Juan Manuel de Prada, uno de los tres mejores escritores españoles vivos, autor de Mil ojos esconde la noche, que es, en mi opinión, la última catedral literaria de nuestro idioma, ha reeditado su novela Me hallará la muerte (Espasa), publicada originalmente en 2012, en la que narra la historia de un choro que se alista en la División Azul y que vuelve transformado, después de haber aprendido, dicho en quijotés, que “cada uno es artífice de su ventura”.
Como la mayor parte de los periodistas culturales andan, cuando no reptan, ocupadísimos perdidos lamiendo el trasero de David Uclés –los hunos– o redactando con hemotoxinas diatribas contra el escritor jiennense –los hotros–, de la reedición de Me hallará la muerte sólo se ha hecho eco La Opinión de Zamora. Qué distinto cantaría el gallo si el bueno de Juan Manuel fuera un tragavirotes de Babelia, ¿verdad?
Al autor de la magnífica Las máscaras del héroe le han puesto de vuelta y media en X por lo que escribió en un artículo publicado en ABC el pasado domingo: “En estos días el anglosionismo trata de cerrar el círculo –o más bien el hexagrama– derribando el régimen iraní de los ayatolás, con falsas banderas diseñadas para retrasados mentales. Así se explica, por ejemplo, que la fotografía –más vieja que la tos– de una petarda canadiense prendiendo fuego a la efigie de un ayatolá, con un paisaje nevado al fondo, se haya presentado en los medios de cretinización de masas como si fuera una foto recién tomada en Teherán”.

La joven de la foto responde al nombre de Melika Barahimi, es iraní, tiene veintitrés años y vive en Canadá. La imagen procede de un vídeo que ella misma compartió en redes el 9 de enero. Desde que la difundiera, ha recibido un saco de amenazas de muerte. Tal y como ha contado en Lusa Verifica, “quería compartirla con mi gente porque quiero que sepan que sigo siendo una de ellos, aunque me obligaron a emigrar después de que el régimen me condenara a años de prisión por criticar a Jamenei –el líder supremo–, pero ahora me preocupa que puedan amenazar a mi familia”.
Según la ONG Iran Human Rights (IHRNGO), Irán ejecutó en 2023 a 834 personas. La tiranía castiga con el ahorcamiento, el fusilamiento o la crucifixión el incesto, la violación, la blasfemia o la apostasía, entre muchos otros delitos.
Como es sabido, el 28 de diciembre, los mercaderes del bazar de Teherán bajaron las persianas de algunos comercios para protestar por el deterioro de las condiciones de vida, y la protesta prendió como la yesca. Miles de ciudadanos se han manifestado, desde entonces, por todo el país exigiendo libertad y un cambio de régimen. Funcionarios iraníes, desde el anonimato, sostienen que, como poco, el régimen se ha cobrado las vidas de 2.000 –Reuters– o 3.000 –The New York Times– personas. Las mujeres son actrices principales de este drama. Al grito de “arde diablo”, queman fotografías de Jamenei. Como Melika.

El martes, el magnate Trump aseguró que “la ayuda está en camino”; Irán pospuso, que no canceló, las ejecuciones a varios detenidos, y el estadounidense, ufano –¿y alienado?–, celebró el miércoles que la “matanza ha cesado”. Ese mismo día, el PP promovió una declaración institucional en el Congreso para expresar “su firme apoyo al pueblo iraní frente a la brutal represión y violación de los derechos humanos ejercidas por la república islámica”, destacando “la valentía y la tenacidad de las mujeres iraníes en defensa de sus derechos” por ser “las principales víctimas de la violencia institucional de un gobierne que mantiene a la población bajo vigilancia, muy especialmente a ellas”.
Podemos y Sumar impidieron este jueves que saliera adelante. Cómo iban a escupir en el plato del que comieron: tal y como publicó ABC, Pablo Iglesias se llevó casi 100.000 lereles entre el 28 de diciembre de 2012 y el 11 de noviembre de 2015 de HispanTV, el canal de los ayatolás en España, dirigiendo y presentando Fort Apache y La Tuerka. “Quien haga política”, se justificó entonces el, de facto, todavía líder de Unidas Podemos, “tiene que asumir cabalgar contradicciones, y nosotros estamos dispuestos a cabalgarlas”.
De Prada llama en ABC “petarda canadiense” a una refugiada iraní, y yo, como lector suyo, ni comulgo plenamente con el contenido de su artículo ni, por supuesto, comparto semejante calificativo. Sin embargo, precisamente por eso, digiero con gusto su columna: entre otros motivos, adoro al biógrafo de Ana María Martínez Sagi porque alborota el gallinero de mi mente con argumentos imprevisibles y un estilazo inimitable. “Discrepar” es un verbo que conjugo encantado en presente de indicativo con la gente a la que admiro. Quienes me provocan arcadas son los ricachos hipócritas de la cosa pública que, meando en las banderas que ondean, revientan la Vuelta Ciclista por la participación de un equipo israelí, pero que miran hacia otro lado, concretamente, hacia EEUU, cuando es papaíto quien masacra al personal.



