Corea del Sur acaba de ordenar al primer robot monje budista. Se llama Gabi, mide 1,30 y viste una túnica ocre como el resto de los religiosos. La cabeza, sin embargo, recuerda más a uno de los soldados clones de La guerra de las galaxias que a un venerable maestro espiritual. Supongo que era cuestión de tiempo que la tecnología llamara también a las puertas de la fe. Ya tuvimos a Dolly, esa oveja clonada, por qué no un monje robot.
En los votos para ordenarse, Gabi ha prometido ser un buen chico en jerga robótica. El primero de los votos: no dañar a otros, sobre todo a los humanos. Es la versión tecnológica de los mandamientos atávicos: no robarás y no matarás. También ha prometido no conectarse demasiado, no sea que se haga adicto a las redes o las series de Netflix o la propia tecnología que lo vio nacer, y gastar poca energía que estamos en tiempos sostenibles. De sexo no ha hecho falta promesa. La castidad robótica aún está fuera de lugar. Por ahora. La noticia afirma que esta idea busca acercar el budismo a los jóvenes. Llamarles la atención más por la modernidad que por la doctrina milenaria. El mismo día que leo sobre Gabi, un amigo envía a nuestro grupo de WhatsApp un artículo donde se defiende que los libros complejos y la escritura a mano quizá sean una de las pocas formas de salvarnos de cierto atontamiento generado por un exceso de lo digital. La lectura en papel y escribir en papel, en vez de teclear, obligan a que se ordene el pensamiento, a elaborar estructuras, a sostener la atención. Pensamos narrativamente. Así conocimos el mundo, así lo entendemos, a través de las historias, pero parece que cada vez nos cuesta más quedarnos el tiempo suficiente dentro de una.
Para rematar la semana, voy al cine a ver El diablo viste de Prada 2. Y allí, en los ojos magníficos y llorosos de Meryl Streep, vuelve aparecer el mismo cambio de paradigma, esta vez en el negocio editorial, en alta costura, en el arte. Hace veinte años creíamos que El diablo viste de Prada era una película sobre una buena chica y una jefa malvada, sancta santórum en el negocio de la moda. Esta segunda parte parece estar funcionando más como una autopsia del sistema cultural que se está cayendo o que quizá ya se ha derrumbado: revistas en papel que desaparecen de los quioscos, quioscos que siguen el mismo destino, criterios que se sustituyen por métricas, algoritmos y segundos de visibilidad. Michel Foucault escribió que el poder no actúa solo prohibiendo, sino definiendo qué merece atención y qué termina convirtiéndose en una certeza, en una verdad. Durante décadas, revistas como Runway ocuparon precisamente ese lugar: no solo vendían tendencias, sino una manera de mirar el mundo, inspiración para muchos y realidad solo una unos pocos privilegiados. Lo fascinante de esta secuela es que incluso Miranda Priestly aparece vulnerable. Ya no es el monstruo del capitalismo estético de 2006. Ahora se parece más a la defensora melancólica de una época donde la inteligencia artificial nunca sustituirá al arte o a la belleza.
Quizá por eso el robot monje me inquieta menos que nosotros. Él, al menos, ha hecho la promesa solemne de no conectarse demasiado. Nos debatimos entre la nostalgia y la modernidad, entre la curiosidad y la adicción. Pero he aquí el progreso que nos ha convertido en lo que somos.
