¿Hablamos de fútbol? ¿Hablamos de ironía? Pues el titular ya lo redactó Diego Maradona, entre otras maravillas que nos regaló el mesías del balompié, de la vida y de sus vértices oscuros: “La pelota no se mancha”. Yo solo lo parafraseo. Aquí no se mancha ni la pelota, ni la ironía, por supuesto.
Yo no sé si Arcadi Espada, en un tour de force racial –o en un suicidio profesional asistido– ha querido pintar su manzanita comprando todas las existencias de la ironía occidental, ese preciado jugo periodístico, o, simplemente, su artículo titulado “Nunca es solo fútbol”, recordadlo siempre y publicado hace unos días en las páginas de opinión de El Mundo, ha sido una anchoa en equipo, típico malentendido entre el central y el portero pasándose un balón inocuo; él y el periódico para el que trabaja en este caso.
Es posible también que redactara su ¡QUIA! en un esquinado ejercicio a contracorriente del buenismo sociológico instalado tras la victoria de la selección española de fútbol: “Ahora os vais a enterar, seguidistas del relato naif”, quizá le gritara a su Olivetti tras leer a sus colegas en el lunes resacoso. O no. Puede que dictara su volcánico oxímoron al Microsoft 365 y este, cansado de tanto trato vejatorio, se vengara torciendo el sentido hacia el otro lado del espejo (y esto sí es ironía, querido Francisco Pascual).
Cerrado por vacaciones
O, puede, y eso es lo que piensa la mayoría de la gente, que por ser “gente” no es ni tonta ni literal, que escribiera una versión anti-factual “para por si acaso”, que cosiera su propia visión del mundo con el desempeño de la selección. Y que lo hiciera unos días antes de irse de vacatas, ensayando el discurso delante del espejo, como Oyarzabal en el dress rehearsal previo a la concentración del equipo ante las potenciales chorradas salidas del bocachancla nacionalista de turno, esta vez el tal Pradales (esto es sarcasmo, estimada Leyre Iglesias).
He hablado del tema con conocidos, muchos de ellos de la profesión, alguno hasta licenciado en literatura clásica, y la mayoría me repiten lo mismo: “No se lo cree ni el que asó la manteca”. Esto sí es literal, no vaya a enfadarse la grasa del cerdo. Y me da igual. La realidad solo la conocen él, el encargado de editar, corregir, maquetar el artículo y los dos dioses, el verdadero y Maradona.
El sagrado grial de la ironía
Lo que no me da igual es que se mancille el sagrado grial de la ironía, de la que yo, y otros compañeros, tiramos a destajo, sin que ella se queje nunca, Teresa de Calcuta del retruécano, escaso néctar libado por los herederos de Alfonso X, el Sabio (y esto no es ironía, apreciado Juanma Lamet: es una cursilada).
Escribir en una columna de opinión, no en un relato veraniego del suplemento cultural La Lectura, sin colocar ningún visillo semitransparente, que “la magnitud de la decepción española en el Mundial obliga a algo más que a un análisis táctico”, deja al Nuevo Periodismo como una ninfa recién salida de la vulva del estanque. Poner negro sobre blanco que “la eliminación deja lecciones urgentes de cara a 2030” y quedarte tan ancho, sin subtexto, sin jugar con la realidad y la ficción, no entra ni en los sueños más húmedos de Truman Capote.
El ejército de Espada
La ironía, o el sarcasmo, no es una manera de estar en el mundo (valga la redundancia), como nos quiere hacer ver el ejército de Espada, Polifemo come-metáforas. Es un don divino, un recurso narrativo, en este caso, una figura retórica cuya naturaleza radica en que siempre se explica a sí misma y deja ver el fondo, esto es, la realidad. No es opaca como el escrito de Arcadi Espada. La ironía es translúcida. Y lúcida, también.
Y no es ironía inventarse una realidad. Y está bien, siempre que lo sitúes en el territorio de la ficción. Y digo ironía, cuánto te quiero querida, porque es la coartada que han utilizado los mecanismos oficiales de su medio para aliviarse el dolor de tripa previo a la bronca de los padres por los cinco suspensos.
Y si, además, añades la condescendencia -“es que no lo habéis entendido”- prima hermana de la soberbia, te haces un excusatio non petita de libro. Como dice R, ese gran sabio de la abogacía, “más vale una vez colorado que ciento amarillo”. Hala, ya os he regalado el titular del texto de rectificación.
Y no os apoltronéis escondidos en el caballo de Troya de la literalidad, que se rompió de tanto usarla. Todos sabemos que es un útil trampantojo cuando no queda otra. Como dirían en Muchachada Nui, “¡Eres un hijo de puta! – ¿A qué te refieres?”
Pues eso.
La pelota no se mancha. La ironía tampoco. Ni tan siquiera un avezado cronista de la ¿realidad? como Arcadi Espada.

