Probablemente la mejor pieza humorística de los últimos años en España sea las Las gentes de la cultura, el artefacto incendiario con el que Juan Carlos Ortega, el mayor genio del humor que hay en nuestro país, nos deleita desde 2015 bajo sus Noches de Ortega.
El programa, una autoficción, es una pequeña obra maestra de la radio, no solo por la inteligencia, hondura y vitriolo con el que está contado, sino por una razón de mucho más peso ideológico: se emite en la cadena SER, contra cuyo centro gravitacional este show in-house le suelta una buena andanada. Y esto habla muy bien, las cosas como son, tanto de Juan Carlos Ortega como de la cadena SER, cuya fama sectaria, bastante bien ganada, en este caso constituye una maravillosa y artística excepción.
Las gentes de la cultura retransmite desde el Teatro Almudena Grandes y en riguroso directo de mentira el encuentro asambleario entre, claro está, las gentes de la cultura, abajofirmantes puestos en pie para defender a Pedro Sánchez, tras el farolazo en forma de epístola de hace un par de años. Como bien dice la conductora, “gracias a la gente de la cultura por decirnos cómo tenemos que pensar” y el acto está jalonado de intervenciones de los grupos folclóricos ETA ya no existe, Concordia y el adorable coro infantil que agradece a Sánchez, en un emotivo final, que se “preocupe y cuide de los niños”. La guinda al pastel de esta astracanada la pone la gran humorista Juanita Malamadre y su ‘Venezuela’, nada más premonitorio. Solo te pido que dejes de leer esto, -o que acabes de leerlo si quieres, mejor para mí-, que te vayas al spoty y que lo busques.
Las gentes de la cultura es tan inteligente y divertido que funciona mucho mejor que cualquier editorialista antisanchista, liberal, conservador, derechón soltando su aglomerado de lugares comunes, esos mismos que también colecciona la izquierda y que Ortega reinterpreta en una antología del disparate que, al no tener ningún sentido y rozar el surrealismo, tiene que hacer reír a la fuerza a los dos lados de la balanza, a no ser que seas tan obtuso de tener un filo incandescente en tus ojos, como el de Miguel Strogoff. Y los que no somos ni de una cosa ni de otra, o que tenemos tics de ambos y que picamos del buffet que más nos apetece, nos predisponemos gozosos a la risa, incluso a la de nosotros mismos, al estilo de la cadena SER.
Después de escuchar por enésima vez el show y volver a llorar de risa con todas sus capas de ironía, decidí recuperar la carta que cimenta este ingenio del humor y que hace un par de años nos escribió nuestro presidente del Gobierno, el tuyo y el mío, el de todos: Pedro Sánchez.
Y de repente me acordé de ese mantra atribuido a Woody Allen, que yo tantas veces he utilizado en mi trabajo y en mi propia vida, ese que asegura que “la comedia es igual a tragedia más tiempo”.
Cuando yo producía documentales y otro tipo de contenidos para televisión menos serios, -y eso lo sabrá cualquiera que se dedique al audiovisual-, te metes tanto en ese producto inasible, porque nuestro trabajo es aire, que acabas perdiendo el llamado ‘principio de realidad’ y no eres capaz de reconocer si la secuencia que has montado es válida, si el plano es correcto por colorimetría o si el ritmo interno es coherente. Yo siempre aconsejo, y es lo que intentaba hacer si no tenía un deadline ajustado, que no era casi nunca, meter el proyecto en un cajón y que durmiera una buena siesta de varias semanas: ahí recuperará su brillo y esponjará toda su esencia; sabrás entonces si merece la pena seguir o mejor vale empezar de nuevo.
Y eso es algo parecido a lo que me ha pasado con la Carta a la Ciudadanía de Sánchez: cuando la escuché por primera vez, además de darme una evidente vergüenza ajena, me pareció algo intensísimo, peligrosísimo, esquinadísmo y torticerísimo, de un hombre que realmente creyó en algún momento que se puede continuar haciendo trilerismo de comercial de los 90. Recuerdo que me mosqueé mucho al escuchar la carta y me pareció un chantaje contra la integridad, la honestidad y un insulto a la inteligencia de quien cree que los demás, excepto él, tenemos el cerebro de esparto y los cerebros del gusano de la seda. Su prepotencia, cinismo y zafiedad al escribir ese subproducto epistolar me afectó profundamente.
Pero claro, eso fue hace dos años.
Pasado el tiempo, le pedí a la versión premium de Gemini que me declamara la carta, pero con la voz de Arévalo en español chicloso.
Y escuchar dos años después, con todas las joyas de la abuela Blasa encontradas en la caja fuerte, putiferismos y mamporrismos en Parador Nacional que nos han venido encima, fontaneros de medio pelo, frases que ya han sido entronizadas en las estanterías de la RAE, como “constelación de cabeceras ultraconservadoras”, o “galaxia digital ultraderechista” (por si no hubiéramos comprendido el primer sintagma), “acoso y derribo por tierra, mar y aire”, muy de periodista deportivo, “informaciones espurias”, o “soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer”, que es algo que todos deberíamos haber dicho cuando llevábamos cuatro cates a casa; todo ello tamizado por esa falta de principio de realidad de la que te hablaba, tan típica de los presidentes (como hace unos días le pasó a Floper) de creerse cosas que no son, como que les han votado “más”, a una “coalición progresista” más falsa que el Senado Galáctico de Star Wars.
Si esta epístola pudiera tener algún sentido hace dos años, en este tiempo que todo lo ha arrasado, se revela como una pieza de humor superior a Las gentes de la cultura.
Gracias Pedro por hacer tan divertida esta penitencia que nos ha tocado vivir contigo.

