Opinión

La muerte de un ciruja

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Adoro el lunfardo, esa jerga marginal, arrabalera y mestiza que, en la segunda mitad del siglo XIX, se inventaron los buscones del Río de la Plata para entenderse sólo entre ellos. El “dialecto de los ladrones” –así lo definió en 1878 el diario La Prensa– bebe del caló, de los dialectos italianos, del guaraní y del quechua, pero también del francés, del inglés y del portugués. Es un ingrediente cuasi imprescindible en el tango: la versión de Mano a mano sin lunfardo, por ejemplo, es una cerveza recalentada. En cierta ocasión, un porteño le preguntó a Lorca: “Federico, ¿y usted qué opina del tango?”. El poeta español más universal respondió tocando al piano El Ciruja, “el más lunfardo de todos los tangos”.

Es mentira que los esquimales empleen un centenar de palabras para referirse a la nieve. En 1911, el antropólogo y lingüista Franz Boas escribió en el Manual de las lenguas indias americanas: “En eskimo tendrían una raíz para indicar la nieve que está en el suelo, otra para la nieve que está cayendo, una tercera para la nieve que el viento alza del suelo y finalmente una para la nieve que se amontona por culpa del viento”.

En lunfardo hay más formas para denominar a los vagabundos: atorrante –”holgazán, sinvergüenza, vago que anda de un lado a otro sin oficio”–, bichicome –”vagabundo, juntador de desperdicios”–, linyera –”vagabundo que trabaja ocasionalmente en zonas rurales o vive de la caridad pública”–, croto –”linyera de baja condición”–. El ciruja es el tipo que “junta residuos, desperdicios, el que escarba en la basura, el juntahuesos”. El término procede del apócope de cirujano, quien hurga en los órganos cuando abre para operar.

Según el INE, una media de 33.758 cirujas se alojaron diariamente en 2024 en centros de atención a personas sin hogar, un 55,7% más que en 2022. El pasado 9 de diciembre, el delegado de Políticas Sociales, Familia e Igualdad del Ayuntamiento de Madrid, José Fernández, informaba de que el 81% de las plazas de alojamiento y atención social en centros y pensiones municipales se cubrió en doce días, frente al 75% registrado en los primeros quince días del año anterior. Desde el 23 de noviembre, se había atendido a 499 personas: 404 hombres y 95 mujeres. En Madrid hay más de treinta campamentos de crotos. En Barcelona, en la plaza Vila de Madrid, fue hallado este miércoles nocheviejo el cadáver de un hombre, dentro de su saco de dormir. Los Mossos investigan si la muerte ha sido natural o si le han dado matarile. “Es la gloria de los dioses, es el granero místico, / es la bolsa del pobre y su patria vieja, / ¡es el pórtico abierto sobre los Cielos desconocidos!”, escribió Baudelaire.

En mayo, la T4 de Barajas fue una colmena de bichicomes –421, según Cáritas–. Los trabajadores describieron en redes y medios un paisaje dantesco. El 24 de julio, Aena comunicó que prohibía la pernocta en todas las terminales. El Ayuntamiento de Madrid habilitó un centro de acogida específico en La Latina. Desde entonces, han dejado de ser noticia. Los invisibles, los apestados, los inhumanos. Me pregunto qué será de ellos. Quién llorará a los que la han diñado en la calle. Cuántos habrán arreglado su vida. Y cuántos estarán, mientras tecleo, como el ciruja del tango, pensando “un rato en el amor de su quemera” y sollozando en su dolor. Ojalá les vaya bonito en 2026.

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