Opinión

¿El principio del fin del wokismo en el entretenimiento?

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La noticia ha circulado con fuerza: cambio de rumbo en Disney, eliminación de ciertos términos, recortes y revisión del enfoque creativo para “volver a conectar con el público”. Como suele ocurrir, el titular simplifica más de lo que explica, pero apunta a algo real. Las grandes compañías del entretenimiento están empezando a preguntarse por qué lo que antes funcionaba ahora ya no.

No es un giro ideológico. Es una corrección.

Y para entenderla, hay que mirar un fenómeno más amplio que lleva años gestándose.

Durante la última década, el cine y la televisión no solo han cambiado en sus historias o personajes, sino en el marco desde el que se construyen. Ese marco es lo que conocemos como wokismo: una agenda cultural que la propia industria ha interiorizado hasta convertirla en estándar.

Juanma Bajo Ulloa lo ha señalado con claridad: el problema no es la diversidad ni la evolución cultural, sino que el proceso creativo deja de empezar por la historia. Antes de preguntarse qué merece ser contado, se fijan las condiciones que debe cumplir. Y ese orden lo cambia todo. Cuando el marco va primero, la historia deja de ser libre.

Esto no es abstracto. Tiene efectos concretos. La Academia de Hollywood ha establecido criterios de diversidad para optar al Oscar a Mejor Película. No son tendencias, son requisitos. El mensaje es evidente: no basta con hacer una buena película, hay que cumplir determinadas condiciones.

Además, la propia industria ha dejado claro ese cambio de enfoque. Ejecutivos y productores han hablado abiertamente de “corregir” narrativas, de “reorientar” historias o de usar el contenido para educar al espectador. Karey Burke, antigua presidenta de Disney General Entertainment, expresó en una reunión interna filtrada su intención de que una parte muy significativa —llegando a hablar de cifras cercanas al 50%— de los personajes y contenidos incluyeran a perfiles infrarrepresentados.

Aquí aparece una paradoja difícil de ignorar. Cuando conviertes en objetivo que una parte sustancial del contenido gire en torno a colectivos minoritarios, el marco deja de ajustarse a la realidad de la mayoría del público. Es una simple cuestión de cifras. Y cuando el espectador deja de reconocerse en lo que ve, la conexión se debilita.

El efecto se percibe en las obras. Si nos centramos en Disney, adaptaciones recientes como La Sirenita, el caso de Blancanieves —con la revisión completa del concepto original y declaraciones públicas rechazando la historia clásica—, o producciones como She-Hulk, criticada por su tono abiertamente ideológico, han generado debate no solo por lo que cambian, sino por la sensación de que responden a un mismo criterio. El espectador empieza a anticipar el enfoque antes de ver la historia. Y cuando eso pasa, la historia pierde capacidad de sorprender.

También se nota en la escritura. Personajes que funcionan más como vehículos de mensaje que como individuos, conflictos simplificados y una ambigüedad cada vez menor. No es tanto lo que se cuenta, sino el marco en el que se encaja.

A esto se suma el clima dentro de la industria. Casos como el de Gina Carano, apartada de The Mandalorian tras polémicas en redes, o las críticas constantes a cómicos como Dave Chappelle o Ricky Gervais, muestran hasta qué punto ciertos temas generan consecuencias inmediatas. Plataformas como Netflix o HBO han retirado episodios de series como The Office por considerarlos problemáticos bajo estándares actuales. Y más allá de lo visible, existe una autocensura previa: guionistas que evitan determinadas ideas porque saben que no pasarán el filtro.

No hace falta una censura formal. Basta con que el margen de lo aceptable se estreche.

Ahí es donde la noticia de Disney cobra sentido. Las empresas no cambian por convicción, cambian cuando algo deja de funcionar. Y en los últimos años, el desgaste es evidente: franquicias que pierden fuerza, taquillas irregulares y menor impacto cultural. No es que el público haya cambiado radicalmente. Es que ha dejado de interesarle lo que se le ofrece.

Y aquí está la clave: cuando el entretenimiento se construye desde una agenda, deja de mirar al espectador. Las historias ya no nacen necesariamente de lo que merece ser contado, sino de lo que encaja en un relato previo.

Y en ese proceso, la conexión se rompe. Porque el público puede aceptar casi cualquier historia. Lo que no acepta es dejar de verse reflejado.

Y cuando una historia no conecta, el espectador simplemente se va.

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