Recuerdo el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, un joven concejal del PP de la localidad vizcaína de Ermua. Fueron cuatro días, en julio de 1997, completamente angustiosos. Tampoco olvido a toda la gente que salió a la calle para manifestarse contra ETA con las manos pintadas de blanco. Me impresionó ver por televisión a aquella multitud conmocionada. Yo también lo estaba, pero no me atreví a ir a la concentración. Quería y no podía. Me dan terror las aglomeraciones.

Eso se conoce como enoclofobia. Se trata de un trastorno de ansiedad en el que la persona se agobia mucho si se siente completamente rodeada. Con los años tuve que aprender a manejar este tipo de situaciones. No hubo más remedio. Por trabajo, me mandaban cubrir un montón de mítines y más de una vez me tocó mantener el tipo, medio asfixiada, en un canutazo. Esto último, para quien no lo sepa, es cuando un grupo de periodistas cerca al protagonista de alguna noticia para hacerle preguntas con los micrófonos en ristre. Por si alguien no se hace una idea de la imagen, parecemos una lata de anchoas.
Al menos, todo esto me dio valor para pisar otro tipo de escenarios. Por ejemplo, empecé a ir a algunos conciertos. Eso sí, algo moderado. Uno como el de Bad Bunny no me lo plantearía. Tanto en pista como en la casita, hiperventilaría.
En cualquier caso, tenerlo controlado no significa querer vivirlo. Por eso, quise huir de Madrid nada más conocer la agenda del Papa. Me alejo siempre que puedo de las masas. Pensé que la capital iba a estar colapsada y realmente lo de menos fue el helicóptero sobrevolándonos a todas horas.
La movilización social ha sido espectacular. Se esperaba que fuera masiva, pero yo tenía mis reservas porque León XIV sólo lleva un año como máximo representante de la Iglesia católica y no es tan conocido como Francisco. Sin embargo, en este tiempo ya ha logrado contagiar ilusión y movilizar hasta a los que no son fieles.
Más de un millón de personas llenaron el domingo la plaza de Cibeles para asistir a la misa del Corpus Christi que él oficiaba. Durante la homilía, pidió a los españoles volver a las raíces de la fe y manifestarla en público.
Su mensaje –contra la polarización y con las palabras paz, verdad y libertad presidiéndolo todo- ha calado y allá por donde va le sigue una marea humana. Los políticos, que le acogieron el lunes en el Congreso, deberían aprender algo de su forma de comunicar. Fue la primera vez de un Pontífice en el Hemiciclo y se me quedaron grabadas varias frases. “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de la civilización”, proclamó. También habló del “trágico drama migratorio” y el líder de Vox, Santiago Abascal, no se dio por aludido. Aplaudía un discurso que choca de lleno con “su prioridad nacional”.

Con todo lo dicho reconozco que no tiene mucho sentido que me fuera el otro día a la Feria de Libro a las tres de la tarde. Estaba abarrotada y hacía muchísimo calor. Pero tenía que hacer cola por un ‘youtuber’ que encandila a jóvenes y niños. Estuve más de tres horas y cuarto aguardando a que se repartiesen una serie de números y aluciné con la que se formó. Un kilómetro y medio de padres tratando de entretener a sus hijos durante la espera.
Yo aparecí allí con mi gorra y mi botella de agua, pero aquello era una legión bien organizada. A algunos grupos les faltaba la tienda de campaña. Unas madres, que tenía delante con sus dos hijas, llevaban toallas para tirarse al suelo, mochilas cargadas de bocatas y hasta paraguas para los momentos en los que pegaba bien el sol. A lo lejos se podían divisar sillas colocadas estratégicamente a la sombra y las familias se iban turnando. Yo estuve de pie, sentada y me faltó tumbarme en el asfalto. Hubo quien lo hizo sin ningún problema.
Finalmente logré mi objetivo, pero reconozco que nunca habría hecho algo así para mí misma. Está claro que lo de ser madre genera algunos traumas, pero también mucho amor y eso ayuda a superar otros.

