha, al parecer teórica del balompié, quiere que Ghana gane el Mundial, o, si no, “cualquier equipo menos España” y muestra su preocupación por el creciente interés en ambas márgenes del Nervión por el combinado estatal, con un contundente “tendríamos que luchar”. Si no entiendes nada te diré que yo tampoco, pero te aclaro que Iñaki Williams, un delantero del Bilbao, juega de suplente en esa selección africana

Y he de decir, que en el otro lado del upside down mesetario, los amiguis periodistas son bastante pijoteros, y no se cansan de tocar las pelotas figuradas a los jugadores, como Juanma Castaño con Mikel Oyarzabal, instándole a que dé su opinión sobre las palabras del lendakari Manolo. Oyarzabal, en lugar de sacar la recortada eibarresa y como lleva ensayando frente al espejo desde mayo, sale bastante airoso. Juan Manuel, chato, Oyarzabal podrá sentir y pensar lo que le dé la gana, pero juega y defiende a la selección como una tanqueta de Leganés y lo que no puedes pedirle al bueno de Mikel es que encima bese el escudo de la camiseta, porque tú surfearás el verano en Gijón, pero Oyarzábal se va a Éibar.

Mientras toda esta caterva de illuminatis soltaba su enésimo cringe y la selección encadenaba triunfos, bajaba yo al sur del sur con la familia buscando el mar, que no tiene ideología, ni patria. Paramos en uno de esos sitios anclados en el tiempo, en el camino por el que se despeñaban los txakurrak. En un ejercicio de entomología social, entramos en Casa Pepe para abrirle a mi hijo la puerta a un viaje al pasado que, gracias a Dios, hemos superado. Carpetovetonia de yugos, flechas, Joxeans, Paquitos y calificativos a P.S. que ni el DRAE se atreve a meter.

Días después lo conté, y alguien me afeó que hubiera llevado al chaval ahí.

A mí, que me he pasado la infancia de plomo y la primera juventud entrando en bares del casco viejo de mi ciudad, donde, con total normalidad, tenían huchas en las barras a favor de los presos para contribuir a “solucionar el conflicto”; a mí, que durante varios años fui miembro del Grupo Scout San Jorge, -perteneciente al Movimiento Scout Católico-, en el que se cantaban bonitas canciones en el fuego de las veladas como “Siendo Carrero ministro naval, era su sueño volar y volar, hasta que un día ETA militar, hizo su sueño por fin realidad” o “Arriba, arriba, arriba, arriba con la Goma- 2, que en Euskadi se prepara, pim, pam, pum… la revolución”. A la mañana siguiente, a misa.

Con total normalidad. Como que España gane a Francia en semis.

En una fiesta de fin de curso del mismo grupo scout se colgó en nuestro local, unas antiguas cuadras, una gigantesca ikurriña que flotaba sobre el techo como un paracaídas a modo de zurrón, y a la que la gente, según iba llegando, lanzaba monedas. Ya te imaginarás para qué.

Ese era mi universo y me parecía del todo normal, como todas las aberraciones que tuvimos que comernos en esa Euskadi de los 80. Ahora rabio por todo lo que no merecí ver en la tierra más bella de España, y me sale urticaria cada vez que oigo el sintagma “normalización del conflicto vasco”.

Y luego me regañan por ir a Casa Pepe. Veste a la mierda.

Cuarenta años después, el veneno antiespañol sigue incólume.

Y Williams de suplente con Ghana. Y España en la final.

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